Habían pasado dos semanas desde la última vez que vi a Preston.
Dos semanas desde aquella fotografía.
Dos semanas desde que me prometió que volvería.
Y finalmente había llegado el día.
No sabía cuándo regresaría.
Solo sabía que estaba preparando una sorpresa.
Después de clases, recibí un mensaje.
Preston: ¿Estás en casa?
Emma: Sí. ¿Por qué?
Preston: Sal.
Fruncí el ceño.
Emma: ¿Ahora?
Preston: Ahora.
Bajé las escaleras rápidamente.
Cuando abrí la puerta, me quedé completamente quieta.
Preston estaba allí.
Con una sonrisa enorme.
—Hola.
No pude decir nada.
Simplemente corrí hacia él.
Me abrazó con fuerza y me levantó del suelo.
—Te extrañé muchísimo.
—Yo también.
Me separé un poco para mirarlo.
—¿Cuándo llegaste?
—Hace unas horas.
—¿Y no me avisaste?
—Quería sorprenderte.
Sonreí.
—Lo conseguiste.
Preston tomó mi mano.
—Ven conmigo.
—¿A dónde?
—Es otra sorpresa.
—Empiezo a odiar esa palabra.
Se rio.
Me llevó al parque donde habíamos tenido nuestra primera cita.
Había una manta sobre el césped.
Y encima de ella estaban nuestras fotografías.
La primera vez que salimos.
La feria.
La rueda de la fortuna.
Nuestra primera cita oficial.
Y una fotografía reciente de nosotros juntos.
Miré todo emocionada.
—¿Hiciste esto?
Preston asintió.
—Quería recordar todo lo que hemos vivido.
Tomé una de las fotografías.
—Éramos tan diferentes.
—Seguimos siendo diferentes.
—Sí.
Lo miré.
—Pero ahora te quiero.
Preston sonrió.
—Y yo te quiero a ti.
Se acercó y tomó mis manos.
—Emma, sé que todavía falta mucho para saber qué pasará después de la graduación.
—Lo sé.
—Quizá tengamos días difíciles.
—Seguro.
—Quizá la distancia vuelva a ser complicada.
Asentí.
—Pero quiero intentarlo.
Me miró directamente a los ojos.
—Quiero seguir eligiéndote.
Sonreí.
—Entonces yo también te elegiré.
Preston sacó algo de su bolsillo.
Era una pequeña pulsera igual a la mía.
—¿Para ti?
—Para mí.
Sonrió.
—Ahora tenemos una cada uno.
Miré las dos pulseras.
—La estrella.
—Para recordar que, aunque estemos lejos, siempre estamos bajo el mismo cielo.
Sentí los ojos llenarse de lágrimas.
—Eso fue demasiado romántico.
—Lo sé.
—Me gusta.
—Lo sabía.
Me acerqué y lo besé.
Esta vez sin miedo.
Sin dudas.
Sin pensar en la distancia.
Cuando nos separamos, Preston apoyó su frente contra la mía.
—¿Sabes qué?
—¿Qué?
—Creo que nuestra primera regla fue bastante mala.
Me reí.
—¿Por qué?
—Porque si hubiéramos seguido esa regla, nunca habría terminado enamorándome de ti.
Sonreí.
—Entonces menos mal que la rompimos.
Preston entrelazó sus dedos con los míos.
Y mientras el sol comenzaba a desaparecer detrás de los árboles, comprendí que quizá nuestra historia no necesitaba ser perfecta.
Solo necesitaba ser nuestra.
Y después de todo lo que habíamos vivido…
por fin estaba lista para descubrir cómo terminaba.
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Editado: 30.08.2026