CAPÍTULO 8
Un paso más
Las semanas siguientes trajeron consigo un cambio sutil, pero constante, en el ritmo de los días de Manoplas. Su vida seguía transcurriendo entre las paredes de su casa, y el mundo exterior continuaba despertando en él cierta inquietud. Sin embargo, algo había empezado a cambiar en la manera en que contemplaba aquella rutina.
La frontera de su puerta se había convertido en un territorio diferente. Ya no representaba únicamente el límite entre su refugio y todo aquello que le producía inseguridad. También era el lugar donde, varias veces por semana, encontraba una sonrisa familiar, una conversación agradable y una pequeña razón para sentirse menos solo.
Tomeu se había convertido en una presencia habitual.
Cada vez que el teléfono vibraba anunciando que el pedido estaba en camino, Manoplas experimentaba una descarga de energía que le recorría el cuerpo. A veces intentaba disimularlo incluso cuando estaba solo. Dejaba el móvil sobre la mesa, fingía prestar atención a la televisión y se repetía que no tenía ningún motivo para ponerse nervioso.
Pero siempre terminaba mirando la pantalla otra vez.
Ya no se trataba solamente de recibir la cena. Esperaba las bromas, las preguntas sobre la serie, los comentarios espontáneos y aquella manera tan natural que tenía Tomeu de hacerlo sentir cómodo.
Lo que más le sorprendía era que no necesitaba esforzarse demasiado cuando estaba con él. No tenía que pensar constantemente qué decir ni preocuparse por si una respuesta resultaba extraña. Podía reírse, equivocarse o quedarse callado sin sentir que estaba haciendo algo mal.
Era una sensación nueva.
Y, aunque todavía le costaba reconocerlo, empezaba a tener ganas de conocer a Tomeu más allá de aquellos breves encuentros.
Una tarde de martes, con el cielo encapotado y unas nubes oscuras que amenazaban con descargar lluvia en cualquier momento, Manoplas abrió la aplicación de comida a domicilio.
Tenía hambre, pero aquella vez no le apetecía recurrir a sus opciones habituales.
—A ver qué cae hoy… —murmuró mientras recorría el catálogo.
Durante unos minutos comparó diferentes combinaciones hasta detenerse en una pizza especial de la casa. Llevaba ingredientes que casi nunca elegía y que, hasta entonces, siempre había descartado por miedo a que no le gustaran.
Se quedó observándola unos segundos.
—Venga, vamos a probar algo nuevo.
Confirmó el pedido y dejó el teléfono sobre el sofá.
No era una decisión especialmente importante, pero le produjo cierta satisfacción. Últimamente empezaba a comprender que cambiar pequeñas cosas también podía resultar agradable. No todo tenía que seguir exactamente igual.
Mientras esperaba, encendió la televisión y se acomodó entre los cojines. Sin embargo, cuando la aplicación anunció que el pedido estaba en camino, volvió a sentir aquel cosquilleo familiar en el estómago.
Se incorporó, se levantó del sofá y caminó hasta el recibidor.
Se miró brevemente en el espejo, se alisó la camiseta y se pasó una mano por el pelo.
—A ver si hoy viene Tomeu… —susurró.
Después se quedó quieto, consciente de que estaba esperando algo más que una simple entrega.
Al otro lado de la ciudad, en la pizzería, Tomeu revisaba los últimos tickets de salida cuando sus ojos se detuvieron en una dirección que ya conocía perfectamente.
Era la de Manoplas.
Al leer el nombre de la pizza, arqueó las cejas y dejó escapar una sonrisa divertida.
—Vaya, vaya…
Uno de sus compañeros, que estaba colocando unas cajas cerca del horno, se fijó en su expresión.
—¿Qué pasa ahora?
—Parece que nuestro cliente favorito ha decidido innovar.
—¿El de la barbacoa?
—El mismo. Hoy ha pedido una pizza especial de la casa.
El compañero soltó una carcajada.
—¡No me lo puedo creer! ¿Una revolución gastronómica?
—Eso parece.
—Pues date prisa. No vaya a ser que se arrepienta y te pida que vuelvas con la de siempre.
Tomeu negó con la cabeza, divertido.
—Muy gracioso.
Comprobó que la bebida estuviera bien colocada, guardó la pizza en la bolsa térmica y se preparó para salir.
Mientras se ajustaba el casco, se descubrió pensando en la última conversación que habían mantenido. Manoplas había estado especialmente hablador y hasta se había atrevido a bromear con él antes de despedirse.
Aquellos pequeños avances le producían una satisfacción difícil de explicar.
No sabía exactamente qué sentía Manoplas por él. Tampoco quería interpretar cada sonrisa como una señal de algo más. Pero sí tenía claro que disfrutaba de su compañía y que le gustaría conocerlo fuera de aquel contexto tan particular.
Llevaba tiempo pensando en proponérselo.
No quería hacerlo de cualquier manera ni aprovecharse de la confianza que Manoplas había ido depositando en él. Prefería encontrar el momento adecuado y dejarle claro que podía decir que no sin que eso cambiara absolutamente nada entre ellos.
Aquella tarde, mientras conducía hacia el edificio, terminó de convencerse.
Si no se lo proponía, nunca sabría si Manoplas también tenía ganas de compartir un rato con él.
Aparcó frente al edificio, recogió la bolsa y subió las escaleras. Al llegar al descansillo, dejó escapar una pequeña respiración y presionó el timbre.
Dentro de casa, Manoplas dio un pequeño brinco al escuchar el sonido.
Se acercó rápidamente y abrió la puerta.
—¡Buenas tardes! —saludó Tomeu con una sonrisa.
—¡Hola, Tomeu!
La expresión de Manoplas se iluminó al reconocerlo. No hizo ningún esfuerzo por ocultar la alegría que le producía verlo.
Tomeu levantó ligeramente la bolsa.
—A ver, déjame adivinar… ¿Barbacoa con extra de queso?
Manoplas soltó una carcajada y negó con la cabeza.
—Pues va a ser que no. Hoy te has equivocado de pleno.
Tomeu abrió los ojos fingiendo una profunda decepción.