CAPÍTULO 1
Después de Lolo
Había pasado un tiempo desde todo lo ocurrido en el instituto, pero para Manoplas las cosas no habían terminado realmente. Los días habían seguido avanzando y, poco a poco, la vida de quienes lo rodeaban parecía haber recuperado su ritmo habitual. Sin embargo, él continuaba atrapado en una etapa de su vida que no conseguía dejar atrás.
A veces, cuando despertaba por las mañanas y la luz entraba suavemente por la ventana, tenía la sensación de que todo había sido una pesadilla. Durante unos segundos disfrutaba de la tranquilidad de su habitación, convencido de que aquel día sería diferente. Pero bastaba recordar lo sucedido para que la realidad volviera a imponerse.
Lolo ya no estaba delante de él, pero las consecuencias de sus actos seguían presentes.
Las burlas, los comentarios desagradables, las miradas y aquellas pequeñas humillaciones que durante tanto tiempo había soportado habían dejado una huella mucho más profunda de lo que imaginaba. Ya no necesitaba escuchar la voz de Lolo para sentirse inferior. En ocasiones, bastaba con recordar alguna situación del pasado para que regresara aquella sensación de angustia que tantas veces había intentado ocultar.
Manoplas había perdido buena parte de la confianza que antes tenía en sí mismo.
Ahora desconfiaba de casi todo. Si alguien lo miraba durante unos segundos, se preguntaba si habría encontrado algo extraño en él. Si escuchaba una carcajada a cierta distancia, pensaba inmediatamente que probablemente se estaban riendo a su costa. Incluso cuando alguien se acercaba con buenas intenciones, una parte de su mente permanecía alerta, esperando descubrir alguna segunda intención.
Su habitación se había convertido en su refugio. Allí podía estar tranquilo, sin preocuparse por las opiniones de los demás ni tener que fingir que todo marchaba bien.
Pasaba muchas horas sentado en la cama, mirando el teléfono o contemplando la calle a través de la ventana. A veces encendía el ordenador para distraerse, veía vídeos o escuchaba música, pero ninguna actividad conseguía llenar completamente aquel vacío que sentía.
Las mañanas eran especialmente difíciles. Se levantaba sin demasiadas ganas, desayunaba casi por obligación y después regresaba a su habitación. No tenía grandes planes ni encontraba demasiados motivos para salir.
Las redes sociales se habían convertido en una de sus principales ventanas al mundo exterior. Allí observaba fotografías de antiguos conocidos que parecían disfrutar de sus vidas con absoluta normalidad. Algunos aparecían en terrazas, otros compartían excursiones y muchos publicaban imágenes acompañados de sus amigos.
Manoplas contemplaba aquellas fotografías durante largos ratos.
No sentía exactamente envidia, sino una profunda sensación de distancia. Le costaba comprender cómo los demás podían continuar con tanta naturalidad mientras él seguía intentando recomponer algo que se había roto por dentro.
En ocasiones recibía algún mensaje preguntándole qué tal estaba o proponiéndole quedar. Abría la conversación, comenzaba a escribir y después borraba la respuesta.
No sabía qué decir.
Tampoco quería tener que explicar por qué llevaba tanto tiempo encerrado o por qué había cambiado tanto desde los acontecimientos del instituto.
Finalmente, dejaba el teléfono sobre la cama y continuaba con sus cosas.
Era más sencillo permanecer en silencio.
Una tarde, mientras estaba distraído mirando la pantalla, escuchó unos pasos por el pasillo. Poco después, alguien llamó suavemente a su puerta.
—¿No vas a salir hoy? —preguntaron desde fuera.
Manoplas levantó la cabeza.
—No, estoy bien aquí —contestó.
Intentó sonar despreocupado, como si simplemente tuviera ganas de pasar una tarde tranquila.
Pero la realidad era diferente.
La idea de salir de casa le provocaba una inquietud que no sabía explicar. Pensar que podía encontrarse con antiguos compañeros del instituto era suficiente para que se le encogiera el estómago. No quería volver a experimentar aquellas sensaciones ni encontrarse en una situación en la que tuviera que soportar comentarios desagradables.
A veces imaginaba encuentros que todavía no habían ocurrido.
Pensaba qué haría si se cruzaba con Lolo, cómo reaccionaría si alguien le preguntaba por lo sucedido o qué respondería si volvían a reírse de él.
En su imaginación ensayaba conversaciones enteras, buscando respuestas que le permitieran defenderse. Sin embargo, cuanto más pensaba en aquellas posibilidades, más nervioso se sentía.
Con el paso del tiempo comenzó a evitar determinados lugares. Cambiaba de acera cuando veía grupos de jóvenes, procuraba no acudir a establecimientos donde podía encontrarse con antiguos conocidos y rechazaba invitaciones que, en otras circunstancias, probablemente habría aceptado.
Su mundo se estaba haciendo cada vez más pequeño.
Lo preocupante era que Manoplas empezaba a acostumbrarse a aquella situación. Había dejado de preguntarse cuándo volvería a salir con normalidad y había comenzado a aceptar el aislamiento como una parte más de su vida.
Sin darse cuenta, estaba permitiendo que lo sucedido con Lolo continuara condicionando sus decisiones.
Una tarde, mientras ordenaba algunas cosas de su habitación, encontró una fotografía antigua en la que aparecía sonriendo. La sostuvo entre sus manos y permaneció contemplándola durante varios segundos.
Aquel chico parecía diferente.
Tenía una expresión despreocupada y una mirada que transmitía una tranquilidad que ahora echaba muchísimo de menos. No recordaba exactamente cuándo se había hecho aquella fotografía, pero sí reconocía algo que le produjo una profunda tristeza: en aquella época todavía se sentía cómodo consigo mismo.
Recordó algunos momentos de entonces. Las conversaciones improvisadas, las bromas, las tardes sin demasiadas preocupaciones y aquella sensación de que todavía tenía muchas cosas por descubrir.