Pentrix "El despertar de las semillas"

Capítulo 66. El segundo Inquisidor Rar Duom. Semilla primordial del tiempo

Después de doce días de travesía en mar abierto, Pentrix descendió del barco. El aire húmedo y salado llevaba ese olor característico que solo el océano puede ofrecer. Gaviotas volaban en círculos, posándose en barandales, techos y postes, graznando sin cesar. A su alrededor, el muelle rebosaba de movimiento: pescadores preparando redes, trabajadores descargando mercancías, vendedores ambulantes gritando precios. Pentrix caminaba entre ellos sin llamar la atención, mezclado con la multitud que iba y venía cargando cajas, bultos y herramientas.

El calor era distinto al de su país. No abrasador, pero sí persistente. El sol parecía más pesado, como si el tiempo se moviera más lento. Pentrix avanzó sin detenerse, cruzando calles polvorientas y mercados improvisados, hasta llegar a una estación de tren antigua. Las paredes agrietadas, los rieles oxidados y los vagones desgastados hablaban de años de uso.

Abordó el tren junto a decenas de personas. El interior estaba lleno de rostros cansados, cuerpos sudorosos, miradas perdidas. El vagón se sacudió al arrancar, y el rechinar de las ruedas metálicas sobre las vías desgastadas llenó el ambiente. El humo del motor se mezclaba con el polvo del camino. Pentrix se sentó junto a una ventana, sin mirar el paisaje. No buscaba vistas. Buscaba respuestas.

El viaje había comenzado.

Por la ventanilla, Pentrix observaba el paisaje de aquel país: casas de tierra, palacios antiguos que parecían salidos de cuentos árabes, vestigios de glorias pasadas y pequeñas comunidades dispersas en medio del desierto. La arena brillaba bajo el sol, teñida de tonos rojizos y beige, mientras el calor se intensificaba con cada kilómetro recorrido.

El viejo tren avanzaba lentamente, haciendo paradas breves en estaciones olvidadas. La máquina resoplaba, se sacudía y volvía a ponerse en marcha, como si luchara contra el tiempo mismo. Finalmente, llegó a una estación modesta, rodeada de construcciones pequeñas y desgastadas. Algunas pocas personas descendieron. Entre ellas, Pentrix.

Caminó por el poblado, rodeado de casas de tierra y un mercado improvisado. Los techos de tela desgastada ondulaban con el viento. Dromedarios descansaban bajo sombras improvisadas, cabras se cruzaban entre los puestos, y las voces de los comerciantes llenaban el aire con gritos, ofertas y discusiones. Vestían ropas largas, turbantes y miradas curtidas por el sol.

Pentrix, a pesar de su apariencia humana, no pasaba desapercibido. Allí su presencia era visible, como la de un extranjero más en aquel país enigmático. Se acercó a un comerciante junto a una camioneta alta. El hombre le hizo señas sin hablar. Como preguntando si necesitaba un vehículo. Pentrix sacó un mapa desgastado. Aunque no compartían idioma, el comerciante entendió.

Ambos subieron al vehículo todoterreno. El motor rugió y partieron hacia el lugar que Pentrix buscaba.

El camino asfaltado se extendía mientras el viento arrastraba finas partículas de arena. El parabrisas emitía pequeños chasquidos, como si la arena golpeara con intención. A lo lejos, las montañas comenzaban a dibujarse en el horizonte: rocas irregulares, rojizas, que parecían haber nacido de la misma arena.

El conductor abandonó la ruta principal y tomó un sendero de terracería. El vehículo se sacudía, pero continuaba avanzando. Las montañas se acercaban lentamente, revelando sus formas imponentes, como guardianes antiguos. Finalmente, llegaron a una abertura entre dos formaciones rocosas: una entrada natural, estrecha, como si el desierto la hubiera esculpido para ocultar algo.

El conductor detuvo el vehículo. No podía ocultar su temor. Conocía la fama de aquel lugar enigmático; su rostro, marcado por la preocupación, lo decía todo.

Pentrix descendió sin pronunciar palabra. El hombre lo siguió, nervioso, intentando detenerlo con gestos y señas. Su idioma no lograba transmitir el mensaje, pero el miedo sí.

Pentrix respondió con un gesto simple: llevó el puño al pecho. Una luz azul comenzó a destellar suavemente desde su mano. El conductor lo observó atónito, sin comprender del todo, aunque algo en su interior lo reconoció.

Hizo una reverencia. Retrocedió lentamente hacia el vehículo, sin darle nunca la espalda. Permaneció unos segundos más, mirando, y luego subió de nuevo. Esperó.

Pentrix caminó hacia la entrada, avanzando por la arena rojiza que se extendía como un mar inmóvil. A cada paso, el ambiente se volvía distinto, como si el tiempo estuviera suspendido entre segundos que no terminaban de pasar.

A lo lejos, una formación rocosa emergía del valle, rodeada por montañas imponentes que parecían custodiar el lugar. La roca, de formas irregulares, se alzaba como una isla solitaria en medio de la arena. Sobre ella, una figura permanecía sentada, inclinada hacia una dirección específica, como si esperara algo… o a alguien.

Pentrix se acercó con paso firme, dejando huellas profundas en la arena. La figura vestía una prenda blanca de gran tamaño, con un turbante adornado con patrones rojos. No era un anciano ni un sabio de siglos: era un chico, de la misma edad que Pentrix.

El joven se levantó lentamente, observándolo desde lo alto de la roca. Su mirada era serena, pero su presencia alteraba el entorno: el viento parecía detenerse y la luz se volvía más densa.

—Hermano —dijo el joven—. Bienvenido seas a estas desoladas tierras anacrónicas. Te sentí desde que cruzaste el gran océano.

Su voz no era arrogante ni solemne; parecía hablar desde otro plano.

—Yo soy la Semilla Primordial del Tiempo.

Pentrix lo miró desde abajo, sin mostrar sorpresa, y lo reconoció.

—Inquisidor 1002 —respondió con firmeza—. Nombre clave: RAR DUOM.

RAR DUOM permanecía extrañamente tranquilo. No había tensión en su postura ni defensa alguna. Solo una sonrisa leve, como si ya supiera el resultado.

Pentrix tomó la iniciativa.

Múltiples ráfagas de energía azul salieron disparadas de sus manos, curvando en el aire como misiles teledirigidos. Cada una trazaba una trayectoria precisa, geométrica, diseñada para garantizar el impacto. Era un ataque calculado, certero, imposible de esquivar por medios convencionales.




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