Libro 1 Historias de un bosque y un gitano (1)

XXIII

Muy pronto el grupo llega a la habitación de los niños, descubriendo a los cuatro guardias todos tranquilos, dos sentados y dos de pie.

—Hola Jensen. Ya sabíamos que regresarías junto con los pequeños herederos —dice muy tranquilo uno de los guardias sentados.

—¡Oigan! ¿No se supone que ustedes deberían de cuidarlos? ¿Por qué demonios dejaron que se salieran de sus aposentos? —pregunta enojado el enano Jensen.

—No confundas trabajos, enano amigo. Nosotros les protegemos la vida de los posibles enemigos, no es nuestro deber realizar labores de niñeros; esa ya es la responsabilidad de ustedes dos, tanto tuya como la del bufón Reginald —asevera uno de los guardias parados con mucha seriedad.

—El príncipe y la princesa solo les obedecen a ustedes dos; también obedecen a sus maestros, aunque a regañadientes. Nunca obedecen las órdenes del resto de vasallos, menos las de nosotros, por eso preferimos evitar malgastar energías —añade malhumorado el tercer guardia.

—Ya mejor dejemos a los niños en sus camas; nosotros también ya debemos dormir. Recuerden que no hay que hacer mucho ruido. No hay que molestar de más a los reyes —comenta el marqués, calmando el ambiente.

Sin más contratiempos, los adultos y niños entran a la habitación cercana, cerrando la puerta con cuidado. Ya adentro, Ferdinand les pide a Niamh y a Evans que se quiten los zapatos; los pequeños así lo hacen, esperando ansiosos por otra demostración de magia. Con susurros en latín y su libro, el hechicero marqués impregna algo de su magia en el calzado disponible; luego, Ferdinand se acerca a una de las camas. Joseph estaba a punto de preguntarle «¿Qué estás haciendo?», pero su amigo le pide con señas que guarde silencio. El hechicero realiza un segundo conjuro sobre el mueble para dormir, repitiéndolo en la segunda cama.

—Bien. Ahora vuelvan a ponérselos y sígannos. Procuren hacer el mínimo ruido posible —les indica el mismo Ferdinand a los niños, susurrando, después de regresar con el resto del grupo.

—¿No nos verán los guardias? —indaga Evans, hablando en voz baja.

—No, ya no. Ahora serán invisibles para el resto de los súbditos y soldados del castillo, excepto nosotros cinco, gracias a la magia que le añadí a sus zapatos —asegura el marqués, refiriéndose a los humanos del grupo reunido, omitiendo a los seres feéricos y los cachorros.

—¿Qué hay sobre las camas? ¿Qué hiciste? —indaga Joseph con el mismo volumen de voz.

—Solo me aseguré de que los guardias no noten la ausencia del príncipe y la princesa. Solo díganles a los guardias que los niños ya se durmieron. Ya nos tenemos que ir —asegura Ferdinand con impaciencia, sin dejar de susurrar.

Todos se preparan para salir; el primero en hacerlo es Reginald.

—Bueno, ya se han dormido. Nos veremos mañana —avisa el bufón, dando un pequeño bostezo y estirando su cuerpo.

—¿Tan rápido? —pregunta asombrado un vigilante sentado, realizando un comentario—. Creí que estarían más tiempo despiertos.

—Sí. Todo el día estuvieron entusiasmados, esperando tus nuevas historias. Incluso después del banquete estaban demasiado inquietos e impacientes, por esa razón se salieron corriendo sin permiso de sus aposentos; te estaban buscando —dice otro guardia.

—Pues apenas estaba a mitad del primer cuento cuando noté que ya estaban soñando —comenta el bufón con seriedad.

En todo este tiempo la puerta se ha quedado abierta, dándoles la oportunidad al resto de amigos y niños de salir del cuarto. Los pequeños hermanos se adelantan a las escaleras, mientras que los adultos se despiden de los cuatro soldados, para después adelantarse.

—Déjame ver —solicita el soldado parado junto al bufón.

El guardia asoma la cabeza adentro del cuarto, observando a los herederos dormidos en sus camas, cuando en realidad están vacías. Saca su cabeza y cierra la puerta, dirigiéndose con sus compañeros.

—Es verdad, duermen muy profundo.

—Lo más seguro estaban muy cansados; estuvieron todo el día causando problemas —asevera el segundo hombre sentado.

—Todo en orden. Descansa amiguito —expresa el soldado junto a Reginald.

—Gracias compañero. Hasta mañana —dice el bufón cuentacuentos.

Reginald empieza a bajar las escaleras junto con los demás.

—Ahora, ¿hacia dónde? —pregunta el bufón en voz baja al final de las escaleras.

—Lo mejor sería ir al jardín del castillo. La hechicera Míriam y Sir Terrence nos están esperando al otro del muro de esa sección —informa el duende alado.

—¿El jardín? Yo pensaba que nos estaban esperando atrás de la muralla trasera del castillo —comenta Ferdinand, deteniéndose en seco. Los otros integrantes del grupo también se detienen.

—¿Es un problema ese detalle? —pregunta Grigore.

—Sí, porque no sé el camino para llegar al jardín —expresa el marqués un tanto apenado.

—En ese caso es mi turno de guiar el camino, síganme todos —ordena Emil con alegría, adelantándose hacia un pasillo que está a su izquierda.

Al terminar de recorrer otros dos pasillos medianos, los siete humanos, seres feéricos y animales llegan a una puerta ancha y simple. Emil abre la puerta hacia fuera de esos muros de piedra, permitiendo una vista esplendorosa del jardín privado de Amedea y Derek, ubicado en un costado del castillo, a un lado de la gran muralla que protege el hogar de la realeza. El duende alado carga a su compañera carente de alas, volando sobre la muralla y llegando al otro lado; los demás esperan unos breves segundos. Al final de ese tiempo solo el duende regresa.

—La hechicera de la pradera y el capitán segundo están justo atrás del muro —afirma él, señalando hacia delante.

—¿Yyy… cómo vamos a cruzar al otro lado? —pregunta confundido Reginald.

—Pues volando —dice Grigore.

—¿Con los polvillos de este duende? A según Jensen, las hadas y duendes pueden volar gracias a los polvillos mágicos que producen —comenta Reginald después de señalar al duende alado.




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