Madre a la fuerza

Capítulo 1 — El hombre que siempre consigue lo que quiere

Blair

Me encontraba en una reunión muy importante para el crecimiento de mi empresa. Aunque sentía nervios, hacía tiempo que había aprendido a camuflarlos bajo una máscara de seguridad absoluta. Miré uno por uno a los hombres que se encontraban en esa sala y dije:

—Si ampliamos la capacidad de procesamiento un doce por ciento sin modificar la arquitectura principal, reduciremos el consumo energético y podremos mantener el coste por debajo del límite que han establecido.

Hubo un silencio en la sala. No de esos incómodos en los que sabes que acabas de decir una estupidez. Sino del bueno. Del que se produce cuando doce personas trajeadas miran la pantalla intentando encontrar un agujero en lo que acabas de explicar y no lo encuentran.

Me apoyé ligeramente contra la mesa y esperé. No necesitaba rellenar los silencios. Había aprendido aquello bastante rápido desde que fundé Lumis Technologies: cuando sabes de qué estás hablando, no tienes que convencer a nadie hablando más alto. Los números terminan haciéndolo por ti.

El director financiero del grupo volvió a mirar el documento.

—¿En cuánto tiempo? —preguntó con verdadera curiosidad.

—Cuatro meses para una primera integración estable. Cinco si quieren que las pruebas de seguridad se hagan también sobre dispositivos de gama baja.

—Nuestro equipo calculó siete —respondió él con la ceja alzada, y sonreí.

—Por eso están hablando conmigo.

Una tos disimulada salió de algún lugar de la mesa.

No miré quién había sido. A mi derecha, uno de mis ingenieros bajó la cabeza para esconder una sonrisa.

Ok. Reconozco que quizá me había pasado un poco, pero tampoco tanto. O al menos eso es lo que me parece.

Lumis llevaba apenas tres años funcionando y todavía había hombres que entraban en una reunión, veían a una mujer de veintiocho años al frente de la mesa y decidían, antes incluso de escucharme, que seguramente habría un señor más importante escondido detrás.

Aunque en este caso no había ningún señor. Estaba yo, la dueña total de la empresa, ni socios, ni gente por encima, ni nadie que pudiera decirme lo que hacer o no con ella. Había trabajado demasiado para poder estar allí y no iba a fingir modestia para tranquilizar egos ajenos.

—La propuesta económica está en el último anexo —continué—. Si deciden trabajar con nosotros, necesitaremos la confirmación antes del viernes. Después de esa fecha no puedo garantizarles disponibilidad inmediata.

—Directa. —La voz llegó desde el otro extremo de la mesa.

No necesitaba mirar para saber quién había hablado. Ethan Blackwell.

Este hombre llevaba toda la reunión observándome. No de forma obscena. Eso casi habría sido más fácil. En cambio, él me estudiaba. Como si quisiera desmontarme pieza por pieza y averiguar cómo funcionaba.

Levanté la vista. Treinta segundos hablando con aquel hombre al comienzo de la reunión me habían bastado para saber dos cosas.

La primera: entendía perfectamente de tecnología.

La segunda: estaba demasiado acostumbrado a que el mundo hiciera lo que él esperaba.

—Eficiente —corregí.

Una de sus cejas se elevó.

—¿Hay diferencia? —alegó con suficiencia.

—Muchísima. La gente directa puede ser simplemente maleducada. —Alguien volvió a toser. Esta vez sí vi al director financiero ocultando una sonrisa.

Los ojos oscuros de Ethan se clavaron en los míos. Por un momento pensé que se molestaría. En cambio, sonrió.

Mal asunto. Era muy guapo. Ridículamente guapo, en realidad. Alto, hombros anchos, cabello oscuro perfectamente peinado y esa clase de mandíbula que seguramente hacía que muchas mujeres olvidaran por qué habían entrado en una habitación.

Pero a mí no. Bueno… No del todo. Había aprendido hacía mucho que sentirse atraída por alguien no significaba tener que hacer nada al respecto.

—Señorita Northcliff —intervino el presidente del grupo—, estudiaremos la propuesta. Ha sido una presentación... esclarecedora.

—Eso esperaba. —contesté y cerré el ordenador.

Reunión terminada. Mis compañeros comenzaron a recoger documentación mientras los ejecutivos abandonaban poco a poco la sala. Estaba guardando el cargador cuando una sombra cayó sobre la mesa.

Blackwell. Tenía que ser él, claro.

—¿Siempre tiene tanta prisa por marcharse?

No levanté la vista.

—Tengo otra reunión en cuarenta minutos.

—Podría cancelar.

Ahora sí lo miré.

—¿Por qué haría eso? —Se apoyó contra el borde de la mesa con una tranquilidad irritante.

—Quiero hablarle de Lumis.

Eso sí me interesaba.

—Lo escucho.

—No aquí.

—Entonces envíeme una propuesta.

Su sonrisa creció apenas.

—No hago propuestas importantes por correo electrónico.

—Yo sí.

—Ya me había dado cuenta.

Terminé de guardar mis cosas y cerré el bolso.

Ethan no se movió.

—Blackwell's Technologies está estudiando ampliar su cartera de inversiones —dijo—. Lumis encaja con varias de nuestras líneas estratégicas.

Ahí estaba.

—Lumis no busca inversores.

—Todo el mundo busca capital.

—Yo no.

—Todo empresario dice eso hasta que aparece la cifra adecuada.

Sentí cómo algo diminuto dentro de mí se tensaba.

No por el dinero. Por la seguridad con la que lo había dicho. Como si él no fuera simplemente el comienzo de una negociación. Conocía demasiado bien ese tono. Mi padre lo había utilizado durante años.

«Te casarás con quien conviene para la empresa».

«Estudiarás lo que corresponde».

«Trabajarás donde debes».

Hasta que un día había descubierto que la única manera de impedir que otros trazaran tu vida era estar dispuesta a caminar sin ellos.

—Entonces se ahorrará mucho tiempo si deja de buscar esa cifra conmigo.

Sus ojos se estrecharon ligeramente.




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