Legado Infernal

Capítulo 21

M A G N U S

Las gafas de sol que llevaba puestas apenas lograban matizar la luz que entraba por el ventanal de la cafetería. No llevaba mi cubreboca habitual, pero los cristales oscuros me servían para ocultar parte del rostro. Frente a mí, Samuel sostenía su taza de café con ambas manos, mirando el humo denso elevarse hacia el techo.

—¿Cómo están tú y tu hermana? —le pregunté, mirándolo fijamente a los ojos.

—Bien, dentro de lo que se puede —respondió, dándole un sorbo corto a su bebida—. Todo sigue bastante tenso en casa.

—¿Fuiste a ver a Cindy?

Samuel bajó la mirada y suspiró con pesadez.

—Sí, fui ayer. Pero no pudimos hablar... Cindy no ha dicho una sola palabra. No abrió la boca en todo el tiempo que estuve ahí. Escuché a unas enfermeras en el pasillo diciendo que están considerando trasladarla a la unidad psiquiatría.

Un nudo se me formó en la garganta.

—Así que es muy probable que dentro de poco ya no podamos ir a verla con tanta facilidad —continuó Samuel.

—Ya veo...

Apreté los puños por debajo de la mesa. Tenía que ir a visitarla antes de que la trasladaran. Tan pronto como terminara la reunión con la señora Beatriz, iría directo al hospital. Necesitaba mirarla a los ojos y asegurarle que podía contar conmigo, que no estaba sola.

—Escuché a mi padre decir que la escuela va a volver a abrir dentro de poco —dijo Samuel de pronto, rompiendo mi línea de pensamiento.

Su padre trabajaba como forense en la morgue judicial, así que siempre se enteraba de los detalles oficiales antes que nadie.

—¿Qué? —lo miré, sorprendido—. ¿Acaso ya saben qué le sucedió al profesor Coleman?

Samuel no respondió de inmediato. Hizo una seña con la mano para que me inclinara hacia él. Me acerqué al centro de la mesa y él imitó el gesto, bajando la voz hasta convertirla en un susurro casi imperceptible.

—Escuché a mi padre hablar por teléfono anoche... Dijo que el profesor Coleman fue asesinado.

Las palabras me dejaron helado. «Un asesinato en la escuela...», pensé, sintiendo un escalofrío recorrer mi espalda.

—Pero no es solo eso —añadió Samuel, echando un vistazo rápido a ambos lados antes de continuar—. Tal parece que la versión oficial dirá que fue una muerte natural. Un paro cardíaco o algo por el estilo.

Me eché hacia atrás en la silla, impactado por lo que acababa de escuchar.

—¿Por... por qué dirían algo así? ¿Por qué ocultarían que lo mataron?

—No lo sé —respondió Samuel, y por un segundo su mirada se ensombreció por completo—. Pero si tuviera que adivinar, apostaría lo que fuera a que fueron ellos.

—¿Ellos?

—Sí, ellos: Caleb, Jennifer, Mason, Emma, Jake... Amelia.

Escuchar ese último nombre me hizo estremecer por dentro.

—Samuel, ¿estás sugiriendo que ellos le hicieron algo al profesor? ¿Que lo mataron?

—¡Sí, Magnus! ¿Quién más si no? Han estado haciendo cosas horribles todo este tiempo, nos lo han hecho a nosotros. Mira a Cindy, está internada en el hospital por su culpa y lo encubrieron sin consecuencias. ¿Qué te hace pensar que no son responsables de esto? Tienen el poder y las influencias suficientes para tapar un asesinato.

Me pasé la mano por el cabello, frustrado. Al considerar sus palabras, sabía que era una posibilidad real. Tenían los medios para hacerlo. Sin embargo, en cuanto Samuel pronunció ese último nombre, su rostro apareció inevitablemente en mi cabeza.

Ella no sería capaz... ¿O sí?

—También escuché que, en cuanto abran la escuela de nuevo, tendremos que volver a compartir el mismo espacio con esos asesinos —continuó Samuel. Su voz se volvió un hilo bajo y tembloroso—. Yo... yo ya no puedo más. No lo soporto.

Miré sus manos sobre la mesa y vi cómo le temblaban bruscamente antes de ocultarlas debajo de sus piernas.

—Tranquilo, Samuel. Estaremos bien —le dije, intentando transmitirle firmeza—. No voy a dejar que te pongan un solo dedo encima. Nunca más, ni a ti ni a nadie.

—No hagas nada, Magnus —pidió él de inmediato, mirándome con suplica—. No les des ninguna razón para que te pongan a ti en su lista. Solo... solo faltan unos meses para terminar. Después de eso, no los volveré a ver nunca más.

—Samuel, escucha...

—No quiero hablar más de esto —interrumpió, rodeando su taza con los dedos y fijando la vista en el líquido oscuro—. ¿Te llamaron para el interrogatorio de la policía?

—Yo voy mañana —respondí, tragándome el resto de mis palabras.

—El mío es hoy. Te avisaré qué me preguntan y cómo es la dinámica.

—Bien. Gracias.

Permanecimos un largo rato conversando sobre asuntos triviales para aligerar la tensión, hasta que Samuel echó un vistazo a su reloj y se puso de pie. Nos despedimos con un asentimiento de cabeza y tomamos caminos separados. Por mi parte, encendí el motor de la motocicleta y me dirigí hacia la casa de la señora Beatriz; aún no le había contado nada sobre la visita imprevista de su sobrina la noche anterior.

Frené la moto junto a la entrada de la propiedad. Justo cuando ponía el pie en el suelo para bajarme, una voz conocida pronunció mi nombre.

—¿Magnus?

Giré la cabeza. Vivian, la prima de Isabella, caminaba por la acera contigua.

—¿Vivian? Hola, ¿cómo estás?

—Bien, solo haciendo mi caminata del día —respondió, deteniéndose a un par de metros—. ¿Tú qué haces por aquí?

—Vengo a ver a una amiga de mi abuela. La ayudo con sus gatos.

No era una mentira del todo. Vivian pareció dar la respuesta por buena.

—Entiendo. Entonces no te quito más tiempo, fue bueno verte. Adiós.

—Adiós.

La vi seguir de largo por la acera antes de subir los escalones del porche y tocar a la puerta de Beatriz. Pasaron un par de minutos hasta que el cerrojo giró y la madera se abrió.

Para mi sorpresa, no me recibió con el fastidio habitual. Esta vez se la veía notablemente más tranquila; incluso percibí un leve movimiento en la comisura de sus labios, como si intentara esbozar una sonrisa... o tal vez fuera solo una mueca.




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