Blair
El viernes amaneció con dos problemas.
El primero tenía que ver con una ejecución informática que nadie sabía explicar.
El segundo llevaba un pijama de dinosaurios y se negaba a desayunar porque su plátano estaba roto.
—No está roto, cariño. Lo he cortado.
Ethan Griffiths me observó con una expresión de profunda decepción.
—¡No!
—Pero si ayer te lo comiste así.
—¡NO!
Marta apareció con una tostada.
—Prueba con esto.
El pequeño miró la tostada, después el plátano, luego a mí y señaló la fruta.
—¡Eto!
—¿Quieres el plátano?
—¡Sí!
—¿El mismo que acabas de rechazar?
—¡Sí!
Le acerqué el plato, cogió un trozo, se lo metió en la boca y sonrió.
Me quedé mirándolo.
—Estás negociando conmigo, ¿verdad?
Marta se rio.
—Tiene dos años, Blair.
—Y un talento preocupante para conseguir lo que quiere.
Desde la mesa, Millie levantó la cabeza.
—Yo quiero un plátano entero.
—Tú ya tienes uno.
—Pero el mío está torcido.
Miré a Marta.
—Necesito un abogado especializado en fruta.
A las nueve tenía los registros de Atlas abiertos en tres pantallas.
La segunda ejecución se había producido después de que ordenáramos suspender las intervenciones sobre el entorno afectado.
Eso ya lo sabía. Lo que necesitaba averiguar era si alguien había desobedecido la instrucción o si existía un proceso automático que seguía funcionando sin control.
Ambas posibilidades eran graves, pero exigían respuestas diferentes.
Adrián Salvat apareció en la reunión puntual.
—Buenos días, Vanta.
—¿Habéis preservado las evidencias?
—Sí. Seguridad ha generado copias verificadas de los registros y ha aislado el proceso.
—Bien. ¿Quién tiene permisos para reactivarlo?
—En teoría, únicamente dos administradores.
—¿En teoría? —Suspiró.
—Estamos revisando las cuentas heredadas de una migración anterior. —Me quedé mirando la pantalla.
—Adrián, necesito que eliminemos esa expresión de nuestro vocabulario.
—¿Cuál?
—«En teoría».
Escuché una risa breve al otro lado de la conexión.
—Entendido.
Revisamos los eventos uno por uno.
La ejecución no había llegado a modificar los tres módulos afectados. El sistema había detenido la operación antes de completar la escritura.
Aquello era una buena noticia. La mala era que la orden procedía de un componente que, según la documentación, ya no debía estar activo.
Un componente antiguo, conservado durante una migración y vinculado a una cuenta de servicio que supuestamente había sido deshabilitada.
No era una prueba de sabotaje, pero sí una muestra bastante preocupante de falta de control.
—Quiero reproducir la secuencia en un entorno aislado —dije—. Si conseguimos demostrar que el componente antiguo está desencadenando las modificaciones, podremos corregir el origen del fallo.
—¿Cuánto tiempo necesitamos?
—Dependerá de lo que encontremos.
—La dirección está presionando para recuperar el calendario.
—La dirección puede presionar todo lo que quiera. Los módulos no van a empezar a funcionar por sentirse intimidados. —Adrián soltó una carcajada.
—Transmitiré el mensaje con algo más de diplomacia.
—Te lo agradecería.
Nos pusimos de acuerdo sobre las pruebas y las responsabilidades. Antes de terminar, Adrián volvió a hablar.
—Hay algo más. —Esperé cogiéndome el puente de la nariz.
—Uno de los responsables de integración sostiene que no debemos revisar las configuraciones anteriores porque quedan fuera del alcance inicial de tu contrato.
Aquello sí consiguió irritarme.
—¿Quién lo ha dicho?
—Prefiero no dar nombres hasta hablar con él.
—No necesito su nombre para responderte. El alcance inicial era revisar la compatibilidad de los módulos. Si un componente antiguo está alterando esa compatibilidad, forma parte del problema que debemos resolver.
—Eso mismo he dicho.
—Entonces estamos de acuerdo.
—Sí. Pero quizá tengamos que ampliar formalmente el alcance.
—Perfecto. Documenta la necesidad y tramitamos la autorización correspondiente. No pienso acceder a sistemas fuera de mis permisos ni trabajar con una justificación verbal.
—De acuerdo.
Cerramos la reunión y me recliné en la silla.
Por fin teníamos una explicación técnica plausible.
Ahora faltaba demostrarla y averiguar por qué aquel componente seguía existiendo sin que nadie pareciera saberlo.
A las once y media llegué al despacho de Javier Roca.
Me recibió con una carpeta considerablemente más gruesa de lo que me habría gustado.
—Antes de que preguntes —dijo—, no hay ninguna amenaza para la tutela.
Me senté.
—Empiezas a conocerme.
—Bastante. —Dejó la carpeta frente a mí.
—Estamos terminando de ordenar la documentación patrimonial de Billie y Aiden y la parte correspondiente a los niños.
Sentí la habitual presión en el pecho al escuchar sus nombres.
Todavía había días en que me sorprendía pensando que debía llamar a mi hermana para contarle alguna tontería. Después recordaba que no podía.
Javier esperó a que abriera la carpeta.
—Hay dos cuestiones —continuó—. La primera es administrativa. Necesitamos actualizar algunos datos y completar unas firmas para que determinados bienes y cuentas queden correctamente identificados en el expediente.
Asentí.
—Eso parece sencillo.
—Lo es. La segunda requiere que tomes una decisión. —Levanté la vista.
—Te escucho.
—La casa de Madrid.
Miré los documentos.
La casa de Billie y Aiden.
El lugar donde habían vivido con los niños. Donde estaban sus juguetes, sus fotografías y buena parte de una vida que había terminado demasiado pronto.
—¿Qué pasa con ella?