Una virgen para el jeque.

Capítulo 1: La condición del trono.

El aire acondicionado del Salón de los Ancestros nunca lograba vencer del todo el calor de Al-Zahiri, y Khalil Al-Mazhar lo sentía en la nuca como una advertencia constante de que, hiciera lo que hiciera, el desierto siempre terminaba imponiendo sus condiciones. Estaba de pie frente al retrato de su padre, un óleo de tres metros donde el difunto rey lo miraba con la misma expresión de reproche que había usado en vida cada vez que Khalil llegaba tarde a una audiencia.

—Su Alteza —la voz del Gran Visir, Omar Nasser, interrumpió sus pensamientos—. El Consejo está reunido. Le esperan.

Khalil no respondió de inmediato. Contempló un momento más el rostro pintado de su padre, la barba entrecana, los ojos oscuros que él mismo había heredado, y pensó, no por primera vez, que morir con secretos era una forma elegante de seguir gobernando desde la tumba.

—Diles que voy —dijo finalmente, ajustándose los gemelos de la chaqueta oscura. No vestía las túnicas tradicionales salvo en las ceremonias; prefería los trajes hechos a medida en Londres, una pequeña rebelión silenciosa contra un mundo que insistía en definirlo por su sangre y no por sus decisiones.

El Salón del Consejo era una sala circular de columnas de mármol veteado, con un techo abovedado cubierto de mosaicos dorados que representaban la fundación del reino. Doce hombres —los jefes de las familias más antiguas de Al-Zahiri— estaban sentados en semicírculo, y en el centro, en un trono más pequeño que el que pronto ocuparía Khalil, se encontraba su madre, la Sultana Nur Al-Mazhar.

Vestía de negro, como llevaba haciendo desde la muerte de su esposo hace ocho meses, y sus ojos, del mismo color miel que los de Khalil, lo siguieron con una mezcla de amor y cálculo mientras él cruzaba la sala.

—Hijo mío —dijo ella, y la palabra sonó, como siempre, a advertencia disfrazada de cariño—. El Consejo ha terminado de revisar el testamento de tu padre.

Khalil se sentó a su lado. Sabía lo que venía. Lo sabía desde hacía semanas, desde que los abogados de la corona habían empezado a evitar su mirada en los pasillos.

—Su Majestad, el difunto rey —comenzó el Gran Visir, desenrollando un pergamino con sello real— dejó estipulado que la coronación de su hijo Khalil como rey de Al-Zahiri solo podrá celebrarse una vez que este haya contraído matrimonio, conforme a la tradición de los Al-Mazhar, con una mujer que cumpla el requisito ancestral de pureza exigido a toda futura reina.

Un murmullo recorrió el semicírculo de ancianos. Khalil no se movió. Ya conocía cada palabra de esa cláusula; la había leído tantas veces que podía recitarla dormido, pero escucharla en voz alta, frente al Consejo, frente a su madre, la hacía real de una manera que el papel nunca lograba.

—Es una tradición de quinientos años —añadió uno de los ancianos, el jeque Faisal, con la voz temblorosa de quien ha repetido la misma frase toda su vida sin cuestionarla nunca—. Ningún rey de Al-Zahiri ha subido al trono sin una esposa que honre la pureza de nuestra línea de sangre.

—Una tradición —repitió Khalil, y no pudo evitar que su voz sonara más afilada de lo que pretendía— que en pleno siglo veintiuno resulta casi imposible de cumplir, dado que la mayoría de las mujeres que conozco han sido educadas en Europa, han vivido su vida y no tienen por qué rendir cuentas de ella a un consejo de doce hombres.

—Khalil. —Su madre pronunció su nombre con esa autoridad suave que había usado toda su vida para detener las tormentas de su hijo—. No se trata de moral. Se trata de estabilidad. Este país necesita ver que su rey respeta lo que nos ha sostenido durante generaciones. El pueblo confía en los símbolos, y tu esposa será el símbolo más importante que ofrezcas.

Khalil apretó la mandíbula. Sabía que discutir con su madre en público era una batalla perdida; ella jamás cedía terreno delante del Consejo, y menos aún en un asunto donde su propia autoridad como regente interina estaba en juego.

—¿Y si no encuentro a nadie que cumpla esa condición? —preguntó, más como desafío que como pregunta real.

—Entonces el trono pasará a tu primo Rashid —respondió el Gran Visir sin dudar, como si llevara esa frase preparada desde hacía meses—, conforme establece la línea de sucesión, hasta que usted cumpla con los requisitos.

La mención de Rashid hizo que algo se tensara en el pecho de Khalil. Su primo llevaba años esperando cualquier grieta en la línea directa de sucesión, cualquier excusa para reclamar lo que consideraba, en el fondo, suyo por derecho de ambición si no de sangre. Darle ese pretexto sería como entregarle las llaves del reino en bandeja de plata.

—Tienes seis meses —dijo la Sultana, y por primera vez su voz sonó genuinamente preocupada, no solo calculadora—. Seis meses para encontrar una esposa apropiada, o el Consejo se verá obligado a considerar otras opciones para la corona.

Khalil se levantó. No confiaba en sí mismo para seguir sentado en esa sala sin decir algo de lo que después tendría que arrepentirse.

—Con permiso —dijo, e hizo una reverencia mínima antes de salir del Salón del Consejo con pasos largos que resonaban contra el mármol.

Yusuf, su guardaespaldas desde la universidad y el hombre más cercano a un amigo que Khalil tenía en el mundo, lo esperaba en el pasillo con la discreción de quien lleva años anticipando las tormentas de su jefe.

—¿Tan mal como imaginaba? —preguntó Yusuf, cayendo en su paso mientras cruzaban hacia las habitaciones privadas.

—Peor —respondió Khalil—. Seis meses, Yusuf. Seis meses para encontrar una mujer virgen dispuesta a casarse con un desconocido y convertirse en reina de un país que ni siquiera conoce.

—Hay familias nobles que matarían por ofrecerte a sus hijas.

—Ese es exactamente el problema. —Khalil se detuvo frente a los ventanales que daban al jardín de naranjos, donde el sol de la tarde teñía las hojas de un verde casi dorado—. Cada mujer que me han presentado desde que murió mi padre me mira como si yo fuera una cuenta bancaria con piernas. Quieren el título, el palacio, las joyas. Ninguna me ha preguntado jamás qué es lo que yo quiero.




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