Legado Infernal

Capítulo 24

M A G N U S

Aporreé la puerta de madera con el puño cerrado, una y otra vez, gritando su nombre sin aliento. La puerta se abrió de golpe y la señora Beatriz apareció en el umbral. Al verme, su rostro se desencajó por completo. Dio un paso atrás, espantada, mientras yo irrumpía en la casa a trompicones.

—¿Qué pasó? —preguntó con la voz temblorosa, fluctuando entre el susto y la preocupación—. ¿Por qué te ves así? ¿Acaso te descubrieron?

—¡No! —negué frenéticamente, agitado—. Se la llevaron... En el hospital... Ellos la engañaron...

—¿De quién estás hablando, muchacho?

—¡De Cindy! —grité, sintiendo la garganta arder—. ¡Se la llevaron los Heraldos!

La expresión de Beatriz pasó del asombro a la alarma y, finalmente, se volvió fría y neutral. Desvió la mirada hacia un costado.

—Eso... eso es desafortunado —dijo con voz plana—. Pero como te dije antes, no me entrometo en esos asuntos.

—¡No es algo aislado, Thal! —reclamé, acercándome a ella—. No fue el CSD, ¡fueron Heraldos! Tu propia sobrina... Yo estaba ahí. Le metieron ideas en la cabeza, la manipularon.

—Mira, muchacho —me cortó Beatriz, manteniendo la distancia—. El CSD es una cosa y los Heraldos son otra, pero en ningún caso una bruja se involucra con ellos. Y mucho menos por un efímero.

—¿Qué... qué le van a hacer? —pregunté con el pánico atenazándome el pecho—. ¿Le van a lavar el cerebro como los del CSD? ¿Qué es lo que quieren de ella?

Beatriz tardó unos segundos en responder.

—No es su cerebro lo que quieren. Lo quieren todo: su vida, su voluntad y su destino. Quieren convertirla en un Heraldo.

—¿Y qué significa eso? ¿Qué significa convertirse en Heraldo?

—Significa dejarlo todo atrás —respondió con una seriedad helada—. Tu antigua vida, tu familia, tus amistades, tus creencias, tu moral... Todo de ti cambia. Es como una nueva identidad.

—¿De buena o de mala manera?

—Para nosotros, un nuevo Heraldo siempre es algo malo. De hecho, para cualquier ser vivo, un Heraldo es una desgracia. Te lo dije: son salvajes, no tienen empatía, solo piensan en sí mismos. Lo único que aman es el enfrentamiento, la sangre y el poder. Lo siento, pero a tu amiga no la volverás a ver.

—No si puedo evitarlo —sentencié apretando las manos—. No voy a dejar que la conviertan. Voy a salvarla.

—¡Despierta, muchacho! —exclamó Beatriz levantando la voz—. ¿A quién vas a salvar? No tienes ningún poder. Los Heraldos te destrozarían en un segundo y, si tienes suerte, lo harán rápido. Ya es un caso perdido. Considérala muerta, reza por su alma y olvídala. No vale la pena arriesgar la vida en vano.

—¡Voy a ir! —grité—. ¡Aun si muero, aun si me destrozan, tengo que intentarlo!

—¡¿No me escuchas?! ¡Es un suicidio! ¡No tienes ninguna posibilidad!

—¡Prefiero morir intentándolo que vivir sabiendo que no hice nada y huir, igual que lo hizo usted!

Apenas las palabras salieron de mi boca, me tapé la cara con la mano.

El rostro de Beatriz se paralizó. Se puso lívida y dio un paso atrás como si le hubiera asestado un golpe físico en el pecho.

—Yo... yo no quería... No creo que usted... —balbuceé, pero no había forma de borrar lo que acababa de decir.

A nuestro alrededor, Michones y Kitty comenzaron a maullar con inquietud. Beatriz se cubrió la boca con una mano, dándome la espalda.

—Diré esto una sola vez, así que escucha con atención —dijo con la voz extrañamente pausada, fija en la pared—. Los Heraldos no pueden obligar a nadie a convertirse; es puramente decisión del individuo. Pero si quieres ir y morir, hazlo. Ya no me importa. No puedo controlarte y no quiero embrujarte. Ahora lárgate de mi casa.

—Señora Beatriz... —intenté llamarla.

Sin volverse a mirarme ni una sola vez, caminó directo hacia la cocina seguida por los dos gatos y cerró la puerta de un golpe.

Me quedé solo en el recibidor. «Solo arruino las cosas», pensé, sintiendo el peso de la culpa en los hombros. Empece a caminar hacia la salida, pero al rozar la perilla de la puerta de entrada, me detuve.

No podía darme por vencido. Tenía que intentarlo, aunque fuera una locura.

Me di la vuelta y regresé sobre mis pasos hacia el centro de la sala. Apreté los dientes, aparté la alfombra principal y abrí la trampilla del sótano. Tenía que ser rápido. Bajé los escalones en la penumbra, saqué el teléfono móvil y encendí la linterna. Rebusqué entre las cajas hasta encontrarla: la raíz de Selenita.

La tomé con ambas manos y subí a toda prisa. Alexander estaba echado cerca de los escalones observándome en silencio, pero volvió a cerrar los ojos para dormir. Salí de la casa, monté en la moto y aceleré en dirección al bosque.

Al llegar a la linde de los árboles, escondí la moto entre la vegetación espesa y me interné a pie.

Solo mientras caminaba entre las sombras me cayó encima el peso real de lo que acababa de hacer. Le había robado a Beatriz. Le había robado a mi maestra, en su propia casa, después de haberla herido con mis palabras. «Esto es una locura... Estoy haciendo una absoluta locura. Estoy loco, estoy loco», me repetía internamente.

Recordé sus instrucciones: una dosis concentrada cada noche de luna llena durante diez meses. Pero yo no tenía diez meses. No podía esperar.

También recordé sus advertencias. Si tomaba la raíz de golpe, lo más probable era que muriera. Pero enfrentarme a los Heraldos sin magia era una muerte segura de todas formas. Con esto, al menos, tendría una oportunidad, por mínima que fuera.

Llegué al claro donde Beatriz casi petrifica al encapuchado la noche anterior. Era el lugar donde la luz lunar caía con más fuerza de todo el bosque. Si Beatriz me había dicho que la luna potenciaba su poder, debía probar si funcionaba conmigo.

Me ubiqué justo en el centro del haz de luz. Saqué la raíz; era una pieza grande, gruesa y pesada, de un tono azul brillante que recordaba a una hortaliza gigante. Me quité el cubrebocas y los guantes.




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