El templo de Acuario estaba envuelto en una penumbra silenciosa, apenas rota por el resplandor tenue de las estrellas filtrándose por las ventanas. Valen, Ikki y Shun se habían reunido en el centro del recinto, en sus rostros se marcaba la preocupación y la incertidumbre.
—No puedo creer que Megan esté realmente dispuesta a sacrificarse —dijo Valen, con la voz apenas un susurro—. No entiendo por qué elige ese camino.
—Ella carga un dolor —murmuró Ikki apretando los puño, evitando mirar al suelo—. La inmortalidad no la ha salvado del vacío que lleva adentro. El desprecio de su padre, el odio de Zeus... es un peso que la arrastra hacia ese sacrificio.
Shun, siempre el más tranquilo, cruzó los brazos.
—Y sin embargo, su amor por los humanos, es lo único que la mantiene aquí. Esa mezcla de poder y vulnerabilidad la hace diferente a cualquier dios que hayamos conocido.
—No podemos dejar que lo haga sola. Si Megan muere, perderemos no solo a una aliada, sino a alguien que conoce secretos que ni siquiera Hera quiso compartir.— menciono Valen bajando la mirada.
Ikki asintió.
—Por eso debemos encontrar otra manera. No podemos dejar que su dolor sea el precio para salvarnos.
—¿Pero cómo? —preguntó Shun, con una mueca de frustración—. El velloncino tiene un precio, y Megan es la única que ha mostrado estar dispuesta a pagarlo.
Valen levantó la vista, con determinación renovada.
—Entonces nos uniremos a ella. No podemos quedarnos en la sombra mientras alguien da la vida por nosotros. Haré lo que sea para evitar que Megan sienta que está sola en esto.
—Me alegra oírlo. Porque si hay alguien que sabe lo que es el dolor y la soledad, esa eres tu— dice Ikki con respeto y orgullo.
Shun añadió con una leve sonrisa:
—Y juntos, tal vez podamos darle a Megan la fuerza para seguir luchando sin sacrificar todo lo que ama.
Valen cerró los ojos por un instante y respiró hondo.
—Megan merece saber que no está sola, que su sacrificio no será en vano, y que nosotros también estamos dispuestos a luchar y a protegerla.
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Megan los esperaba en la cámara interior del Templo de Athena. El silencio que los rodeaba era distinto al del Santuario: pesado, lleno de historia y de deudas no saldadas. La diosa los miró acercarse con el ceño fruncido, los brazos cruzados, el corazón latiendo con una mezcla de sorpresa y amarga sospecha.
—¿A qué vienen? —preguntó sin rodeos, con una frialdad que apenas disfrazaba su angustia—. ¿A detenerme? ¿A cuestionar lo que decidí hacer con lo único que me queda? Valen se que antes me prometiste encontrar otra forma, pero el tiempo de agota... lo siento pero lamentablemente este es el único modo, y lo sabes
Valen fue la primera en hablar, con firmeza, pero con dulzura.
—No venimos a detenerte. Venimos a ayudarte. Porque aunque no lo creas, te queremos, Megan.
Megan frunció los labios. Sus ojos violetas brillaban, entre desconfianza y emoción contenida.
—¿Después de todo lo que hice? ¿Después de pelear contra ustedes? ¿De haber sido su enemiga?
Ikki dio un paso al frente, con la mirada firme.
—Tu pasado no define lo que eres ahora. Luchaste, sí. Contra nosotros. Pero también elegiste quedarte. Elegiste protegernos. Eso vale más que cualquier guerra.
Shun asintió.
—Nadie que no ame de verdad a este mundo estaría dispuesto a morir por él. No eres nuestra enemiga. Eres parte de esta lucha.
Megan retrocedió un paso. Por un momento, su mirada se perdió en algún punto del techo, como si buscara huir de esa verdad que tanto le costaba aceptar.
—¿Que pasara si ninguno logra sobrevivir? —susurró.
Valen se acercó, su voz temblando por la intensidad de lo que sentía.
—No es solo por ti. Es por lo que representás. Porque si tu estás dispuesta a luchar por los humanos, por los caídos, por la justicia... entonces valés más de lo que creés. Eres nuestra amiga, Megan. Y yo te quiero como tal.
—Y yo confío en ti— menciono Ikki acercándose tambien
—No tienes que cargar con todo sola.— dice Shun sonriendo levemente
El silencio se hizo denso. Megan apretó los ojos, luchando contra las lágrimas. Y entonces... la puerta del templo se abrió bruscamente.
—¡No!
Era Seiya.
Aún débil, pero con el cosmos encendido en su interior como una llama que se negaba a extinguirse, se plantó frente a todos con el rostro contraído por la furia y el miedo.
—¿¡Están locos!? ¿Van a sacrificar sus vidas por esto? ¡No! ¡Si alguien tiene que hacerlo, soy yo! ¡Yo fallé a Athena! ¡Yo tengo que pagar ese precio!
—¡Seiya! —exclamó Valen—. ¡No vas a hacer eso!
—¡No te lo voy a permitir! —agregó Ikki, poniéndose delante de él.
—¡No es tu deber morir por nadie! —gritó Shun, al borde de las lágrimas.