Madre a la fuerza

Capítulo 20 — Efectos secundarios de una buena cita

Blair

Hay tres cosas que una mujer adulta, independiente y razonablemente inteligente debería poder hacer sin dificultades.

Primera: elegir su propia ropa.

Segunda: regresar de una cena sin analizar cada palabra pronunciada.

Tercera: evitar sonreír como una idiota mientras se cepilla los dientes.

He fracasado en las tres. Y lo peor es que no puedo culpar al vino porque solo bebí una copa.

¡Una! Que era perfectamente compatible con mis facultades mentales.

El problema tiene nombre y apellido: Ethan Blackwell.

Un hombre que, aparentemente, ha decidido arruinar mi reputación de mujer sensata utilizando sonrisas, conversaciones agradables y una capacidad irritante para comportarse como un caballero.

¡Es un auténtico desconsiderado!, grito en mi mente.

—Miau.

Miro a Nilo, que está sentado sobre la alfombrilla del baño.

—No empieces.

Maúlla otra vez.

—No pienso darte explicaciones sobre mi vida sentimental.

Se lame una pata.

—Y tampoco tengo una vida sentimental.

Me observa.

—He salido a cenar. Eso es todo. —Bosteza.

Maldito gato.

Hasta él parece juzgarme...

A la mañana siguiente, descubro que los interrogatorios infantiles deberían estar regulados por algún organismo internacional.

—¿Te dio un beso? —Me atraganto con el café.

Anouk me observa desde el otro lado de la mesa.

Tiene seis años, ¡seis! Y una curiosidad que amenaza con acabar con mi estabilidad emocional.

—Buenos días a ti también, cariño.

—Buenos días. ¿Te dio un beso?

Marta se vuelve hacia el fregadero demasiado deprisa.

Será traidora.

—¿Por qué quieres saberlo?

—Porque fuiste a una cita. —La miro levantando una ceja.

—Fui a cenar.

—Con Ethan.

—Sí.

—Entonces fue una cita.

Abro la boca y la cierro porque creo que necesito consultar con un abogado.

—¿Quién te ha enseñado esas cosas? —pregunro horrorizada.

—Lucía.

Por supuesto, la famosa Lucía. La niña de la mochila extraordinaria.

Empiezo a sospechar que su compartimento secreto contiene manuales de interrogatorio.

—Bueno, pues dile a Lucía que… —Me detengo. No, no voy a discutir mi vida sentimental con una niña de seis años a través de otra niña de seis años. Tengo límites, aunque últimamente parecen bastante flexibles.

—Anouk, hay conversaciones que pertenecen a los adultos.

Ella reflexiona achicando los ojos y mirando hacia arriba.

—Entonces sí te dio un beso.

—¡No he dicho eso!

Zuli levanta la cabeza y pregunta:

—¿Quién besó a quién?

Magnífico. Ahora tenemos público.

—Nadie besó a nadie —respondo.

Lo cual, técnicamente, es cierto.

Anouk me observa con una decepción que considero ofensiva.

—Pues qué cita más aburrida.

Marta suelta una carcajada y la miro con una ceja alzada.

—Estás despedida.

—Ya no me impresiona esa amenaza.

Maldita mujer.

La situación empeora cuando Millie decide participar.

—¿Ethan es un príncipe?

—No, cariño. —Zuli frunce el ceño.

—¿Tiene castillo?

—Tampoco.

—Entonces no sirve. —Me llevo una mano al pecho.

—Qué evaluación tan contundente.

Anouk interviene:

—Pero es rico, hermanas. —Me quedo inmóvil.

—¿Y tú cómo sabes eso?

—Porque compró tu empresa.

Marta deja de reírse y yo contemplo a mi sobrina como si tuviera dos cabezas.

—Anouk, comprar una empresa no significa necesariamente… —Me detengo porque no voy a impartir una clase de economía empresarial durante el desayuno—. Olvídalo.

Zuli golpea la mesa con una cucharita.

—¡Yo quiero un príncipe con castillo!

—Pues tendrás que esperar unos cuantos años —respondo.

—¿Cuántos?

—Muchísimos.

—¿Diez?

—Más.

—¡VEINTE!

—Me parece un plazo excelente.

Anouk sonríe.

—Yo no quiero un príncipe.

—Una decisión muy sensata.

—Quiero ser veterinaria.

—Todavía mejor.

—Y tener muchos gatos.

Miro a Nilo que está sentado junto a su plato, esperando el desayuno.

—Empieza por uno que no intente meterse en los electrodomésticos.

El pequeño Ethan levanta su coche.

—¡Brrrum!

—Exactamente, campeón. Tú sigue con los vehículos. —Al menos uno de nosotros tiene prioridades claras.

Cuando consigo llevar a los niños al colegio y regresar a casa, encuentro tres mensajes en el teléfono.

Dos son de trabajo, uno es de Ethan.

Adivinad cuál abro primero...

Patético.

Buenos días, Northcliff. Espero que hayas descansado.

Sonrío.

Buenos días, Blackwell. He sobrevivido a un interrogatorio de cuatro menores. Estoy considerando solicitar protección diplomática.

La respuesta llega enseguida.

¿Tan grave ha sido?

Me han preguntado si me besaste, si eres príncipe y si tienes castillo.

Tarda unos segundos.

¿Y qué has respondido?

Que no tienes castillo.

Qué decepción.

Zuli considera que eso te descalifica automáticamente.

Entonces tendré que trabajar en mi patrimonio inmobiliario.

Me río.

No se te ocurra comprar un castillo.

¿Ni uno pequeño?

Ethan.

Blair.

No.

Entendido.

Guardo el teléfono y sigo sonriendo.

Marta aparece en la puerta.

—¿Era él?

La miro poniendo los ojos en blanco.

—¿No tienes nada que hacer?




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