RAR DUOM apareció de la nada, como un fantasma. Caminaba lentamente alrededor de Pentrix, que permanecía arrodillado. Observaba que el escudo azul aún lo protegía, aunque apenas brillaba. Una sonrisa volvió a dibujarse en su rostro.
Sabía que había logrado asestar un golpe certero. Uno que no necesitó fuerza física ni energía.
—Has vencido a nuestros hermanos —reconoció con voz suave—. La Semilla Primordial de la Materia y la Semilla Primordial de la Energía. Has demostrado una capacidad excepcional.
Se detuvo frente a él.
—Por favor, Hermano… no luches más. Por esta incipiente humanidad, cuyo destino ya ha sido dictado por sus propios pecados. Juntos recorramos el camino. Concluyamos el ciclo. Juntos, como está escrito.
Pentrix no respondió.
RAR DUOM bajó la voz, casi como un susurro.
—Tu pena, tu agonía y tu sacrificio no serán valorados por esta raza tan ruin.
Pentrix seguía atrapado en el bucle temporal, luchando contra su propio dolor, contra su propio pasado.
Entonces apareció una enorme pantalla frente a él. El lugar se volvió oscuro. El aire parecía detenerse.
En la pantalla, que parecía abarcarlo todo, surgió la imagen de Quikshot, atada con instrumentos médicos. Su voz era un eco que se repetía:
—Llegaste tarde… Llegaste tarde… Me has fallado… Fallaste… Fallaste…
Pentrix apretó el puño y se incorporó lentamente. Levantó la cara y miró fijamente la imagen.
—Rain… —dijo, usando el nombre de heroína—. No he fallado. He cumplido con mi promesa. Los castigué en tu nombre. El dolor se volvió paz. Y la paz… en monumento.
La pantalla cambió. El tono acusador se detuvo. Hubo silencio. La luz se tornó cálida.
Ahora mostraba el monumento que Pentrix había construido para ella. Flores rodeaban la estructura, y encima, una foto sonriente de Quikshot.
La imagen volvió a cambiar una vez más. Quikshot se detuvo. Ya no juzgaba. Levantó la mano, quitó los instrumentos médicos, se liberó de sus ataduras. Y con una sonrisa tranquila… se alejó caminando hacia la luz cálida.
RAR DUOM dio un paso hacia atrás.
—¡Nooooooo! —gritó, con una voz que parecía romper el aire.
Pentrix se sentó en posición de meditación. Su escudo azul aún brillaba, tenue pero firme.
El inquisidor del tiempo lo observó, completamente extrañado. Sabía que era un desafío. Pero no se detuvo. El aura marrón emergió una vez más, envolviendo todo.
El lugar, aún a oscuras, comenzó a transformarse. Ahora era el viejo barracón del equipo Xtream.
Pentrix meditaba en el jardín zen que había construido: tres rocas, un poco de vegetación, silencio.
Pero algo comenzó a transformarse. Del centro del jardín emergió un enorme monolito, desplazando las rocas. El suelo se agitó, se quebró y destruyó el barracón. Plantas, flores y árboles brotaron con violencia, llenando todo el espacio.
El sol brillaba sobre el majestuoso jardín. Se escuchaba el canto de las aves, el murmullo del aire. El cielo era azul, limpio, inmenso.
Pero de pronto… cambió. El cielo se nubló. Nubes grises lo cubrieron por completo. Las flores comenzaron a marchitarse, lenta y agónicamente. La vegetación se retorcía, pasando de un verde vibrante a un marrón pálido.
Pentrix se levantó. Observó varios cuerpos tirados alrededor del jardín. Eran personas que había conocido en el pasado. Caminó entre ellos, esquivándolos, evitando pisarlos.
Pero uno de los cuerpos se movió. Aún con vida, se arrastraba, intentando escapar. Pentrix se agachó para ayudarla.
La persona volteó. Era Valkery. Su rostro mostraba un terror profundo. Sus ojos abiertos, respirando con dificultad, de manera dolorosa.
Pentrix se incorporó frente a ella. El escenario cambió.
Ahora estaba parado frente a Valkery, con su poder completamente desplegado. El azul de su energía se agitaba violentamente, como una ola golpeando una roca con toda su fuerza. Pero ya no era el azul de siempre. Era un azul profundo, oscuro.
La parte más cruel de Pentrix. El inquisidor que no perdona. Un destello de energía oscura y Valkery gritó.
Y su cuerpo, antes lleno de color, comenzó a desvanecerse. Pasó de los tonos vivos al mismo marrón claro que cubría el jardín.
Pentrix seguía en posición de meditación.
Su escudo azul aún brillaba, aunque con pulsos irregulares. No había caído.
Dentro del bucle temporal, dos Pentrix se enfrentaban. Ambos se miraban a los ojos, desafiándose, listos para la lucha.
Uno era el Pentrix que había luchado, que había perdido, que había amado. El otro… era el Pentrix que había castigado sin medida, que había dejado que el dolor se convirtiera en furia.
Ambas energías se desplegaban para el enfrentamiento.
Pero entonces, una voz femenina, dulce y conocida —la de Anya— retumbó dentro del bucle.
—El monstruo debe estar afuera… —dijo la voz—. Siempre afuera. Mantenlo lejos de tu corazón.
El Pentrix oscuro retrocedió. Parecía buscar la fuente de la voz. Su poder se incrementó, latigueando salvajemente. El azul profundo golpeaba con fuerza, distorsionando el espacio. Se llevó las manos a los oídos. Gritó.
Pero la voz seguía resonando.
—Mantén al monstruo afuera… Todos somos monstruos…
El Pentrix oscuro se encogió. Se tiró al suelo, acurrucado como un niño asustado.
La voz, aún suave, añadió:
—Pero debemos mantenerlo lejos… y fuera de nuestro corazón.
Pentrix observó en silencio. Vio cómo su versión oscura comenzaba a secarse, como si fuera una planta sin raíz. Su cuerpo adquiría el mismo tono marrón pálido que había cubierto el jardín.
El inquisdor del tiempo desde fuera del bucle, mostró una expresión de frustración. No entendía. No era poder. No era lógica.
Era algo que el tiempo no podía controlar. Era la voz que Pentrix había guardado en lo más profundo. Y esa voz… lo estaba salvando.
RAR DUOM contraatacó sin dar respiro. El jardín se desvaneció. El tiempo atacaba despiadadamente.