Pentrix "El despertar de las semillas"

Capítulo 65: Una gran heroína

Valkery y Pentrix arriban a la ciudad tras haber desmantelado con éxito la sucursal de la Corporación. Se encaminan hacia los muelles, donde el aire se impregna de salitre y un vago aroma a despedida. Justo antes de que él aborde el navío, ella se aproxima.

—Hace unos días me dijiste que el héroe que yo conocía era una farsa —comenta con voz tenue—, pero el hombre que me inspiró resultó ser mucho mejor de lo que imaginaba. Ahora has motivado a otro tonto testarudo y problemático.

Pentrix la contempla con serenidad, esbozando una leve sonrisa en el rostro.

—No fui yo quien lo impulsó —replica—. Él tomó su propia decisión. Tú elegiste brindarle la oportunidad de acompañarte. Eso significa que tú también, en tu faceta de heroína, lo has alentado a seguir tus pasos. Eres, sin duda, una gran heroína.

Él le tiende la mano; Valkery sonríe y acepta el gesto con firmeza.

—¿Hay algo más que pueda hacer por ti? —pregunta ella.

Pentrix extrae un arma de tecnología avanzada y se la entrega. Ella la examina con extrañeza, sin comprender aún el significado del objeto.

—Esta arma perteneció a una compañera —explica Pentrix—. Ella poseía la capacidad de activarla con su propia energía. Su nombre de heroína era Quikshot. Pasamos días buscándola... sin éxito.

Hace una breve pausa, dejando que el peso del recuerdo se asiente.

—Al final logré hallarla, pero ya era tarde para salvarla. Reduje el complejo a cenizas junto a quienes lo dirigían.

Entonces, extrae una pequeña nota con una dirección escrita a mano.

—Entrégale esto a la líder de Xtream; su nombre es Elektrobyte. Dile que he cumplido mi promesa. Ellos comprenderán.

Pentrix aborda la embarcación. Valkery agita la mano en señal de despedida mientras el navío comienza a distanciarse del muelle, ganando terreno sobre las aguas.

En otra urbe, a cientos de kilómetros de allí, la devastación no es autoría de un villano. No se trata de una catástrofe natural ni de un incidente silenciado por la prensa; es consecuencia de la propia humanidad.

La fricción entre humanos, EVOS y NEOEVOS ha escalado hasta un punto crítico. Los héroes que antaño salvaguardaban vidas han cesado su labor, agotados por la hipocresía, la indiferencia y el desprecio sistemático de aquellos a quienes protegían.

La ciudad ha sido reclamada por EVOS radicales, quienes han expulsado a los ciudadanos comunes. Una familia abandona lo que, durante mucho tiempo, fue su hogar; caminan por una avenida flanqueada por vehículos calcinados, comercios vandalizados y muros cubiertos de proclamas antihumanas. Las calles que antes rebosaban vitalidad ahora están sepultadas bajo los escombros y la miseria.

La niña, con la voz quebrada por el temor, pregunta:

—¿A dónde vamos, papá? ¿Por qué tenemos que dejar nuestra casa?

El padre la sujeta de la mano con firmeza.

—Debemos buscar un lugar seguro —responde, mientras rodea con el brazo a su esposa, quien solloza en silencio mientras estrecha a su bebé contra el pecho.

A su alrededor, decenas de familias humanas desalojan sus viviendas, arrastrando las escasas pertenencias que lograron rescatar del caos. Desde las aceras, varios EVOS los increpan con saña:

—¡Fuera, escoria humana! —¡Lárguense! ¡Fuera, fuera!

Uno de ellos, con la voz desgarrada por el resentimiento, brama hacia la multitud:

—¡Yo fui un héroe! ¡Arriesgué mi vida por ustedes en incontables ocasiones! ¡Y me pagaron con ingratitud y odio! ¡Váyanse de una maldita vez!

Un destacamento de héroes, en conjunto con las fuerzas policiales, supervisa la situación para evitar que el conflicto derive en una masacre. Sin embargo, un EVO radical les grita con desprecio:

—¡Traidores! ¡Dejen de protegerlos! ¡Jamás valorarán lo que hacen por ellos! ¡Traidores!

Lejos de la metrópoli que repudia a los hombres, un tren arriba a la estación terminal de Ciudad Central.

A kilómetros de la metrópoli evacuada, en el bullicio de una nueva urbe, Valkery desciende del tren. Se mueve entre el murmullo de la multitud que sube y baja apresuradamente; entre rostros anónimos y pasos veloces que ignoran su presencia.

Porta su traje de heroína con orgullo. Sin perder tiempo, aborda un taxi y le entrega una pequeña nota al chofer. El hombre la lee, asiente en silencio y pone el vehículo en marcha.

Una hora más tarde, el taxi se detiene frente a una imponente edificación. Los niveles superiores parecen albergar sencillos departamentos residenciales; nada que despierte sospechas a simple vista. Valkery cruza el umbral de la entrada principal bajo la mirada inquisitiva de un grupo de vigilantes. Uno de ellos se desprende del resto para interceptarla.

—¿Motivo de su visita? —pregunta con tono seco.

—Vengo a ver a Xtream —responde ella con firmeza—. Especialmente a Elektrobyte, la líder del equipo.

Los custodios intercambian miradas, analizando con detenimiento su uniforme. Uno de ellos toma el teléfono y entabla una breve conversación. Tras unos segundos, cuelga y le indica el camino.

—Sígame, por favor.

La escolta hasta el ascensor. Al cerrarse las puertas, la cabina no asciende hacia los departamentos, sino que se sumerge tres niveles en las profundidades del suelo. Al detenerse, las puertas se deslizan revelando un pasillo sumido en el silencio. El guardia señala una entrada al final del corredor.

Valkery avanza con paso decidido y llama a la puerta. El chasquido de un mecanismo electrónico precede a la apertura de la hoja, revelando a un hombre de constitución corpulenta y juventud radiante. Es una figura imponente, de casi cien kilos de puro músculo, que llena el marco de la entrada con una sonrisa ligera pero alerta.

Ella lo reconoce al instante. Aquel rostro figuraba en la fotografía que Pentrix le había mostrado, donde el equipo Xtream posaba unido.




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