Madre a la fuerza

Capítulo 19 — Una cita con el enemigo

Blair

He sobrevivido a una mudanza internacional, cuatro procesos de adaptación escolar y una negociación con una niña de cuatro años que exigía ser reconocida como princesa soberana.

También he vendido una empresa multimillonaria sin perder la paciencia... Bueno, casi. Y, sin embargo, llevo diez minutos mirando dos vestidos como si mi futuro dependiera de elegir el correcto.

Patético. Absolutamente patético.

—El azul. —Me vuelvo.

Marta está apoyada en el marco de la puerta.

—No he pedido tu opinión.

—Lo sé.

—Ni siquiera sabes adónde voy.

—A cenar con Ethan Blackwell. —La miro.

—¿Has considerado dedicarte al espionaje?

—No. Prefiero este trabajo. Aquí tengo más información confidencial.

Sostengo ambos vestidos. Uno negro, sencillo, elegante, y otro azul oscuro, de corte favorecedor y con un escote discreto.

—No quiero parecer que me he esforzado demasiado. —Marta arquea una ceja.

—Llevas veinte minutos comparándolos.

—Estoy realizando un análisis de vestuario.

—Por supuesto.

—Hay una diferencia.

—Enorme. —Suspiro.

—El negro es más práctico.

—El azul te queda mejor.

—El negro combina con todo.

—El azul también.

—El negro…

—Blair. —La miro.

—¿Qué?

—Ponte el azul. —Observo el vestido y después, a Marta.

—Eres insoportablemente autoritaria.

—He aprendido de la mejor.

Maldita mujer.

La logística de una cita romántica con cuatro niños merece un estudio universitario.

Primero hay que organizar la cena, después, los baños, los pijamas, los cuentos, y un sistema de comunicación que permita atender cualquier emergencia sin convertir la velada en una operación militar.

Marta se ha encargado de todo y yo he revisado el plan tres veces.

—¿Y si alguno se pone enfermo?

—Te llamo.

—¿Y si hay un problema con la casa?

—Te llamo.

—¿Y si Nilo…?

—Blair. —La miro.

—¿Sí?

—Vete a cenar.

—Solo estoy siendo previsora.

—Estás buscando excusas.

Abro la boca y la cierro. Qué desagradable resulta convivir con alguien que te conoce tan bien.

Anouk aparece mientras termino de arreglarme. Lleva un pijama de estrellas y una expresión de curiosidad absoluta.

—Estás guapa. —Sonrío.

—Gracias, cariño.

—¿Vas a trabajar?

—No.

—¿A una fiesta?

—Tampoco.

—¿Entonces? —Me vuelvo hacia el espejo.

—Voy a cenar.

—¿Con quién?

—Con un amigo. —Entrecierra los ojos.

—¿El de la pizza?

Maldita sea.

—Sí. —Su sonrisa se ensancha.

—¡LO SABÍA!

—No grites.

—¿Es tu novio?

—No.

—¿Quieres que lo sea? —Me quedo inmóvil.

¿Lo quiero?, empiezo a hiperventilar.

—Anouk.

—¿Qué?

—¿No tienes deberes?

—Ya los hice.

—¿Un libro que leer?

—Ya leí.

—¿Una habitación que ordenar?

—Está ordenada.

Esta niña es peligrosamente eficiente.

—Entonces ve a jugar.

Se acerca, me abraza y murmura:

—Espero que te haga reír. —La estrecho contra mí.

—Yo también, cariño.

Salgo de Tarragona con tiempo suficiente para llegar a Barcelona sin prisas.

He decidido conducir. No porque Ethan no haya ofrecido facilitarme el transporte, sino porque me gusta tener mi coche y decidir cuándo regresar.

La independencia no es negociable, ni siquiera por una cena.

Durante el trayecto escucho música, pienso en los niños, en Atlas, en el informe que debo entregar al día siguiente y, de vez en cuando, en el hombre que me espera.

Ethan Blackwell. El empresario que durante años intentó comprar Lumis, el hombre que finalmente lo consiguió y el mismo que ahora me envía fotografías de pizzas deformes y conejos gigantes.

Si alguien me hubiera contado esta historia hace seis meses, habría recomendado una evaluación psicológica.

El restaurante está en una calle tranquila, lejos de las zonas más concurridas. No tiene una entrada ostentosa ni un ejército de empleados esperando para abrir puertas. Solo una fachada discreta, luz cálida y varias mesas visibles a través de los ventanales.

Me gusta.

Aparco en un estacionamiento cercano, compruebo el teléfono y veo un mensaje de Marta.

Todo bien. Los niños están terminando de cenar. Nilo ha robado mi sitio en el sofá.

Sonrío.

Dile que no pienso pagarle horas extras.

Guardo el móvil, respiro y entro.

Ethan está de pie junto a una mesa. Lleva un traje oscuro sin corbata. La camisa abierta en el cuello y esa expresión tranquila de quien parece sentirse cómodo en cualquier lugar.

Cuando me ve, sonríe. No es una sonrisa de cortesía, es una de verdad. Y eso, maldita sea, debería estar prohibido.

—Northcliff.

—Blackwell.

Se acerca y me observa apenas un segundo más de lo necesario.

—Estás preciosa. —Levanto una ceja.

—Empezamos mal. —Su sonrisa se ensancha.

—¿Por qué?

—Porque todavía no he decidido si voy a permitirte utilizar cumplidos.

—Entonces tendré que presentar una solicitud formal.

—Por escrito.

—¿Con cuántas copias?

—Tres. Y una justificación convincente.

Se ríe.

—Me alegra verte, Blair.

Lo miro. Y, por una vez, no encuentro una respuesta sarcástica.

—A mí también, Ethan.

La cena comienza sorprendentemente bien. Ethan ha elegido un restaurante mediterráneo con una carta sencilla y platos que no necesitan un intérprete para comprenderse.

—Estoy impresionada —admito mientras reviso el menú.

—¿Por qué?

—No hay espuma de remolacha emocional.

Se ríe.

—He seguido tus instrucciones.

—Eso demuestra capacidad de aprendizaje.

—Intento mejorar.

Pedimos.




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