Madre a la fuerza

Capítulo 23 — Los errores no aparecen solos

Blair

El lunes empezó con un calcetín dentro de la cafetera.

No sé cómo llegó allí y tampoco quise investigar demasiado.

Había descubierto que convivir con cuatro niños pequeños implicaba aceptar que determinados misterios jamás serían resueltos. Como la desaparición de los mandos a distancia, la proliferación de migas en lugares inaccesibles y la capacidad de Millie para aparecer detrás de mí cada vez que pronunciaba una palabra que no debía repetir.

—¿Quién ha puesto esto aquí? —Sostuve el calcetín entre dos dedos.

Marta, que estaba cortando fruta junto a la encimera, levantó la vista.

—¿Dónde lo has encontrado?

—En la cafetera. —Lo examinó con una tranquilidad admirable.

—Es de Ethan.

—Eso reduce considerablemente la lista de sospechosos.

—Quizá estaba jugando.

—¿A qué? ¿A preparar un expreso con aroma a pie? —Marta soltó una carcajada.

Había regresado el domingo por la tarde después de pasar el fin de semana con su familia. La casa había recuperado cierta apariencia de organización, aunque sospechaba que se trataba de un fenómeno temporal.

Desde el pasillo llegó un grito.

—¡¡TÍA BLAIR!! —Cerré los ojos.

—¿Qué?

—¡¡ZULI DICE QUE MI UNICORNIO ESTÁ MUERTO!! —Miré a Marta.

—Retiro lo dicho. Prefiero investigar el calcetín.

Encontré a Millie en el salón, arrodillada junto a un unicornio de peluche que había sufrido una pérdida considerable de relleno.

Zuli estaba sentada a su lado con unas tijeras infantiles en la mano y presentí que aquello no presagiaba nada bueno.

—¿Qué ha pasado?

—Lo estaba operando —explicó Zuli.

—¿Operando?

—Tenía mal la barriga. —Millie me miró con los ojos llenos de lágrimas.

—¡Y ahora se le salen las tripas! —Observé el peluche.

Efectivamente se le salen las tripas, pensé con resignación.

—Bueno —dije con toda la serenidad que pude reunir—. Creo que todavía podemos salvarlo.

—¿De verdad?

—Por supuesto. Pero la doctora Zuli tendrá que entregar el instrumental quirúrgico. —Zuli me tendió las tijeras.

—¿Se va a morir?

—No si conseguimos una aguja y un poco de hilo. —Millie abrazó al unicornio.

—No quiero que lo operes tú. —Parpadeé.

—¿Perdona?

—Marta sabe coser mejor.

Desde la cocina llegó una carcajada.

Estupendo.

Mi autoridad doméstica acababa de sufrir otra derrota.

A las nueve y cuarto conseguí sentarme frente al ordenador.

Anouk estaba en el colegio. Zuli y Millie, en sus respectivas actividades de la mañana. El pequeño Ethan permanecía con Marta, que había decidido enseñarle a ordenar sus coches por colores porque hoy no tenía guardería.

Una iniciativa optimista.

Abrí el correo y el mensaje del Proyecto Atlas seguía allí.

Revisión urgente de integración. Incidencias detectadas en las pruebas de compatibilidad.

Lo había leído el sábado por la noche, después de acostar a los niños, pero me había negado a dedicarle el resto del fin de semana.

Aquello no significaba que lo hubiera olvidado.

De hecho, había pensado en él varias veces. Y ninguna de las conclusiones me gustaba.

Accedí al entorno de trabajo a través de mi conexión segura.

El contrato era claro: cuatro meses de consultoría externa, acceso limitado a los sistemas necesarios y confidencialidad absoluta respecto a mi identidad.

Para el equipo del proyecto yo era Vanta. Nada más.

Un especialista que trabajaba a distancia, no encendía la cámara y no participaba en conversaciones que no fueran estrictamente profesionales.

La mayoría de mis clientes aceptaban aquellas condiciones sin demasiadas preguntas. Los que no, podían contratar a otra persona.

Abrí el informe de incidencias.

Tres módulos. ¡Tres! Lo extraño era que todos habían superado las pruebas anteriores.

Ahora fallaban después de una actualización que, según la documentación, no debía afectar a ninguno de ellos.

—Qué interesante —murmuré.

En mi experiencia, aquella expresión nunca anunciaba nada bueno.

Revisé los resultados de las pruebas. Después los registros de integración. Y finalmente el historial de cambios.

Tardé menos de veinte minutos en encontrar la primera anomalía.

Una modificación en la secuencia de validación. No estaba incluida en la solicitud original y tampoco figuraba en el resumen de cambios aprobado. Sin embargo, alguien la había incorporado a la última versión.

Me recliné en la silla, porque... Un error aislado podía ser un descuido. Tres errores relacionados, aparecidos después de una modificación no documentada, merecían una explicación bastante mejor.

Abrí el canal seguro del proyecto.

Vanta: Necesito el registro completo de cambios de la última actualización, las autorizaciones correspondientes y los resultados originales de las pruebas de compatibilidad.

La respuesta de Adrián Salvat llegó pocos minutos después.

Adrián: Buenos días. ¿Has podido identificar el problema?

Vanta: He identificado una modificación que no figura en la documentación aprobada.

Adrián: ¿Podría tratarse de un ajuste de última hora?

Vanta: Podría. Por eso estoy solicitando la autorización.

Pasaron varios segundos.

Adrián: Te envío lo que tenemos.

Vanta: Necesito lo que existe, no solamente lo que tenéis recopilado.

Esta vez tardó un poco más.

Adrián: Entendido.

Sonreí sin humor.

Había trabajado con suficientes equipos de desarrollo para saber que los problemas técnicos rara vez eran el verdadero problema.

El verdadero problema solía aparecer cuando alguien decidía que documentar sus decisiones era una pérdida de tiempo. O cuando prefería que determinadas decisiones no quedaran documentadas.




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