Una virgen para el jeque.

Capítulo 2: El zoco de Zahir.

El jueves llegó con una humedad inusual que subía desde el Golfo y se enredaba entre los callejones del zoco viejo como un aliento tibio y pegajoso. Amara Beltrán lo notó apenas abrió las contraventanas de madera del pequeño taller que compartía con su tía Farida, sobre la tienda de bordados que llevaba el nombre de su abuela —Bordados Al-Rosa, una mezcla curiosa de español y árabe que resumía, mejor que cualquier explicación, la historia de la propia familia.

—Hoy va a hacer un calor de mil demonios —anunció Farida desde abajo, con esa voz ronca de fumadora que llevaba veinte años intentando dejar el tabaco sin ningún éxito—. Baja y ayúdame a abrir antes de que lleguen los turistas del crucero.

Amara bajó las escaleras de madera vieja, todavía atándose el pañuelo sobre el cabello oscuro, y se asomó a la tienda que su familia había regentado durante tres generaciones. Los estantes estaban llenos de telas bordadas a mano —chales de seda con hilo de plata, pañuelos con motivos florales que Farida diseñaba ella misma inspirándose en los patrones de Andalucía que su madre le había enseñado, y los famosos vestidos de novia por encargo que, aunque no representaban ni la mitad de las ventas del negocio, eran la verdadera pasión de Amara desde que tenía memoria.

De hecho, esa misma mañana debía terminar el dobladillo del vestido que llevaba semanas trabajando: un encargo de la familia Qureshi para la boda de su hija menor, un vestido de seda cruda bordado con hilo dorado que había consumido más horas de las que Amara quería admitir. Se sentó junto a la ventana, donde la luz caía mejor sobre la tela, y empezó a trabajar con la aguja mientras el zoco, afuera, empezaba a llenarse de vida.

—¿Sabes lo que oí ayer en el mercado de especias? —preguntó Farida, acomodando unos pañuelos en el escaparate sin apartar la vista de la calle.

—Siempre oyes algo en el mercado de especias, tía.

—Esta vez es bueno. Dicen que el nuevo rey —bueno, todavía no es rey, es solo el príncipe, pero ya sabes cómo habla la gente— anda buscando esposa. Y no cualquier esposa. Dicen que su familia le exige que sea virgen, como en los cuentos antiguos.

Amara levantó la vista de la costura, entre divertida e incrédula.

—¿Estamos en pleno siglo veintiuno y todavía existen esas exigencias?

—En esta ciudad existen exigencias de todo tipo, hija. —Farida se encogió de hombros con la resignación práctica de quien ha visto pasar suficientes escándalos de palacio como para dejar de sorprenderse por ellos—. Y no creas que solo afecta a los ricos. Cada vez que un jeque busca esposa, medio zoco se pone a especular sobre quién será la afortunada. O la desafortunada, según se mire.

—A mí no me interesa nada de eso —dijo Amara, volviendo a concentrarse en el hilo dorado que atravesaba la seda con precisión milimétrica—. Bastante tengo con terminar este vestido antes del viernes.

Y era verdad, en parte. Amara no tenía ningún interés particular en los chismes de palacio, en las intrigas de una familia real que vivía a apenas unos kilómetros de distancia pero en un mundo completamente distinto al suyo. Había crecido escuchando historias sobre el lujo del palacio Al-Mazhar, sobre las fiestas que se celebraban tras sus muros, sobre las joyas que las mujeres de la corte lucían en ocasiones que el resto de la ciudad solo veía de lejos, en fotografías borrosas de revistas que circulaban por el zoco como si fueran reliquias sagradas. Pero para ella, todo aquello pertenecía a un universo paralelo, tan ajeno a su vida cotidiana como las estrellas que veía por las noches desde la terraza de su casa.

Su vida, la vida real, consistía en telas y agujas, en el olor a especias que subía desde la calle cada mañana, en las risas de los niños que jugaban entre los puestos del mercado, en las discusiones amistosas con los vendedores vecinos sobre el precio justo de la seda importada. Una vida sencilla, tal vez, comparada con la que imaginaba que se vivía detrás de los muros de palacio, pero una vida que ella había aprendido a querer con la misma terquedad con la que su madre española había aprendido a querer aquella ciudad de calor implacable y costumbres que al principio le habían resultado extrañas.

Porque esa era otra parte de la historia de Amara que pocos conocían del todo: su madre, Carmen, había llegado a Al-Zahiri hacía casi treinta años, como parte de una misión cultural española, y se había enamorado —no solo de Rafael, el comerciante local que terminaría siendo el padre de Amara, sino de la ciudad entera, de sus callejones estrechos y sus atardeceres color naranja, de una manera tan completa que jamás había vuelto a España más que de visita. Amara había heredado de ella los ojos claros que contrastaban con su piel morena, y de su padre, la paciencia infinita para el trabajo manual y una desconfianza innata hacia todo lo que oliera a riqueza fácil.

—Bueno, pues aunque a ti no te interese —insistió Farida, que jamás dejaba pasar un buen chisme sin exprimirlo hasta el final—, dicen que el príncipe está cansado de las mujeres de la alta sociedad. Que ninguna le convence. Que hasta rechazó a la hija de los Haddad, ¿te acuerdas de ella? La que vino el año pasado a encargar aquellos pañuelos de seda para su ajuar.

—Vagamente.

—Pues esa. Layla Haddad. Toda la corte pensaba que se casaría con ella, pero parece que el príncipe no termina de decidirse. Y ahora, con el plazo que le puso el Consejo, quién sabe qué hará.

Amara terminó el último punto del dobladillo y cortó el hilo con los dientes, un gesto que su madre le había reprendido mil veces sin ningún éxito.

—Pues espero que encuentre lo que busca —dijo, con la ligereza de quien habla de un asunto que no le concierne en lo más mínimo—, y que nos deje trabajar en paz. Porque si de verdad se casa pronto, la mitad de las familias nobles de esta ciudad van a querer vestidos nuevos, y tú y yo no damos abasto ni con lo que tenemos ahora.




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