Blair
El jueves, a las ocho y diecisiete de la mañana, descubrí que alguien había intentado acceder a los registros originales del Proyecto Atlas.
No habría sido especialmente preocupante si el acceso hubiera procedido de una cuenta autorizada.
Pero no era el caso.
Y tampoco me gustaba que el intento se hubiera producido durante la madrugada, apenas unas horas después de que solicitara preservar aquellos archivos.
Observé la pantalla.
—Vaya, vaya.
—¿Qué pasa, tía Blair? —Levanté la vista.
Anouk estaba en la puerta del despacho, con la mochila del colegio colgada de un hombro.
—Nada que deba preocuparte, cariño. —Se acercó.
—Cuando dices «vaya, vaya» es porque alguien ha hecho algo malo. —Parpadeé.
—¿Desde cuándo sabes eso?
—Desde siempre.
Estupendo.
Mi sobrina de seis años estaba desarrollando unas capacidades de observación que empezaban a resultar incómodas.
—Alguien ha hecho algo que no debía en el trabajo —admití—. Tengo que averiguar qué ha pasado.
Anouk asintió con gravedad.
—Pues dile que no lo haga más.
—Ojalá fuera tan sencillo.
—Puedes ponerle una consecuencia. —La miré.
—¿Una consecuencia?
—Sí. Cuando Millie pinta las paredes, Marta le hace ayudar a limpiarlas.
Me quedé pensativa.
—¿Y qué consecuencia le pondrías a alguien que toca cosas que no debe?
—Que las arregle.
Sonreí.
—Me parece una idea excelente. —Anouk se inclinó para besarme la mejilla.
—Tengo que irme. Hoy tenemos música.
—Que lo pases bien. —Se detuvo en la puerta.
—Y no te enfades mucho.
—Lo intentaré.
Cuando se marchó, volví a mirar la pantalla.
No estaba enfadada. Todavía.
Pero alguien acababa de convertir un problema técnico en uno de seguridad. Y eso cambiaba bastante las cosas.
A las nueve convoqué una reunión extraordinaria con Adrián Salvat.
Aceptó inmediatamente.
—Buenos días, Vanta.
—Necesito que confirmes si el equipo de seguridad ha autorizado alguna intervención sobre los registros originales durante esta madrugada.
Hubo un silencio.
—No que yo sepa.
—Entonces tenemos un problema.
Le envié la referencia del evento.
—A las dos y cuarenta y tres se intentó acceder al repositorio de auditoría utilizando una credencial que no figura entre las autorizadas para este proyecto.
—¿Se modificó algo?
—No puedo confirmarlo todavía. El intento que he detectado fue rechazado, pero necesito revisar el historial completo para descartar otros accesos.
—¿Podría ser una comprobación automática?
—Podría. Por eso quiero que lo verifiquéis antes de sacar conclusiones.
Escuché cómo Adrián soltaba el aire.
—Esto se está complicando.
—Se complicó cuando alguien modificó tres módulos sin documentarlo correctamente. Ahora estamos averiguando hasta qué punto.
—¿Crees que tenemos a alguien intentando ocultar algo?
Me recliné en la silla.
—Creo que necesitamos hechos, Adrián. Las sospechas son útiles para decidir qué investigar, no para señalar culpables.
—De acuerdo.
—Quiero que el equipo de seguridad conserve una copia verificable de los registros y limite temporalmente los permisos de modificación. Y que nadie intente corregir los módulos afectados antes de terminar la revisión.
—Eso puede provocar problemas internos.
—Mucho menos graves que descubrir dentro de un mes que hemos perdido la trazabilidad de una actualización.
Adrián guardó silencio y después respondió:
—Lo autorizaré.
—Perfecto.
—Vanta…
—¿Sí?
—Si encontramos algo serio, tendré que informar a la dirección del grupo.
—Es lo que corresponde.
No pregunté quién formaba parte de aquella dirección porque no era asunto mío.
Mi responsabilidad consistía en identificar el problema, documentarlo y proponer una solución.
Y, si alguien había cometido una irregularidad, asegurarme de que los hechos no desaparecieran debajo de una montaña de excusas.
A las once y media recibí una llamada de Javier Roca.
Aquello sí consiguió ponerme nerviosa.
Javier no tenía la costumbre de llamar para preguntar cómo iba mi jardín.
📞Dime que no pasa nada grave —contesté.
📞Buenos días a ti también, Blair.
📞Javier.
📞No es una emergencia.
Me acomodé en la silla.
📞Eso es lo que dicen los abogados antes de arruinarte la mañana.
Se rio.
📞Quería comentarte un asunto relacionado con los niños.
Mi sonrisa desapareció.
📞Te escucho.
📞Estamos terminando de revisar algunos documentos pendientes de la herencia y la tutela. Hay una cuestión administrativa que requiere tu firma y otra sobre la que me gustaría hablar contigo personalmente.
📞¿Qué cuestión?
📞Prefiero explicártela con los papeles delante. No es una amenaza para la tutela, así que puedes estar tranquila.
Aquello me alivió, pero solo un poco.
📞Javier, cuando dices que no es una amenaza para la tutela, mi cerebro empieza a imaginar unas veinte posibilidades desagradables.
📞Precisamente por eso te estoy aclarando que no lo es.
📞¿Y no puedes explicármelo ahora?
📞Puedo adelantarte que hay documentación patrimonial que debemos ordenar y una decisión que te corresponde tomar como representante de los menores. Nada que debas resolver hoy.
Miré la agenda.
📞Mañana por la mañana.
📞Perfecto. Te envío la documentación para que puedas revisarla antes.
Colgué y me quedé mirando el teléfono.
Una parte de mí seguía reaccionando de la misma manera cada vez que aparecía algún asunto relacionado con la muerte de Billie y Aiden.
Primero, el miedo. Después, la necesidad de controlarlo todo. Y finalmente, cuando descubría que no podía, unas ganas bastante poco elegantes de gritar.