Blair
Hay hombres que creen que conquistar a una mujer consiste en regalarle flores, reservar una mesa en un restaurante caro y decirle lo preciosa que está.
Ethan Blackwell, por lo visto, ha decidido utilizar una estrategia mucho más peligrosa.
Hacerme reír. Y lo peor es que está funcionando.
Descubro esto un martes por la mañana, cuando recibo una fotografía de una caja perfectamente envuelta en papel rosa.
Debajo aparece un mensaje.
Necesito tu aprobación antes de cometer un error diplomático.
Amplío la imagen. El paquete tiene un lazo enorme, una tarjeta y algo que parece un pequeño peluche asomando por un lateral.
¿Qué has comprado ahora?
El regalo para la niña del cumpleaños.
Frunzo el ceño.
¿No habías comprado ya los materiales de dibujo y el libro?
Sí.
Entonces, ¿qué es eso?
Un complemento.
Blackwell.
Northcliff.
¿Cuánto mide el complemento?
Depende de si contamos las orejas.
Cierro los ojos.
Dime que no has comprado un animal de tamaño natural.
No exactamente.
Me incorporo.
ETHAN.
La respuesta llega acompañada de una fotografía.
Un conejo de peluche... Enorme. Con orejas que probablemente necesitan permiso de construcción.
Suelto una carcajada.
¿Qué parte de «no compres algo gigantesco» no entendiste?
La parte en la que parecía una sugerencia.
Eso no es un complemento. Es un inquilino.
No paga alquiler.
Y ocupa más espacio que algunos apartamentos de Londres.
Pero tiene una expresión adorable.
Amplío la fotografía.
Maldita sea... La tiene.
La madre de esa niña va a odiarte.
Entonces necesito un plan alternativo.
Devuelve el conejo.
¿Y abandonarlo?
No dramatices.
Ya le he puesto nombre.
Me quedo mirando la pantalla.
¿Qué nombre?
Sir Wellington.
Me echo a reír tan fuerte que Marta aparece en la puerta de la cocina.
—¿Qué ocurre?
Le enseño la fotografía, la observa y parpadea con confusión.
—¿Eso es un conejo?
—Aparentemente.
—¿Por qué es tan grande?
—Porque Ethan Blackwell considera que la moderación es un defecto de carácter.
Marta sonríe.
—Es bonito.
La miro.
—No lo animes.
—A los niños les encantaría.
—Precisamente por eso no pienso permitir que ese hombre descubra dónde venden semejantes monstruos.
Mi teléfono vibra.
He decidido quedármelo.
¿Al conejo?
No puedo devolver a Sir Wellington después de todo lo que hemos vivido juntos.
¿Cuánto tiempo lleváis juntos?
Veintisiete minutos.
Me apoyo contra la encimera porque no puedo parar de reír.
—Te gusta mucho —comenta Marta.
La señalo con el dedo.
—Ni una palabra.
—No he dicho nada.
—Tu sonrisa está haciendo declaraciones públicas.
A las nueve tengo una reunión con el equipo de Atlas.
El proyecto avanza según lo previsto, pero hemos llegado a una fase que requiere algo más que corregir errores.
Ahora toca reorganizar. Y reorganizar sistemas desarrollados por diferentes departamentos es una actividad que suele despertar emociones intensas. Especialmente cuando alguien descubre que una solución que lleva defendiendo durante años necesita ser sustituida.
—No podemos eliminar ese módulo —afirma uno de los responsables.
Observo el diagrama.
—No he propuesto eliminarlo.
—Has dicho que debemos reemplazar su función.
—Exactamente.
—Es prácticamente lo mismo.
—No. El módulo puede seguir existiendo mientras migramos sus funciones. Después evaluaremos qué componentes conservamos.
—Llevamos seis años trabajando con esa arquitectura.
—Lo sé.
—Y ha funcionado.
Miro las incidencias acumuladas.
—También funcionaban los teléfonos con disco. Eso no significa que debamos instalarlos en todas las oficinas.
Alguien se ríe. El responsable no.
—El cambio supone riesgos.
—Por supuesto. Por eso vamos a hacerlo por fases, con pruebas y posibilidad de reversión.
Comparto el plan, explico las dependencias, los puntos de control, los criterios de aceptación... Y, poco a poco, las objeciones empiezan a convertirse en preguntas técnicas.
Eso sí me gusta. Las preguntas, no las excusas.
Al terminar, Adrián solicita unos minutos a solas.
—Vanta, tengo que reconocer algo.
—Espero que no sea un delito.
Se ríe.
—Pensé que tendríamos más resistencia del equipo.
—La tenemos.
—Pero estás consiguiendo que colaboren.
—Porque no les estoy pidiendo que renuncien a su trabajo. Les estoy explicando cómo mejorarlo.
Adrián asiente.
—El propietario está encantado con los avances.
—Me alegro.
—Quiere que le preparemos un resumen mensual.
—Perfecto. Tienes todos los informes.
—Y ha preguntado si estarías dispuesto a participar en alguna reunión ejecutiva.
Sonrío.
—¿Otra vez?
—Tenía que preguntar.