—¿Estás nerviosa?
Miré a Preston.
—Muchísimo.
Estábamos detrás del escenario del instituto, esperando nuestro turno para la ceremonia de graduación.
Había pasado un año.
Un año desde aquella primera discusión.
Un año desde que la profesora nos había obligado a trabajar juntos.
Un año desde que Preston dejó de ser mi enemigo.
Y ahora estábamos a punto de graduarnos.
—¿Te acuerdas de nuestro primer día? —preguntó.
Sonreí.
—Me acuerdo perfectamente.
—Me dijiste que me odiabas.
—Porque te odiaba.
—Mentira.
—Bueno… un poquito.
Preston soltó una risa.
—Y yo pensaba que eras insoportable.
—¿Pensabas?
—Ahora sé que lo eres.
Le di un pequeño golpe en el brazo.
—Idiota.
Preston tomó mi mano.
—Mi idiota.
Sonreí.
Cuando nuestros nombres fueron llamados, caminamos juntos hasta el escenario.
Recibimos nuestros diplomas entre aplausos.
Cuando bajamos, Preston me abrazó.
—Lo conseguimos.
—Sí.
—Juntos.
—Juntos.
Miré a nuestros amigos.
Sophie, Liam, Chloe, Mason, Scarlett y Nathan estaban celebrando.
Todo parecía perfecto.
Pero sabía que todavía quedaba una decisión importante.
El futuro.
Después de la ceremonia, Preston y yo nos alejamos del resto.
—¿Tienes miedo? —preguntó.
—Un poco.
—Yo también.
—¿Y ahora qué?
Preston sonrió.
—Ahora seguimos adelante.
—¿Aunque nuestras vidas cambien?
—Aunque cambien.
Tomó mi rostro entre sus manos.
—No puedo prometerte que todo será fácil.
—No necesito eso.
—¿Qué necesitas?
Sonreí.
—Que sigas eligiéndome.
—Siempre.
Lo besé.
Un beso tranquilo.
Sin miedo.
Sin dudas.
Cuando nos separamos, Preston apoyó su frente contra la mía.
—¿Sabes qué aprendí?
—¿Qué?
—Que las reglas están hechas para romperse.
Me reí.
—No todas.
—La nuestra sí.
Miré la pulsera de estrella que llevaba en mi muñeca.
La misma que me había regalado meses atrás.
—¿Te arrepientes?
Preston negó con la cabeza.
—Ni por un segundo.
Sonreí.
—Yo tampoco.
Esa noche, mientras todos celebraban nuestra graduación, Preston me llevó al lugar donde todo había comenzado.
La biblioteca.
—¿Por qué estamos aquí? —pregunté.
—Porque aquí comenzó todo.
Miré alrededor.
La misma mesa.
Los mismos estantes.
El mismo lugar donde habíamos discutido por primera vez.
Preston sacó una hoja doblada de su bolsillo.
—¿Qué es eso?
La abrió.
Era una lista.
REGLA #1: NO TE ENAMORES DE TU ENEMIGO.
Debajo había escrito:
INCUMPLIDA.
Me reí.
—Eres ridículo.
—Pero tengo razón.
Tomó mi mano.
—Emma, si pudiera volver al primer día…
—¿Qué harías?
Sonrió.
—Volvería a discutir contigo.
—¿Por qué?
—Porque cada discusión me acercaba un poco más a ti.
Sentí los ojos llenarse de lágrimas.
—Te quiero, Preston.
—Te quiero, Emma.
Nos abrazamos.
Y en aquel momento entendí que nuestra historia nunca había sido sobre una regla.
Había sido sobre dos personas que se suponían destinadas a odiarse…
y terminaron encontrando el amor.
La primera regla había sido sencilla:
No te enamores de tu enemigo.
Pero quizá algunas reglas existen solamente para demostrarnos que el corazón siempre sabe cuándo romperlas.
Y así terminó nuestra historia.
O al menos…
la primera.
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Editado: 30.08.2026