Legado Infernal

Capítulo 25

A M E L I A

Miré cómo el polvo blanco desaparecía dentro del billete enrollado. Freddie se separó de la mesa tras exhalar con fuerza y se dejó caer sobre el sillón, mientras Emma bajaba la cabeza casi de inmediato contra la madera. A un lado, Víctor y Eve apuraban lo último que quedaba en la botella. Jennifer tecleaba sin parar en su celular. Atrás, Mike y Caleb se turnaban para meterselo a Zoey, quien permanecía recostada sobre la mesa, completamente desnuda y abierta de piernas.

Zorra.

Aspiré una calada del cigarrillo para quitarme el mal sabor de la boca. Volví a mirar la pantalla de mi celular: Isabella seguía sin responder a mis mensajes. Ya iban dos días. Nunca se había tardado tanto.

Vi a Mason acercarse con una botella y dos vasos en la mano.

Genial.

Se sentó a mi lado y fingí no darme cuenta de su presencia.

—¿Quieres un trago? —preguntó.

Negué con la cabeza.

—No me gusta mezclar —dije, haciendo un gesto displicente con la mano en la que sostenía el cigarrillo.

—Lástima —dijo mientras vertía el contenido en su vaso y se lo tomaba de un trago.

Un grito molesto brotó repentinamente de la boca de Jennifer.

—¡Pero qué hija de puta! —exclamó poniéndose de pie de golpe—. ¿Puedes creerlo? Esa puta de Nora consiguió una invitación para el desfile "Colección Riviera Negra". No le bastó con acostarse con mi ex, ¡ahora quiere quitarme mi lugar! Voy a matar a esa perra.

Luego me miró a mí. Suspiré mentalmente.

—¿Puedes hablar con tu tía y decirle que eche a esa perra?

—No digas estupideces, Jenny. ¿Perdiste contra esa idiota de segundo nivel y quieres que arregle tu desastre?

—¡Seguro que se acostó con los jueces, Amelia! Es la única manera de que me haya ganado.

Volví a suspirar.

—Hablaré con el organizador y veré que te ponga en la lista —dije aspirando el humo del cigarrillo.

Jennifer sonrió de alegría y me dio un abrazo pequeño y falso. Luego volvió a su sitio con el celular en la mano.

—Le mostraré a esa puta con quién se está metiendo.

—Hablando de putas, ¿alguien sabe algo de Cindy? —dijo Jake desde el otro extremo de la habitación, soltando un vapor denso de su váper.

Me puse rígida al escuchar ese nombre.

—¿Quién? —preguntó Mason a mi lado.

—La idiota que trató de suicidarse —dijo Jake.

—No lo sé ni me interesa —dijo Jennifer sin levantar la vista de la pantalla—. De hecho, hubiera sido mejor que se hubiera muerto, pero ni eso pudo hacer bien la muy puta. Al menos el profesor Coleman está muerto... Ese viejo estúpido. Algo bueno salió de esta semana.

—Hablando de él, ¿quién creen que lo haya asesinado? ¿Un profesor? ¿Un estudiante? —preguntó Mason.

Jennifer soltó una risa seca.

—Quien sea que lo haya hecho, debo felicitarlo.

—Hablo en serio —dijo Mason—. Podría haber un asesino en la escuela... escuela a la que vamos nosotros.

—Si la policía hace bien su trabajo, no tenemos de qué preocuparnos —dije—. No le den más vueltas.

—¿Policía? Ni siquiera son capaces de detener todas esas desapariciones —dijo Jake.

—¿Desapariciones? ¿La gente desaparece? —preguntó Freddie, completamente drogado. Un segundo después, su cabeza golpeó bruscamente contra la mesa al caer rendido.

Mason resopló y se levantó para ayudarlo.

Rodé los ojos. Sentí mi celular vibrar, pero no era el habitual: era el otro. Lo saqué con cuidado y leí el mensaje de un número desconocido: «Ya estoy», seguido de una dirección. Entrecerré los ojos y guardé el celular discretamente para que nadie lo viera.

A unos metros, Karen y Noah comenzaron a tener relaciones frente a todos, completamente fuera de sí por la droga. Hice una mueca de repugnancia y me puse de pie.

—Me largo. Esto se está convirtiendo en una orgía —dije al tomar mi bolso y dirigirme a la puerta.

Escuché voces llamándome, pero ni siquiera me volví. El mayordomo de Mason me abrió la puerta principal y afuera vi a mi chófer esperando. Al verme acercarme, bajó de inmediato a abrirme la puerta del auto. Me senté y me preguntó si íbamos a casa.

—No. Tenemos que hacer otra parada.

El auto se detuvo en una zona poco frecuentada de la ciudad, frente a un bar de fachada deslucida. Había gente de aspecto vulgar deambulando por las aceras.

Mire mi ropa de lujo y suspiré con molestia.

—Jorge, dame tu abrigo.

El chófer me miró confundido.

—¿Mi abrigo, señorita?

—Ahora —ordené.

Se quitó la prenda de vestir de inmediato y me la entregó. Al ponérmela, un olor desagradable a colonia barata me golpeó la nariz. Recogí mi pelo hacia dentro, me ajusté los anteojos oscuros y, cuando vi que tenía la intención de bajar para abrirme la puerta, lo detuve.

—Espera aquí.

Tomé mi bolso y salí del vehículo. Mientras caminaba hacia la entrada del bar, sentí las miradas descaradas de varios sujetos en la calle. No podía evitarlo; mi presencia provocaba eso en la gente, pero me gustaba solo cuando se limitaban a mirar, sin atreverse a tocar. Me crucé de brazos, cerrando el abrigo sobre mi cuerpo para cubrirme más.

Al entrar, busque con la mirada hasta que la reconocí: su cabello corto y rojo con mechones rubios destacaba al fondo. Estaba acompañada por esos tres en la zona del bar donde se hallaba la mesa de billar.

Me acerqué a ellos. Xarith fue el primero en verme. Llevaba un parche sobre el ojo izquierdo que le cubría la cuenca vacía, dejándole únicamente su ojo derecho fijo en mí. Sosteniendo el palo de billar con una mano, nos saludamos con un breve asentimiento de cabeza.

—Ya llegué —dije, quedándome a espaldas de la pelirroja.

Ella estaba agachada sobre la mesa, buscando un ángulo preciso para golpear la bola blanca.

—De todos los lugares posibles, ¿por qué tenía que ser uno de tan baja categoría?

Escuché la risa rasgada de la pelirroja.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.