Blair
El problema de establecer normas en una casa con cuatro niños es que siempre aparece alguien dispuesto a comprobar hasta dónde llega tu paciencia.
En nuestro caso, ese alguien tiene cuatro años, una colección de vestidos de princesa y una capacidad extraordinaria para interpretar los acuerdos a su conveniencia.
—Hoy es viernes. —Levanto la vista del desayuno.
Zuli está de pie junto a la mesa, lleva su vestido rosa, una corona, un collar de cuentas, y unos zapatos brillantes que parecen diseñados para provocar un accidente doméstico.
—Efectivamente, cariño. Hoy es viernes.
—Puedo ir de princesa.
—Quedamos en que podías llevar el vestido.
—Y soy princesa.
—No discuto tu posición dentro de la nobleza. —Anouk levanta la cabeza.
—Pero no puede llevar la corona al colegio. —Zuli la mira indignada.
—¡Sí puedo!
—La profesora dijo que no lleváramos cosas que se pudieran perder —argumenta Anouk.
—¡No la voy a perder!
—Ayer perdiste un calcetín.
—¡ESO NO ES UNA CORONA! —Me llevo la taza a los labios porque no puedo discutir semejante razonamiento.
Marta aparece con el pequeño Ethan en brazos.
El niño lleva una corona de cartón, torcida y está mordiendo una de las puntas.
—¿Por qué tiene eso? —pregunto.
—Porque Zuli se la ha puesto.
—¿Y por qué la está mordiendo?
—Supongo que quiere comprobar si es comestible. —Observo al pequeño.
—Ethan, cariño, los reyes no se comen sus coronas.
Me mira, mastica y sonríe.
—Ñam.
Estupendo. Estamos a dos minutos de fundar una monarquía caníbal.
El conflicto termina con una solución diplomática. Zuli puede llevar el vestido, pero la corona se queda en casa. A cambio, Marta le hace un peinado con una pequeña trenza que, según nuestra joven aristócrata, resulta aceptable para una princesa de su categoría.
—¿Y si alguien me pregunta dónde está mi corona? —quiere saber.
—Diles que está en mantenimiento. —Frunce el ceño.
—¿Qué es mantenimiento?
—Cuando arreglan algo para que siga funcionando bien. —Pone cara de reflexión o algo parecido.
—¿Está rota?
—No.
—Entonces no necesita mantenimiento.
Maldita niña.
—Está descansando —rectifico.
Zuli asiente.
—Las coronas también se cansan.
—Muchísimo. —Anouk me observa por encima de su vaso de leche.
—Te estás inventando cosas.
—Bienvenida a la diplomacia, cariño.
Después de dejarlos en sus respectivos centros, regreso a casa con una sensación agradable.
La mañana es luminosa, el aire huele a mar. Y, por primera vez desde que llegamos a Tarragona, conozco el camino sin necesidad de consultar el navegador.
No parece un logro extraordinario, pero lo es. Porque durante años, mi vida se organizó alrededor de aeropuertos, hoteles y reuniones. Y ahora sé dónde comprar el pan, qué calle tiene menos tráfico a la hora de recoger a los niños y cuál es la cafetería donde preparan un café decente sin intentar convencerme de que necesito leche de avena, canela y una experiencia espiritual.
Empiezo a conocer mi ciudad, nuestra ciudad. Y eso me gusta.
Al entrar en casa, encuentro a Nilo sentado frente a la puerta del despacho. Inmóvil. Observándome.
—Buenos días, excelencia. —Maúlla.
—¿Qué ocurre? —Vuelve a maullar.
Abro la puerta y entra inmediatamente. Salta a su pequeña cama, situada junto al ventanal, da tres vueltas sobre sí mismo y se acuesta.
Lo observo y sonrío por la ternura que me hace sentir.
—¿Me estabas esperando para que te abriera? —Cierra los ojos como si me estuviera diciendo que sí mientras lo escucho ronronear.
—Tienes una puerta para gatos en el otro extremo de la casa, amor. —Ni se inmuta por lo que digo.
—Soy consciente de que tu personal de servicio no está a la altura de tus expectativas.
Ronronea más fuerte y sonrío mientras me siento frente al ordenador.
El informe de Atlas está prácticamente terminado.
Durante las últimas semanas hemos corregido los fallos más urgentes y comenzado a reorganizar las conexiones entre los sistemas.
Todavía queda muchísimo trabajo, pero el proyecto avanza y eso se nota.
Adrián me ha enviado los resultados de las pruebas de la noche anterior.
Los reviso y después los comparo con los datos iniciales.
Sonrío porque por fin hay una mejora real.
No una de esas cifras maquilladas que algunas empresas presentan en gráficos de colores para fingir que todo marcha estupendamente.
Esta es una mejora medible, documentada y repetible.
Abro el canal del equipo.
Buenos días. Las pruebas de anoche confirman que podemos avanzar con la siguiente fase. Buen trabajo. Necesito que mantengamos la misma metodología y que nadie introduzca cambios sin documentarlos.
La primera respuesta llega casi inmediatamente.
Entendido.
La segunda:
Por fin una buena noticia.
Y la tercera, de uno de los ingenieros:
¿Eso significa que Vanta está contento?
Sonrío de verdad porque aunque parezca curioso que mi identidad siga siendo un misterio incluso para las personas con las que trabajo diariamente. Para mí es bastante cómodo.
Respondo:
Significa que Vanta no tendrá que explicar por quinta vez por qué no se modifica un sistema en producción sin hacer pruebas.
Aparecen varios emoticonos de risa.
Uno de los técnicos escribe:
Entonces sí está contento.
Sacudo la cabeza porque no pienso corregir sus suposiciones, pero tampoco confirmarlas.
La privacidad es una ventaja que no estoy dispuesta a perder.
A media mañana recibo una llamada de Adrián.
📞Vanta, tenemos un problema.