M A G N U S
Me acomodé el nudo de la corbata frente al espejo del recibidor. El cuello me apretaba y el traje me resultaba incómodo, ajeno, como si fuera un disfraz.
¿Estaba nervioso? Sí, lo estaba. Y mucho. No solo existía la posibilidad de que se metieran en mi cabeza y hurgaran en mis pensamientos, sino que, si descubrían que era un brujo, no tenía la menor idea de qué me harían. La señora Beatriz me había dicho que me matarían, pero ¿no era eso demasiado extremo? Yo no le había hecho daño a nadie.
Antes de salir de mi habitación, me agaché un segundo para despedirme de mis gatos «Loki, Atenea, Apolo, Freya», pasándoles la mano por el lomo. Mis únicas anclas de cordura.
Mi abuela me esperaba junto a la puerta principal, acomodándose la cartera en el antebrazo.
—¿Listo, Magnus?
—Sí, abuela.
—No estés nervioso, mi amor. Es solo algo rutinario —me dijo con voz suave mientras abríamos la puerta—. Saldremos rápido y luego podemos ir a comer algo juntos, ¿te parece?
—Claro, abu.
El trayecto hacia la estación central de policía fue corto, pero a mí se me hizo eterno. La comisaría era un edificio de fachada gris, frío, con escaleras de granito gastadas y un ir y venir constante de oficiales en uniforme y civiles con cara de agotamiento. Al entrar, el olor a café quemado, papel húmedo y desinfectante barato me golpeó de lleno.
Nos acercamos al mostrador de recepción, donde mi abuela dio mis datos. El agente de guardia anotó mi nombre en una planilla, nos indicó un número de turno y nos señaló la sala de espera al final del pasillo. Era una zona amplia, iluminada por tubos fluorescentes que zumbaban con un ruidito molesto. A lo largo de las paredes había hileras de sillas de plástico azul fijadas al suelo.
Miré a mi alrededor buscando algún rostro conocido. Como se trataba de citaciones a menores de edad por el caso del profesor Coleman, la sala estaba llena de adolescentes acompañados por sus padres o tutores. Reconocí a un par de compañeros de otros cursos del colegio; estaban sentados en silencio, encorvados, mirando el suelo o el teléfono. Nadie hablaba. La tensión en el aire se podía cortar con un cuchillo.
—Magnus Andersen —llamó una voz desde una puerta lateral.
Un hombre de unos cuarenta años, vestido con traje oscuro sin corbata y una credencial colgada al cuello, nos hacía una seña. Nos levantamos y lo seguimos por un pasillo secundario hasta una oficina pequeña. Tenía un escritorio con una computadora, un par de archivadores metálicos y tres sillas.
—Buenas tardes. Soy el detective Miller —se presentó estrechándonos la mano con amabilidad—. Tomen asiento, por favor. Sé que esto no es plato de buen gusto, pero es solo un procedimiento estándar para reconstruir las últimas horas del profesor Coleman en el establecimiento.
Nos sentamos. Responder fue fácil porque solo tuve que decir la verdad: el día del incidente yo había estado en mi aula asignada, en el bloque opuesto de la escuela, y no había visto ni escuchado nada inusual hasta que sonaron las alarmas de evacuación.
Mientras el detective tipeaba mis respuestas en la computadora, yo me mantenía rígido. ¿Será él?, me preguntaba internamente. ¿Él será la persona del CSD que viene a lavarme el cerebro?
En ese momento, la puerta de la oficina se abrió suavemente. Entró una mujer de sonrisa cálida, vistiendo ropa formal de tono claro. Llevaba en las manos una bandeja con un par de vasos de café para llevar y una caja abierta de donas recién hechas.
—Perdón la interrupción, solo traía algo para amenizar la tarde —dijo con una voz extrañamente pausada, casi arrulladora.
Dejó la bandeja sobre la mesa y nos ofreció una dona a mi abuela y a mí. Antes de que pudiera decir algo, sentí la mano firme de mi abuela posarse sobre mi pierna.
—Muchas gracias, querida, pero paso —respondió mi abuela con una sonrisa dulce y modos impecables—. El médico me tiene cortadísima la harina y la grasa por el colesterol.
—Yo estoy bien, gracias— respondí.
—Entiendo perfectamente —sonrió la mujer sin perder la compostura.
Acomodó una silla libre a mi lado y se sentó justo enfrente de mí. El detective siguió enfocado en su pantalla, ignorándonos.
—Magnus... —dijo la mujer mirándome a los ojos—. Me imagino que todo esto debe ser muy estresante para ti. Cuatro días después de un evento tan traumático en tu propia escuela, tener que estar en una comisaría... Dime, ¿cómo te has sentido estos días?
—Bien... Supongo que procesándolo —respondí intentando no sonar evasivo.
—Es perfectamente normal sentir miedo o confusión —prosiguió ella. Se inclinó hacia adelante y, de manera espontánea pero firme, tomó mi mano izquierda sobre la mesa—. Eres un chico muy valiente por estar aquí colaborando. Quiero que sepas que estás seguro, que todo va a estar bien y que no hay nada de qué preocuparse.
En el instante en que sus dedos tocaron mi piel, sentí una vibración extraña, una especie de zumbido sutil que me recorrió el brazo. Miré su rostro de golpe y, por una fracción de segundo, juraría que vi un destello dorado brillar en el fondo de sus pupilas.
La piel se me erizó. En ese mismo instante, la mano de mi abuela apretó mi pierna con una fuerza inesperada. Me giré hacia ella disimuladamente, pero la abuela parecía completamente tranquila, haciendo un comentario trivial con el detective sobre el clima.
La mujer no soltó mi mano de inmediato. Siguió hablándome unos segundos más, asegurándose de que la mirara fijamente.
—A veces, después de un susto así, la mente intenta protegernos haciéndonos olvidar detalles o confundiendo las cosas. Si en algún momento recuerdas algo raro, o simplemente necesitas desahogarte con alguien fuera de tu entorno, quiero que me busques.
Finalmente me soltó y deslizó una pequeña tarjeta blanca de presentación sobre el escritorio.
—Ahí tienes mi contacto directo.