Madre a la fuerza

Capítulo 22 — Lo que nunca me atreví a decir

Ethan

Tenía un conejo de peluche ocupando la mitad del sofá, una hoja seca guardada entre las páginas de un libro y una fotografía que llevaba mirando más tiempo del que estaba dispuesto a reconocer.

Si alguien de mi equipo directivo hubiera entrado en aquel momento, probablemente habría solicitado una evaluación psicológica.

Amplié la imagen en la pantalla del móvil.

Blair aparecía riéndose mientras Millie intentaba explicarle algo con una seriedad impropia de sus tres años. Zuli se había empeñado en salir con dos dedos levantados detrás de mi cabeza. Anouk miraba a la cámara con expresión de estar evaluando si merecía la pena conservar aquella fotografía para la posteridad. Y el pequeño Ethan estaba concentrado en una patata frita.

Mi patata frita.

Aquel niño había descubierto una manera de conseguir lo que quería sin pronunciar más de tres palabras. Tenía un futuro prometedor en los negocios.

Sonreí.

Había pasado buena parte de mi vida convenciendo a personas de que aceptaran propuestas que, al principio, consideraban imposibles.

Con Blair Northcliff, sin embargo, llevaba siete años escuchando la misma respuesta: «No». A veces acompañada de una sonrisa. Otras, de una explicación de veinte minutos sobre por qué mi propuesta era absurda. Y, en ocasiones, de una recomendación bastante poco educada acerca de dónde podía guardármela.

Lo extraordinario era que, en algún momento, había dejado de importarme tanto su respuesta.

La primera vez que conocí a Blair pensé que era una mujer insoportable.

Brillante, desde luego. Pero insoportable.

Yo había acudido a aquella reunión convencido de que podríamos alcanzar un acuerdo beneficioso para ambas compañías. Ella escuchó mi exposición sin interrumpirme, revisó los documentos y, cuando terminé, cerró la carpeta.

—No. —La miré.

—¿No?

—Es una palabra bastante sencilla, Blackwell.

—Ni siquiera has estudiado todas las condiciones.

—Las he estudiado.

—Acabo de entregártelas.

—Me las enviaron ayer.

Recuerdo que me acomodé en la silla.

—Entonces podemos hablar de cifras.

—Podemos. Pero sería una pérdida de tiempo.

Aquello debería haberme irritado. De hecho, me irritó.

Lo que no esperaba era descubrir que disfrutaba discutiendo con ella.

Blair defendía sus decisiones con argumentos sólidos, conocía su empresa hasta el último detalle y no se dejaba impresionar por mi apellido ni por el tamaño de mi compañía.

Cuando se levantó para marcharse, yo todavía estaba intentando encontrar una grieta en su razonamiento.

—Volveremos a hablar, Northcliff.

Ella recogió su bolso.

—Seguro. Pero te recomiendo que busques otro tema de conversación.

No sabía entonces cuántas veces iba a recordar aquella frase. Ni por qué, al verla salir, me quedé sonriendo como un idiota.

Durante los primeros años fuimos rivales.

Competimos por contratos en media Europa y desarrollamos una habilidad extraordinaria para sacarnos de quicio.

Blair celebraba sus victorias con una satisfacción que jamás se molestaba en disimular. Yo procuraba devolverle el favor.

Llevábamos incluso una cuenta.

Dos a uno.

Dos a dos.

Tres a dos.

Dejamos de hacerlo cuando descubrimos que ninguno aceptaba los criterios del otro para determinar qué constituía una victoria.

—Eso no cuenta —me dijo una vez, después de que Blackwell's consiguiera un contrato en Ámsterdam.

—¿Por qué?

—Porque nosotros nos retiramos.

—Precisamente por eso ganamos.

—Ganaste una carrera en la que tu único competidor decidió irse a casa.

—Una victoria sigue siendo una victoria.

—Eres insufrible.

—Y tú una pésima perdedora.

Me dedicó una sonrisa que debería haber interpretado como una amenaza.

Durante bastante tiempo, aquello fue todo. Hasta que un cliente tuvo la desafortunada idea de obligarnos a colaborar.

Al principio pensé que sería un desastre.

Blair cuestionaba mis decisiones, yo discutía las suyas y ambos teníamos la costumbre de querer llevar la razón.

Pero ocurrió algo que ninguno esperaba.

Funcionábamos demasiado bien juntos.

Ella encontraba soluciones donde mi equipo veía obstáculos. Yo conseguía transformar algunas de sus ideas más ambiciosas en estrategias viables.

Discutíamos durante horas y después presentábamos propuestas tan coordinadas que cualquiera habría pensado que llevábamos años trabajando en la misma empresa.

Recuerdo especialmente una noche en Bruselas.

Habíamos pasado catorce horas intentando resolver un problema que amenazaba con retrasar todo el proyecto. El cliente estaba nervioso, nuestros equipos agotados y Blair llevaba dos cafés de más.

A las diez y media encontramos la solución. Bueno, ella encontró una parte y yo la otra.

—Es ridículo —murmuró, observando los resultados en la pantalla.

—¿El qué?

—Que hayamos tardado tanto.

—Podrías darme las gracias.

—¿Por hacer tu trabajo?

—Por hacerlo extraordinariamente bien.

Me miró por encima del portátil.

—Tienes un problema serio con tu ego.

—Y tú con reconocer el talento ajeno.

Se echó a reír.

No fue una carcajada especialmente sonora. Apenas unos segundos de risa cansada y sincera. Pero recuerdo haber pensado que me gustaba escucharla... Mucho.

Después fuimos a cenar porque ninguno había comido algo decente desde el mediodía. Hablamos del proyecto durante los primeros veinte minutos. Luego de nuestras empresas. Después de un restaurante espantoso al que ambos habíamos tenido la desgracia de acudir en París. Y, sin saber muy bien cómo, terminamos discutiendo sobre si era más difícil dirigir una compañía tecnológica o sobrevivir a una reunión familiar durante las fiestas.

Blair defendía la segunda opción con argumentos preocupantemente convincentes.




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