Pentrix "El despertar de las semillas"

Capítulo 68. Errante

Pentrix abandonó el país de los grandes desiertos. Subió al barco que lo llevaría a otro destino, sin mirar atrás. Los muelles se alejaban lentamente mientras la embarcación iniciaba su travesía. El cielo comenzaba a oscurecerse y, a mitad del mar, la noche envolvió al barco por completo.

Las estrellas brillaban con intensidad. La Vía Láctea se desplegaba en su máxima expresión, como un río de luz suspendido en el firmamento. Las aguas tranquilas reflejaban el cielo como un espejo perfecto. El sonido del agua chocando contra el casco y el murmullo constante del motor eran los únicos testigos del viaje.

En el interior, Pentrix dormía profundamente. Un descanso merecido. Un descanso necesario.

Pasaron ocho días. El bote llegó a un nuevo lugar. Las gaviotas sobrevolaban la embarcación, acompañándola como si le dieran la bienvenida. El avance era lento, casi ceremonial. El puerto se reveló al fondo, y con él, una ciudad pequeña, de esas donde todos se conocen, donde el tiempo parece moverse con más calma.

El barco atracó.

Un par de trabajadores descendieron con rapidez. Ataron las cuerdas, aseguraron la embarcación y colocaron una rampa de madera.

Solo un pasajero bajó. Pentrix levantó la mano en señal de despedida, sin palabras, mostrando una ligera sonrisa. Caminó y sintió el piso firme bajo sus pies, respirando con tranquilidad. Sostenía una mochila sobre el hombro. Avanzó por las calles del poblado, observando con atención cada rincón, cada fachada, cada gesto cotidiano.

Buscaba un lugar tranquilo. Y el mundo, por primera vez en mucho tiempo, parecía dispuesto a ofrecérselo.

La calle principal se extendía frente a él, bordeada por fachadas sencillas y faroles apagados. Al avanzar unos metros, vio un letrero colgado en una ventana: “Habitación disponible”.

No lo pensó demasiado. Se dirigió al lugar, habló con la dependiente, una mujer de rostro amable y voz pausada. Llegaron a un precio justo. La habitación era pequeña, pero cálida. Tranquila. El tipo de espacio que no exige nada, solo permite descansar.

El sol comenzaba a ocultarse. Dentro de poco sería noche. Abrió su mochila y sacó algunas cosas. Entre ellas, dos fotografías ya conocidas. Las colocó sobre la cama. Las observó en silencio. Se permitió una ligera sonrisa. Luego las recogió con cuidado y las guardó nuevamente en la mochila, como si protegiera algo más que papel.

Finalmente, anocheció. Las luces del alumbrado público comenzaron a encenderse, iluminando las calles con tonos amarillos suaves. La actividad del poblado se desvanecía poco a poco. Las voces, los pasos, los gestos… todo se apagaba.

El poblado descansaba.

Amanece. La luz del sol comienza a bañar el poblado con suavidad. Pentrix ya ha despertado. Aunque aún faltan horas para entregar la pequeña habitación, un dulce y delicioso aroma entra por la ventana y alcanza su nariz.

Sin pensarlo demasiado, se viste, toma su mochila y se dirige al origen del aroma. Sale a la calle, atraído por aquel dulce olor que lo guía.

A pocos metros, una pequeña cafetería lo recibió con el sonido de platos, murmullos de algunos clientes y el aroma del café recién hecho. Pentrix entró, pidió algo sencillo y se sentó junto a la ventana. El tiempo transcurría con calma. Al terminar, sostenía un vaso medio lleno con una bebida tibia. Se levantó, dispuesto a marcharse.

Pero algo interrumpió la quietud. Se escucharon tumultos, gritos, el rechinar de unas llantas. El chico giró la cabeza. Por la calle principal apareció una joven corriendo, huyendo de alguien. Su cabello oscuro contrastaba con su piel blanca. Vestía ropa gris con detalles negros. Su forma de moverse y esquivar la delataba: parecía más una villana que una fugitiva cualquiera.

Tras ella, dos figuras la perseguían. Un héroe volador y una heroína terrestre con un arco en la espalda. Él la seguía desde arriba, mientras ella corría a pie, esquivando el poco tráfico de la calle.

El héroe volador lanzó un grito dirigido a la chica. La onda sónica falló y golpeó una de las casas, destruyendo parte de la fachada. Los escombros cayeron al suelo. La joven tropezó con ellos y cayó. Algunos transeúntes lograron esquivar los restos.

El héroe aterrizó cerca de ella. Sin mediar palabra, la sujetó con violencia y la estrelló contra la fachada. Una vez. Dos veces.

Sacudía a la villana con fuerza, intentando atemorizarla, vociferando con rencor. Ella no se defendía. No gritaba. No atacaba. Pero él insistía, como si la derrota no bastara.

De repente, una bebida fue arrojada desde la cafetería. Surcó el aire hasta impactar de lleno en el rostro del héroe. Solo así se detuvo su desmedido ataque.

La joven cayó al suelo. Pentrix avanzó con decisión.

—¡Es suficiente! —gritó—. ¡Ya basta! ¡Está derrotada!

Sin dudarlo, empujó al héroe contra la pared. El impacto fue seco, pero controlado. Sacó de su mochila un viejo móvil, uno que había dejado de funcionar hacía mucho tiempo, y lo colocó frente al rostro del héroe, fingiendo grabarlo.

El hombre no dijo nada más. No supo reaccionar. Solo lo miró.

La heroína que corría detrás se interpuso entre ambos.

—Tranquilos, por favor —dijo con tono conciliador—. Lo siento… esta chica solo es una villana que ha cometido un robo menor.

Pentrix no apartó la mirada del héroe volador. La gente comenzó a acercarse. Algunos sacaron sus móviles, grabando el incidente. Murmullos, pasos, tensión.

—Por favor… —insistió la heroína, ante la multitud que ya se reunía.

Pentrix dio dos pasos atrás.

Pentrix miró a la heroína con frialdad.

—Supongo que este idiota va a pagar por todos los daños que ha provocado.

Se giró hacia la villana, aún en el suelo, y le ofreció la mano. Ella lo observó con desconcierto.

No comprendía por qué un aparente humano le había tenido compasión. Por qué había enfrentado sin temor a un héroe. O por qué… aun sabiendo que era una villana, había decidido ayudarla.




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