M A G N U S
—Ahora lárgate —dijo Beatriz, sin bajar los brazos—. No quiero volver a saber de ti.
La mujer de la capa sostuvo la mirada un instante más. Un chasquido seco salió de sus labios antes de dar medio paso atrás.
—Eso duele, tía. Yo no soy tu enemiga... pero si eso es lo que quieres, me iré. No me acercaré a ti.
Retrocedió hacia la penumbra del bosque junto al hombre que terminaba de sacudirse el polvo gris de las piernas. Sin emitir un solo rumor, el grupo se desvaneció entre las sombras de los troncos, tragados por la noche.
Solté un aliento que no sabía que estaba reteniendo. Seguía de rodillas sobre la hierba húmeda, sosteniendo el cuerpo inerte de Michones. El pelaje de su costillar apenas se movía, pegoteado por una mezcla densa de sangre y saliva.
—Señora Beatriz... —murmuré, alzando la vista hacia ella—. Por favor, mire a Michones.
Beatriz caminó con pasos pesados hasta quedar sobre nosotros. Su respiración aún salía a bocanadas, pero la severidad de su rostro no cedió.
—Apártate —ordenó con voz rasposa—. Necesita la luz directa.
Me arrastré hacia atrás unos centímetros. Beatriz alzó la mano derecha hacia el disco plateado de la luna y cerró el puño. En respuesta, un haz de luz blanquecina pareció concentrarse directamente sobre el cuerpo del gato. El pelo apelmazado comenzó a ahuecarse; las heridas abiertas en el lomo se cerraron con un crujido leve, como si los tejidos se cosieran solos bajo la piel. Su torso se hinchó de aire en un impulso repentino.
Michones soltó un maullido agudo, se puso de pie sobre las cuatro patas, se desperezó estirando el lomo y comenzó a lamerse la pata delantera como si nada hubiera pasado.
El peso en mi pecho cedió por un segundo. Dejé caer los hombros, inhalando el aire fresco del claro.
—Hay que moverse —dijo Beatriz de pronto, tomándome del brazo con una fuerza que me hizo erguir de golpe—. Regresamos a casa. Ahora.
—¿Por qué? —pregunté, mirando hacia la penumbra por donde se habían ido los encapuchados—. Si ellos ya se fueron...
—Usé demasiado poder —interrumpió, escudriñando las copas de los árboles a nuestro alrededor—. Sensores. Sus máquinas están por todo el bosque. Mi bosque... —Soltó un chasquido con la lengua y Kitty apareció de entre la maleza, colocándose a su lado—. Ya ni siquiera lo siento mío. Me quitaron todo... No voy a dejar que te pongan una mano encima.
Tiró de mi muñeca para obligarme a avanzar. Tenía los ojos desorbitados, mirando a izquierda y derecha con una paranoia que no le había visto ni siquiera frente a la bestia de ojos rojos. Me mantuve en silencio, apretando el paso junto a ella y los dos gatos.
No fue difícil encontrar la salida. Tardamos apenas unos minutos en cruzar el borde del follaje y dejar atrás la negrura de los árboles, saliendo directo a las calles pavimentadas.
En cuanto cruzamos el umbral de su casa, el contraste fue absoluto. Kitty y Michones caminaron tranquilamente hacia el salón y se acurrucaron sobre la manta del sofá. Cerca de la cocina, Alexander apenas levantó la cabeza de su plato de comida, masticando con total indiferencia.
Beatriz, en cambio, atrancó la puerta principal con una prisa frenética. Giró la llave dos veces, echó los tres cerrojos de metal y, sin dirigirme la palabra, se encaminó a pasos agigantados hacia la entrada del sótano.
La seguí bajando los escalones de madera.
Abajo, el espacio estaba sumergido en un desorden caótico. Beatriz iba de un lado a otro volcando frascos, tirando cajas de cartón y apartando herramientas de las repisas.
—¿Señora Beatriz? —pregunté desde el último escalón—. ¿Necesita ayuda? ¿Está todo bien?
—No —respondió sin girarse, revolviendo un cajón con manos temblorosas—. Hay que esconderse. Tú también. Pueden rastrearnos... seguro ya vienen en camino.
Agarró una botella rociadora de plástico gastado, del tipo que usaba mi abuela para limpiar los cristales. Le quitó el seguro y comenzó a pulverizar un líquido de olor agrio sobre sus hombros, su pecho y sus brazos.
Sus manos temblaban tanto que casi dejó caer el frasco. Respiraba demasiado rápido y miraba hacia la puerta una y otra vez, como si esperara verla abrirse en cualquier momento.
—Van a llegar... nos van a matar —susurraba para sí misma, con la voz cada vez más rápida y ahogada—. Nos van a matar a todos...
Abrió la rosca del envase y se desparramó el resto del contenido directamente sobre la cabeza. El líquido le empapó el cabello y le corrió por las mejillas. Se abrazó a sí misma, caminando en círculos reducidos, temblando de la cabeza a los pies.
Avancé dos pasos y le sujeté los hombros con firmeza para obligarla a detenerse.
—Señora Beatriz, tranquila —le dije, intentando modular la voz—. Está bien. Estamos bien, nadie nos siguió. Estamos a salvo, se lo prometo.
Apenas pronuncié la última palabra, el temblor de Beatriz cesó de golpe.
Se quedó inmóvil. Su cabeza se alzó con una lentitud espeluznante hasta que sus ojos se clavaron en los míos. Tenía las pupilas completamente dilatadas, oscuras y frías. La agitación desapareció de su rostro, reemplazada por una dureza rígida.
—¿Qué sabes tú, muchacho? —dijo. Su voz ya no era la de la mujer aterrorizada de hacía un segundo; sonaba grave, baja y pesada—. ¿Cómo osas decir que estamos bien? ¿Que estamos a salvo?
Apreté los labios, pero no fui capaz de soltarle los hombros.
—¿Con qué seguridad lo afirmas? —continuó, encarándome sin pestañear—. No has visto nada. No has vivido nada. Has pasado tu vida debajo de una piedra, oculto, protegido. Solo eres un polluelo. Eres débil.
Las palabras cayeron como un peso físico en el estómago.
—No puedes salvar a nadie —añadió. No había rabia en su tono, solo una certeza helada que cortaba más que cualquier grito—. Los débiles no pueden prometer nada. Nunca vuelvas a prometer algo que no puedes cumplir.