Blair
He dirigido reuniones con inversores capaces de discutir durante tres horas el color de un botón.
He negociado contratos millonarios con personas que consideraban una sonrisa una señal de debilidad.
He despedido a un director financiero que intentó explicarme cómo funcionaba mi propia empresa.
Nada de aquello me preparó para descubrir que una niña de cuatro años puede paralizar una casa entera porque sus calcetines tienen una costura.
—Me molesta.
Zuli está sentada en el suelo de su habitación, con un calcetín en la mano y la expresión de alguien que acaba de descubrir una conspiración internacional.
—¿Qué te molesta exactamente?
—Esto. —Señala la punta.
—Es la costura, cariño.
—No la quiero.
—Todos los calcetines tienen alguna. —Me mira con horror.
Acabo de destruir su confianza en la industria textil.
—¡Pues no quiero calcetines! —Respiro.
Son las siete y veintidós de la mañana, y tenemos que salir de casa a las ocho.
Anouk está terminando de desayunar, Millie ha decidido que necesita llevar una jirafa de peluche a su primera jornada de adaptación y el pequeño Ethan lleva diez minutos buscando un coche que tiene en la mano.
—Podemos probar otros —propongo.
—¡Todos pican!
—¿Incluso los que todavía no te has puesto?
—¡Sí! —Admiro su convicción.
Si algún día decide dedicarse a la política, estamos perdidos.
Marta aparece en la puerta con una pequeña cesta.
—Tengo unos sin costuras marcadas. —La observo.
—¿De dónde has sacado eso?
—Los compré ayer.
—¿Por qué?
—Porque sabía que acabaríamos aquí. —La miro con renovado respeto.
—Marta, ¿has considerado trabajar en inteligencia militar?
—No pagan lo suficiente para aguantar a esta familia. —Zuli acepta los calcetines.
Crisis resuelta... Durante exactamente cuarenta segundos.
—¡TÍA BLAIR! —Es Anouk desde el baño.
—¡MILLIE HA PINTADO A NILO! —Cierro los ojos.
¡Dios, dame paciencia...!
Encuentro a Nilo sentado sobre la alfombrilla del baño. Tiene una línea azul en el lomo, otra verde cerca de una oreja y una expresión de profundo resentimiento hacia la especie humana.
Millie sostiene un rotulador.
—Es bonito.
—Millie, cariño… —La niña sonríe.
—¡Arcoíris! —Me agacho frente al gato.
Inspecciono las marcas. Por suerte, son de unos rotuladores infantiles lavables, aunque eso no significa que estén diseñados para decorar animales.
—Los gatos no se pintan —explico.
Millie baja la mirada.
—Pero no tiene pelo. —La lógica infantil es un arma devastadora.
—Precisamente por eso tenemos que cuidar mucho su piel.
Nilo emite un maullido lastimero. Un sonido que parece exigir una indemnización.
—¿Está enfadado? —pregunta Anouk.
—Muchísimo.
—¿Con Millie?
—Con la humanidad en general.
Cojo al gato y voy a buscar un paño suave humedecido con agua tibia. Limpio las marcas con cuidado, sin utilizar productos que puedan irritarle la piel.
Millie me sigue.
—¿Nilo no me quiere? —Me detengo.
Ahí está... Esa pequeña pregunta que convierte una travesura en algo mucho más importante.
Me agacho a su altura.
—Claro que te quiere, cariño. Pero a veces hacemos cosas que no les gustan a quienes queremos.
—¿Como cuando Zuli me quita las muñecas?
—Exactamente.
—Entonces Zuli no me quiere.
—No, eso no es lo que he dicho.
¡Maldita sea! Esta conversación necesita un departamento jurídico.
—Querer a alguien no significa que nunca nos equivoquemos —intento explicarle—. Significa que aprendemos a cuidarlo.
Millie contempla al gato.
—Perdón, Nilo. —Él gira la cabeza.
—¿Puedo darle un beso?
—Uno suavecito, en la cabeza.
Lo hace y Nilo tolera el gesto con una dignidad sorprendente. Después se esconde dentro de mi chaqueta.
—Bien —murmuro—. Ahora tengo un gato incorporado al vestuario.
Anouk sonríe.
—Pareces una mamá canguro.
—Una mamá canguro que llega tarde.
La primera mañana de colegio me preocupa bastante más de lo que estoy dispuesta a reconocer.
Anouk lo lleva bien... O eso aparenta.
Ha elegido su mochila, ha colocado cuidadosamente una fotografía familiar en un bolsillo interior y lleva el cabello recogido en una trenza que Marta ha conseguido hacer sin que nadie proteste.
¡Un milagro!
Zuli, después del incidente textil, parece decidida a conquistar el mundo. Millie aprieta su jirafa contra el pecho. Y el pequeño Ethan contempla la entrada del centro infantil como si sospechara que estamos intentando venderlo.
—¿Vienes después? —pregunta Anouk.
—Por supuesto.
—¿Tú? —Entiendo la diferencia. No está preguntando si alguien vendrá a recogerla. Quiere saber si seré yo.
—Yo misma. —Asiente.
—Vale.
Zuli me abraza una pierna.
—Si no me gusta, me voy. —alega.
—No puedes marcharte sola.
—Pues te llamo.
—Eso sí.
—Y vienes.
—Y vengo.
La maestra se acerca con una sonrisa amable y nos presentamos.
Anouk entra primero, después de darme un beso rápido. Zuli tarda un poco más, pero una mesa llena de pinturas consigue lo que yo no he logrado con quince minutos de conversación. Millie se queda inmóvil y aprieta la jirafa.
—No quiero. —Me agacho.
—Lo sé, cariño.
—Quiero casa.
—Hoy solo vamos a probar un ratito. Marta y yo estaremos cerca y volveremos a buscarte. —Sus ojos se llenan de lágrimas.
No llora con fuerza, eso sería más sencillo. Simplemente me mira con una tristeza que me recuerda demasiado a Billie.
La abrazo.
—No tienes que ser valiente todo el tiempo, Millie.
—¿Puedo llorar?
—Claro.
—¿Y tú? —La pregunta me desarma.
—Yo también, cuando lo necesito.