Cicatrices ocultas

18- Un refugio envenenado

CAPÍTULO 18

Una mente llena de maldad

Lolo llevaba varios días analizando cada interacción con Manoplas, midiendo sus palabras como un ajedrecista que estudia cuidadosamente los movimientos de su adversario.

Desde que había retomado el contacto, se había esforzado en dosificar su aparente preocupación, envolviendo cada mensaje en una capa de empatía cuidadosamente calculada. Sin embargo, había algo que comenzaba a impacientarlo: el muro de Manoplas no se derrumbaba a la velocidad que deseaba.

Sus respuestas continuaban siendo breves, evitaba las conversaciones demasiado personales y encontraba siempre alguna excusa para rechazar cualquier propuesta que implicase pasar tiempo juntos.

No era el resultado que esperaba de alguien a quien consideraba emocionalmente derrotado.

Pero Lolo no tenía la menor intención de tirar la toalla.

Los métodos burdos de la adolescencia —las burlas directas, los comentarios humillantes y el escarnio público— le habían enseñado una lección que ahora pretendía aprovechar: la hostilidad evidente activa los mecanismos de defensa de una persona y la empuja a protegerse.

Esta vez, el enfoque debía ser completamente distinto.

No quería convertirse en una amenaza de la que Manoplas sintiera la necesidad de escapar. Su ambición era bastante más retorcida: pretendía volverse indispensable.

Deseaba que aquel chico comenzara a percibirlo como alguien de confianza, una presencia amable capaz de acompañarlo durante sus momentos de soledad. Quería ocupar un espacio que nadie más estuviera llenando, aunque sus intenciones estuvieran muy lejos de cualquier sentimiento sincero.

Una tarde, sentado frente al ordenador, repasó nuevamente el historial de mensajes.

Manoplas: Estoy pasando por un momento difícil. Necesito tiempo.

Lolo: Claro, claro. Solo quiero que estés bien.

Lolo soltó una carcajada breve y apoyó la nuca contra el respaldo de la silla.

—Todavía desconfías de mí, ¿verdad? Qué previsible eres.

Apartó el teléfono y dejó vagar la mirada por el techo.

Manoplas había perdido a Tomeu, la persona que le había proporcionado el refugio emocional que tanto necesitaba después de años de inseguridades. Ahora se encontraba solo, intentando reconstruir una existencia que había quedado completamente desfigurada.

Lolo comprendía que no podía presentarse de repente como alguien fundamental en su vida. Aquello habría resultado demasiado evidente.

Su papel debía ser el del amigo paciente, el conocido que reaparecía después de mucho tiempo y que, aparentemente, solo pretendía ofrecer un poco de compañía.

No se ofrecería como sustituto de Tomeu. Tampoco cuestionaría su relación ni intentaría borrar los recuerdos que conservaba de él.

Al contrario.

Escucharía, asentiría y aparentaría comprender.

Pero detrás de aquella fachada seguía escondiéndose el mismo propósito de siempre: recuperar el poder que había perdido sobre Manoplas.

Quería conseguir que volviera a confiar para después demostrarle que aquella confianza había sido otro error.

—Esta vez jugaremos a otro juego —murmuró con una sonrisa torcida.

En el extremo opuesto de la ciudad, Manoplas intentaba sobrellevar una nueva jornada.

Habían transcurrido varias semanas desde el accidente y, aunque comenzaba a recuperar algunas rutinas básicas, su vida seguía girando alrededor de una ausencia imposible de llenar.

Había conseguido salir de casa para comprar, preparar alguna comida y adecentar mínimamente el dormitorio. Sin embargo, cualquier avance parecía insignificante cuando llegaba la noche y volvía a encontrarse solo.

Aquella mañana recibió una notificación.

Era Lolo.

Lolo: ¿Qué tal estás hoy?

Manoplas: Bueno, tirando. Algo mejor.

Lolo: Me alegra leer eso.

Manoplas: Gracias.

Lolo: ¿Has salido a estirar las piernas un rato?

Manoplas: Sí, he bajado a por unos recados.

Lolo: Eso está muy bien. Tienes que intentar hacer cosas que te despejen.

Manoplas: Ya, poco a poco.

Lolo: Exactamente. No puedes permitirte vivir atornillado a esas cuatro paredes.

Manoplas leyó aquella última frase y dejó el teléfono sobre la encimera.

No le apetecía entrar en debates. En el fondo, sabía que había cierta razón en aquellas palabras. Necesitaba recuperar el contacto con el exterior, aunque cada salida supusiera enfrentarse a recuerdos que todavía le resultaban insoportables.

Mientras calentaba un vaso de leche, su memoria le devolvió los planes de aquella escapada a la costa que Tomeu y él habían dejado a medias.

Cogió el teléfono y abrió la carpeta donde conservaba las fotografías del hotel que habían seleccionado juntos. Habían elegido una habitación con vistas al mar, cerca de una pequeña cala, y habían pasado varios días intercambiándose enlaces y comentarios sobre los lugares que querían visitar.

Manoplas amplió una de las imágenes.

—Algún día iré... —prometió en voz baja.

Pero sabía que nunca sería el mismo viaje.

Al día siguiente, Lolo decidió modificar ligeramente su estrategia.

Abandonó el papel del consejero improvisado y comenzó a introducir pequeños detalles de normalidad en sus conversaciones. Ya no preguntaba constantemente por el estado emocional de Manoplas. En ocasiones, simplemente compartía alguna fotografía o comentaba cualquier tontería del día.

Una tarde le envió la imagen de un rincón apartado de un parque, bañado por una luz especialmente agradable.

Lolo: Mira qué sitio tan apacible he encontrado dando una vuelta.

Manoplas: Tiene buena pinta.

Lolo: Es un remanso de paz. Me ha recordado a ti.

Manoplas: ¿A mí por qué?

Lolo: Porque sé que valoras los lugares donde el ruido no te atropella.



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En el texto hay: omegaverse, drama, lgbtq

Editado: 04.11.2026

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