Blair
Descubrí que la distancia podía medirse de muchas maneras.
En kilómetros, por supuesto. En horas de vuelo, en llamadas que terminaban demasiado pronto; o en la cantidad de veces que una mujer adulta, perfectamente capaz de dirigir una empresa tecnológica, miraba su teléfono esperando un mensaje.
En mi defensa, Ethan Blackwell tenía la irritante costumbre de hacerse echar de menos, y lo peor era que parecía hacerlo sin esfuerzo.
Habían transcurrido casi tres semanas desde su regreso a Inglaterra.
Tres semanas durante las cuales la vida en Tarragona había continuado con su habitual combinación de horarios escolares, reuniones de trabajo, calcetines desaparecidos y discusiones sobre asuntos de importancia nacional, como quién tenía derecho a utilizar el vaso amarillo.
Spoiler: según Millie, ella. Siempre ella.
Ethan y yo hablábamos casi todas las noches. Algunas veces durante una hora; otras, apenas diez minutos entre sus compromisos y mi agotamiento.
Lo bueno era que no necesitábamos llenar cada silencio.
Había noches en las que me contaba alguna anécdota de su jornada, otras en las que discutíamos sobre una noticia tecnológica y algunas en las que simplemente hablábamos de cualquier tontería.
Una vez pasamos quince minutos debatiendo si Nilo era consciente de su aspecto. Ethan sostenía que sí. Y yo defendía que el gato se consideraba una criatura extraordinariamente hermosa.
—Eso explicaría su actitud —había comentado.
—¿Qué actitud?
—La de alguien que cree estar haciendo un favor al mundo permitiendo que lo contemple.
No había encontrado argumentos para rebatirlo, pero las llamadas no eran lo mismo que tenerlo delante. Y empezaba a reconocer este hecho sin necesidad de inventarme excusas.
La investigación del Proyecto Atlas había avanzado considerablemente.
La ampliación de la auditoría permitió localizar otros dos servicios que conservaban permisos heredados de la misma migración.
Ninguno había provocado fallos visibles, pero ambos representaban un riesgo que no podíamos ignorar.
El equipo había documentado las dependencias, eliminado las autorizaciones obsoletas en el entorno de pruebas y preparado una corrección que no comprometía los servicios actuales.
Lo importante era que, por fin, habíamos dejado de perseguir síntomas. Ahora entendíamos el problema.
—Los resultados de la última batería son buenos —informó Adrián durante nuestra reunión semanal.
—Son mejores —corregí—. Todavía falta completar las pruebas de regresión.
—Vanta, algún día vas a permitirme celebrar una buena noticia.
—Cuando esté justificada, seré la primera en celebrarla.
—Lo dudo.
—Entonces la segunda.
Escuché una carcajada al otro lado de la conexión.
Adrián había aprendido a interpretar mi sentido del humor. Y yo había descubierto que, debajo de su aparente rigidez, había un profesional competente que no temía reconocer los errores de su equipo. Eso facilitaba mucho las cosas.
—La dirección ha aprobado el calendario revisado —añadió.
—Bien.
—Y quiere que mantengamos la presentación final prevista para junio.
—Mientras el resto del proyecto avance conforme al plan, no veo motivos para modificarla.
—Perfecto. Tendremos una reunión presencial de cierre con la dirección y los responsables de las distintas áreas.
—Lo sé. Está contemplada en el contrato.
—Espero que no tengas inconveniente en asistir.
Miré el documento abierto en mi segunda pantalla.
Aquella reunión era una de las pocas obligaciones presenciales que había aceptado. El resto del trabajo podía realizarlo a distancia, bajo las condiciones de confidencialidad acordadas.
—Ninguno —respondí—. Siempre que se respeten los términos establecidos.
—Por supuesto.
—Entonces seguimos adelante.
Adrián pasó al siguiente punto del orden del día. Yo anoté las fechas: «Junio».
Todavía quedaban semanas de trabajo, pero por primera vez podía ver con claridad el camino hacia el cierre del proyecto y eso me tranquilizaba.
Porque Atlas había empezado a ocupar demasiado espacio en mi cabeza.
Un espacio que últimamente compartía con cuatro niños, un gato sin pelo y un empresario británico que parecía decidido a complicarme la existencia.
El jueves anterior al inicio de las vacaciones de Semana Santa, llegué a casa después de recoger a los niños del colegio.
Había decidido que aquella tarde hablaríamos de la visita de Ethan. No porque fuera a ocurrir nada extraordinario.
Precisamente porque quería que entendieran que se trataba de algo normal: un adulto al que conocían, que nos caía bien y que iba a pasar unos días con nosotros.
Sin grandes anuncios, sin expectativas desmesuradas, sin convertir su llegada en un acontecimiento que los obligara a sentir algo concreto.
Naturalmente, mis sobrinos tenían otros planes.
—¿CUÁNTAS NOCHES? —gritó Zuli.
—Cuatro días, cariño. Tres noches.
—¿Y duerme aquí?
—Sí.
—¿EN NUESTRA CASA?
—Zuli, estoy a treinta centímetros de ti. No hace falta que grites. —Se llevó las manos a la boca.
—Perdón.
Millie, sentada sobre la alfombra, levantó la cabeza.
—¿Dónde va a dormir?
—En la habitación de invitados. —Frunció el ceño.
—¿La que tiene las almohadas aburridas? —Parpadeé confundida.
—¿Qué tienen de aburridas las almohadas?
—Son blancas.
—Muchas almohadas son blancas.
—Las mías tienen flores.
—Lo tendré en cuenta para la próxima renovación de la casa.
Anouk, que había permanecido callada, dejó el libro sobre sus rodillas.
—¿Cuándo viene?
—Mañana por la mañana.
—¿Y cuándo se va?
La pregunta llegó con una serenidad que no me engañó.
—El lunes.
—¿Después de comer?
—Todavía no sé la hora exacta de su regreso. Pero sí, el lunes tendrá que volver a Inglaterra. —Asintió.