25. Una noche de confianza
La relación entre Manoplas y el primo había ido evolucionando poco a poco. Lo que al principio parecía una simple aproximación, marcada por conversaciones, miradas y pequeños gestos de complicidad, se había transformado en algo mucho más íntimo. Manoplas empezaba a confiar en él. Sentía que, después de tantas situaciones difíciles, había encontrado a alguien con quien podía bajar la guardia, compartir sus pensamientos y mostrarse tal como era, sin miedo a ser juzgada.
No imaginaba que aquella confianza podía convertirse en el instrumento perfecto para hacerle daño.
El primo, por su parte, vivía una contradicción cada vez más difícil de soportar. Sus sentimientos, si es que realmente habían llegado a desarrollarse, se mezclaban con la culpa y con las instrucciones que recibía de Lolo. Sabía que estaba participando en algo que podía causar un daño enorme, pero había llegado demasiado lejos y no encontraba la manera de detenerse.
Lolo había conseguido que el primo aceptara un papel que iba mucho más allá de lo que inicialmente había imaginado. Ya no se trataba únicamente de transmitir información, ocultar conversaciones o sostener determinadas mentiras. Ahora debía utilizar la cercanía emocional para conseguir que Manoplas confiara plenamente en él.
Y eso era precisamente lo que más le costaba.
Una confianza que crecía
Durante aquellos días, Manoplas había notado que el primo estaba más pendiente de ella. La buscaba con frecuencia, se interesaba por sus preocupaciones y parecía dispuesto a escucharla. Había momentos en los que incluso olvidaba las circunstancias que rodeaban aquella relación y se dejaba llevar por la sensación de estar viviendo algo especial.
El primo sabía escuchar. Había aprendido qué cosas le preocupaban, qué recuerdos le hacían daño y cuáles eran sus mayores inseguridades. Esa información, que Manoplas compartía creyendo que existía una relación de confianza, se había convertido en una herramienta dentro del plan de Lolo.
Sin embargo, no todo resultaba sencillo para él.
En ocasiones, cuando Manoplas lo miraba con cariño, sentía una punzada de vergüenza. Se preguntaba cómo podía continuar interpretando aquel papel mientras sabía que había intereses ocultos detrás de sus acercamientos.
—Últimamente te noto diferente —le comentó Manoplas una tarde—. A veces parece que estás preocupado por algo.
El primo intentó disimular.
—Son cosas mías. No quiero que te preocupes.
—Sabes que puedes hablar conmigo.
Aquellas palabras le hicieron bajar la mirada.
—Lo sé. Y te lo agradezco.
Manoplas interpretó su respuesta como una muestra de confianza. No podía imaginar que él estaba guardándose precisamente aquello que más necesitaba contarle.
Una noche especial
La noche llegó sin que ninguno de los dos sospechara hasta dónde podía conducir aquel encuentro.
Habían pasado varias horas hablando. El ambiente era tranquilo y la conversación había ido adquiriendo un tono cada vez más personal. Manoplas se sentía cómoda. Por primera vez en mucho tiempo, no tenía la sensación de estar pendiente de todo lo que sucedía a su alrededor.
El primo también parecía más relajado, aunque en su interior se libraba una batalla.
Manoplas se acercó a él y apoyó la cabeza sobre su hombro. No necesitaba grandes explicaciones ni promesas. Simplemente quería sentirse querida y acompañada.
—Me gusta estar contigo —le dijo.
Él tardó unos segundos en responder.
—A mí también.
Aquella respuesta no fue tan espontánea como Manoplas habría esperado. Había demasiadas cosas pasando por su cabeza, demasiadas palabras que no podía pronunciar.
La cercanía entre ambos fue aumentando de manera natural. Se besaron y terminaron compartiendo un momento de intimidad que representaba un paso importante en su relación.
Mantuvieron relaciones sexuales, en un encuentro íntimo y consentido por ambos, aunque Manoplas desconocía las verdaderas intenciones que habían condicionado parte de aquel acercamiento.
Para ella no era una estrategia ni una pieza de ningún plan. Era una expresión de cariño, una manera de demostrar que confiaba en aquella persona y que estaba dispuesta a compartir algo importante con él.
Después permanecieron juntos durante un rato, hablando en voz baja.
Manoplas se sentía tranquila. Pensaba que aquella noche había fortalecido la relación y que, quizá, estaban comenzando una etapa diferente.
El primo, en cambio, apenas podía mirarla a los ojos.
El peso de una mentira
Cuando Manoplas se quedó dormida, él permaneció despierto.
Observó durante unos instantes la habitación y recordó las palabras de Lolo. Todo aquello formaba parte de una estrategia cuidadosamente preparada. La confianza que Manoplas había depositado en él no era un resultado casual, sino precisamente el objetivo que pretendían conseguir.
Y ahora lo habían conseguido.
Sintió una mezcla de angustia y arrepentimiento. Había cruzado una frontera que ya no podía ignorar. Hasta entonces había podido convencerse de que simplemente seguía instrucciones, de que su participación no era tan importante o de que todavía podía rectificar sin causar demasiado daño.
Pero aquella noche había cambiado las cosas.
Manoplas había compartido con él un momento profundamente personal creyendo que existía sinceridad entre ambos. Él sabía que no le había contado toda la verdad y que había permitido que confiara en una imagen que estaba construida sobre omisiones y engaños.
Se levantó con cuidado y salió de la habitación.
Sacó el teléfono y encontró varios mensajes de Lolo.
«¿Cómo ha ido todo?»
«Necesito que me cuentes si has conseguido avanzar».
«No te olvides de lo que hablamos».
El primo leyó los mensajes con creciente malestar. Durante unos segundos pensó en apagar el teléfono y no responder. Pero sabía que Lolo no aceptaría fácilmente su silencio.