CAPÍTULO 4 El repartidor
Era jueves por la tarde y Manoplas llevaba ya demasiadas horas atrapado en el perímetro invariable de su habitación. La jornada se le había escapado entre el brillo hipnótico de las pantallas, partidas aleatorias en el ordenador y listas de música reproducidas en bucle. Salir a la calle ni siquiera entraba en sus planes; la sola idea de vestir una chaqueta y enfrentar el movimiento de la ciudad le producía una fatiga anticipada.
Cuando el estómago empezó a protestar, desbloqueó el teléfono y buscó el menú de siempre.
—Hoy voy a cambiar un poco —murmuró, recorriendo las fotos iluminadas de la carta.
Tras unos minutos de indecisión, se decantó por una pizza cuatro quesos y una bebida fría. Confirmó la comanda, dejó el móvil al borde del colchón y reanudó la serie que tenía a medias.
Mientras tanto, a unos pocos kilómetros, en la trastienda azucarada por la harina y el calor de los hornos, el repartidor terminaba de verificar los pedidos en pantalla.
Se llamaba Tomeu. Tenía tres años más que Manoplas y llevaba unos meses acumulando kilómetros sobre la moto de la pizzería. Era un chico abierto, de mirada tranquila y una socarronería amable que facilitaba el trato con la gente. Aunque el cansancio de las entregas a contrarreloj le pesaba en las piernas al final del turno, disfrutaba de ese deambular por la ciudad y de la breve pincelada de vida que se adivinaba tras cada umbral que se abría.
En ese momento, la impresora de comandas soltó un nuevo boleto.
Al leer el nombre y el piso impresos en el papel térmico, una chispa de reconocimiento le hizo esbozar una sonrisa.
—Otra vez esta dirección —comentó al aire mientras encajaba la caja caliente dentro de la bolsa roja.
Uno de sus compañeros levantó los ojos del mostrador.
—¿Te suena?
—No mucho. Es un chico al que le he llevado un par de entregas últimamente.
—Pues vuela, que la masa se enfría.
Tomeu asintió, recogió el casco, hizo girar las llaves en el dedo y salió a la penumbra de la tarde.
Aparcó junto a la acera, subió los tramos de escaleras de dos en dos para estirar las piernas y se detuvo frente a la puerta familiar. Presionó el timbre.
Dentro, Manoplas se incorporó despacio de la cama, abandonó el teléfono y caminó en calcetines hasta el recibidor. Abrió entornando la puerta solo lo justo.
—Buenas tardes.
—Hola. Te traigo el pedido —dijo Tomeu sosteniendo la bolsa térmica a la altura del pecho.
—Ah, sí. Gracias.
Tomeu le extendió la caja, rozando apenas los cartones, y echó un vistazo rápido al ticket pegado en el lateral.
—¿Otra cuatro quesos?
Manoplas levantó ligeramente la mirada, sorprendido por el detalle, y sus ojos se encontraron un segundo con los del repartidor.
—Sí... ¿Tanto se nota que es mi favorita?
Tomeu soltó una carcajada suave, franca, que resonó clara en la quietud del descansillo.
—Un poco, la verdad. Creo que te he traído ya unas cuantas en las últimas semanas.
Una ligera calidez le subió a Manoplas por el cuello, pero logró esbozar una sonrisa tímida, casi imperceptible.
—Es que la hacen muy buena.
—A eso no te voy a poner ningún pero.
Por un instante, el silencio que siguió no resultó incómodo. Tomeu aprovechó esos segundos para observar los detalles que en entregas anteriores solo había atisbado de reojo: la voz pausada de Manoplas, casi un susurro; la forma nerviosa en que sostenía la caja contra el pecho y esa manía de esquivar el contacto visual prolongado, como si temiera ser evaluado. No había frialdad en su actitud, sino una timidez profunda, el gesto cauto de alguien que llevaba mucho tiempo viviendo a la defensiva.
—Bueno, que aproveche la cena —dijo Tomeu rompiendo el lapso sin brusquedad.
—Gracias. Que tengas buena tarde en la ruta.
—Igualmente. Nos vemos.
Manoplas encajó el cerrojo y se apoyó un segundo contra la madera de la puerta antes de regresar a la seguridad de su cuarto.
Tomeu bajó los peldaños de dos en dos, pisó la acera y se abrochó la tira del casco. Al arrancar la moto y reincorporarse al tráfico, descubrió que la imagen de ese chico retraído seguía rondándole en la cabeza. No sabría definir exactamente qué era, pero había algo en su mirada esquiva y en la brevedad de su sonrisa que despertaba en él una curiosidad distinta, una empatía instintiva que no solía sentir con el resto de los clientes.
Sacudió la cabeza para centrarse en la carretera. Todavía le quedaba media docena de direcciones antes de cerrar la persiana del local.
Los días posteriores discurrieron bajo el mismo compás de siempre. Manoplas continuó haciendo de su habitación su territorio infranqueable y recurriendo a la comida a domicilio cuando la soledad o el cansancio apretaban. En ocasiones aparecía algún otro repartidor, pero a menudo la pantalla de la moto elegía a Tomeu.
Poco a poco, las entregas en aquella puerta perdieron el rigor del protocolo.
—Hola otra vez —saludaba Tomeu nada más abrirse el umbral, con el casco bajo el brazo.
—Hola —respondía Manoplas, notando que el nudo en el estómago cedía un poco más cada vez.
—A este paso voy a tener que pedir una comisión como tu repartidor oficial.
—Podría ser —replicaba Manoplas, dejando escapar una pequeña sonrisa real, libre de tensión.
Tomeu reía con naturalidad antes de despedirse y regresar a la calle. Eran cruces de palabras de apenas veinte segundos, pero para ambos comenzaban a ser el paréntesis más agradable de la jornada.
Una tarde, tras completar un pedido cercano, Tomeu regresó a la pizzería y se apoyó contra el mostrador para tomar un trago de agua mientras aguardaba la siguiente hornada.
El mismo compañero de días atrás lo observó de reojo con una mueca divertida.
—Últimamente vuelves con una sonrisa bastante sospechosa de algunas rutas.
—¿Ah, sí? Ni me había dado cuenta.