Legado Infernal

Capítulo 22

M A G N U S

—¿Eso era todo? No podemos ausentarnos mucho, no es... adecuado —dijo Elliott, y eleonor desvío la mirada ¿Avergonzada?

Eleonor le dio la razón con un leve asentimiento. Estaban a punto de darse la vuelta para marcharse cuando un crujido de hojas secas resonó a pocos metros de donde estaban. En un movimiento ridículamente rápido, Eleonor desenfundó la espada que llevaba a la cintura, apuntando con la hoja directamente hacia la fuente del sonido.

Se me heló la sangre, pero antes de que ella hiciera algún movimiento impulsivo, Elliott reaccionó. Extendió la mano, posándola con firmeza sobre la muñeca de la chica. Ella cedió a la presión y bajó la espada lentamente.

De entre los matorrales emergió Kitty, caminando con su habitual elegancia despreocupada. Eleonor dejó escapar un suspiro, guardó la espada, se agachó y comenzó a acariciar a la gata bajo la barbilla. Tras un par de mimos, se puso de pie, miró a Elliott y ambos se alejaron en silencio perdiéndose entre los árboles.

Apenas los perdimos de vista, Beatriz se giró bruscamente hacia mí. Sus ojos chispeaban de furia y paranoia.

—¿De dónde la conoces? —me interrogó con voz cortante.

—Va a mi escuela —respondí, intentando digerir lo que acababa de ver—. Se llama Vivian... o bueno, Eleonor, supongo.

Beatriz apretó los dientes, entendiendo la situación de inmediato.

—Eso es imposible, el CSD no manda a sus niños a escuelas normales, ellos tienen las suyas privadas. No. Esto no está bien, el CSD nunca hace algo sin una razón. El CSD está en tu escuela —sentenció en un murmullo helado—. Tienen agentes infiltrados dentro.

—Thal, no creo...

—Dijiste que un profesor tuyo murió hace poco, ¿no?

—Sí.

—Si hay estudiantes, también los habrá de docentes. Dime cómo murió ese profesor tuyo.

—Se supone que fue algo natural, pero escuché de alguien que fue un asesinato, y quieren encubrirlo.

—Si el CSD está involucrado, entonces no fue una causa natural, de hecho ni siquiera humana. No, ellos taparán todo, y a los testigos. —Como si se hubiera dado cuenta de algo, volvió su mirada hacia mí—. ¿Tú? Dime, ¿te han citado o hablado alguien, como un policía o detective?

—Bueno..., mi interrogatorio es mañana.

—No vas a ir —dijo Beatriz tajantemente apenas terminé de hablar.

—Tengo que ir, Thal —protesté—. Es algo policial, citaron a todo el alumnado. Si falto, voy a llamar la atención y van a sospechar de mí.

—¡Es una trampa, muchacho! —siseó, tomándome con fuerza del brazo—. Esos del CSD van a usar magia en ti. Te van a lavar el cerebro, hurgarán en tu mente para ver qué ocultas, para saber si viste algo que no debías. Tienes demasiada información sobre mí y no voy a permitir que te pongan la mano encima.

Un escalofrío me recorrió la espalda al pensar en Samuel.

—Tengo que avisarle a Samuel —dije, dando un paso atrás para sacar mi teléfono—. Él va a ir mañana también, no puede dejar que le hagan eso.

—¡No! —Beatriz me detuvo con un ademán brusco—. A tu amigo no le pasará nada grave porque él no sabe nada. No tiene ningún conocimiento de este mundo. Preocúpate por ti mismo, que eres el que está en peligro real.

Se llevó la mano a la barbilla y empezó a dar pasos en círculos sobre las hojas secas, hablando a una velocidad vertiginosa para sí misma.

—Puedo hacer varios hechizos de protección mental... No, no, no. Si ven una barrera, sabrán que eres un mago o que estás protegido, eso te delataría de inmediato... ¿Una reliquia? No, igual se darían cuenta de la interferencia...

Siguió balbuceando opciones, descartándolas una a una, cada vez más alterada. Hasta que se detuvo en seco y me miró fijamente.

—Tengo una idea. Una forma para que no te descubran. Les haremos recuerdos falsos, ilusiones. Te alteraré la memoria reciente para mostrarles exactamente lo que quieren ver. Ni siquiera los del CSD se darán cuenta. Tardará unas horas, pero te salvará el pellejo.

No me dio tiempo de objetar. Me hizo sentar en el suelo, en medio del perímetro trazado por las runas. Sacó varias velas de su bolso, las colocó en círculo a mi alrededor y las encendió una a una.

—Mantén la mente en blanco —me ordenó con tono severo—. No te me resistas o podría lastimarte de verdad. Cierra los ojos, te será más fácil.

Obedecí. Cerré los ojos, respiré hondo y dejé que Beatriz entrara en mi mente.

El mundo físico se desvaneció de golpe. Desperté en una estructura extraña, una especie de pasillo infinito repleto de puertas a ambos lados. Todas eran idénticas. Me acerqué a la primera e intenté abrirla, pero la manija no cedió. Probé con la siguiente; tampoco. Una tercera, una cuarta, una quinta... ninguna abría.

Frustrado, empecé a caminar. No había nada más en ese lugar, solo puertas dispuestas en una línea recta sin fin. A medida que avanzaba, noté que muchas de ellas estaban cruzadas por pesadas maderas clavadas, como si estuvieran selladas a propósito.

Caminé durante lo que parecieron horas por ese corredor infinito, hasta que una pequeña luz llamó mi atención a lo lejos. Al acercarme, vi una mariposa rosa revoloteando en el aire. Pasó a mi alrededor dejando una tenue estela brillante y comenzó a alejarse. Sin pensarlo mucho, la seguí.

La mariposa me guió fuera del pasillo principal, adentrándose en un tramo donde la luz ya casi no llegaba. Me orientaba únicamente por su destello rosa. Finalmente, la mariposa se posó en lo que parecía ser el suelo, en un espacio sumamente oscuro.

Al agacharme a mirar mejor, me di cuenta de que no era suelo ordinario: era una puerta de madera colocada en el piso. No tenía manija ni cerradura. Me arrodillé y pegué el oído a la madera gastada. Escuché algo... una respiración pesada. Por un segundo dudé si era mi propio aliento resonando en la oscuridad. Me concentré aún más, conteniendo el aire, y entonces lo escuché con claridad: el choque metálico de unas cadenas moviéndose en el fondo.




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