Cicatrices ocultas

10- El primer beso

CAPÍTULO 10

Un beso sin miedo

Después de aquella primera comida, los cimientos invisibles sobre los que se sostenía el mundo de Manoplas habían comenzado a recolocarse lentamente.

No había sido una revolución repentina ni un cambio espectacular de esos que transforman una vida de la noche a la mañana. Era algo mucho más discreto, casi imperceptible, pero también mucho más profundo. Una transformación que se abría paso a través de pequeños gestos cotidianos, de palabras inesperadas y de una presencia que, poco a poco, había empezado a convertirse en una parte importante de sus días.

Las horas ya no se medían únicamente por el tiempo que permanecía encerrado en casa, sino también por la frecuencia con la que el teléfono iluminaba la mesita de noche. Un mensaje de buenos días, una broma a media tarde o una conversación que se prolongaba hasta bien entrada la madrugada. Cualquier excusa parecía buena para saber el uno del otro.

Las salidas también se habían multiplicado casi sin darse cuenta. A veces compartían un almuerzo improvisado; otras, daban paseos sin rumbo por calles tranquilas o se sentaban en algún rincón apartado para contemplar cómo transcurría la tarde.

Tomeu tenía una virtud que Manoplas valoraba cada vez más: sabía esperar.

Nunca intentaba acelerar las cosas, no exigía explicaciones cuando los silencios se volvían demasiado largos ni interpretaba sus momentos de inseguridad como un rechazo personal. Había aprendido a reconocer cuándo necesitaba hablar, cuándo prefería escuchar y cuándo lo único que podía ayudarlo era permanecer a su lado sin hacer preguntas.

Y Manoplas, casi sin proponérselo, había comenzado a bajar la guardia.

Por primera vez en mucho tiempo, no sentía que tuviera que representar un papel para resultar agradable. Podía mostrarse tímido, inseguro, bromista o incluso estar de mal humor. No necesitaba esconder sus peculiaridades ni disculparse constantemente por ser como era.

Aquella tarde, mientras permanecía tumbado sobre la cama, el zumbido del teléfono rompió la tranquilidad de su habitación.

Era Tomeu.

—¿Qué haces?

Manoplas sonrió antes incluso de responder.

—Nada, aquí aburrido. ¿Y tú?

La contestación llegó casi inmediatamente.

—Acabo de salir de trabajar. ¿Te apetece dar una vuelta?

El chico ladeó la cabeza, divertido.

—¿Ahora mismo?

—Sí, a menos que tengas algún plan secreto fascinante.

—Déjame que lo piense...

—No tardes demasiado, que entre la moto y los años me estoy haciendo viejo esperando.

Manoplas soltó una carcajada.

—Qué exagerado eres. Dame veinte minutos y salgo.

—Te espero en la esquina de siempre.

Dejó el móvil sobre la colcha y se incorporó con una agilidad que meses atrás habría resultado impensable.

Se vistió sin demasiadas complicaciones: unos vaqueros cómodos, una sudadera holgada y sus zapatillas habituales. Ya no necesitaba pasar una eternidad frente al armario buscando la combinación perfecta ni cambiarse de ropa varias veces por miedo a no causar una buena impresión.

Al mirarse en el espejo del recibidor, se detuvo unos segundos.

Seguía siendo el mismo Manoplas de siempre. Conservaba sus inseguridades, sus miedos y aquella timidez que tantas veces lo había hecho sentirse diferente. Sin embargo, había algo nuevo en su expresión. Una pequeña ilusión que antes apenas se permitía experimentar.

Iba a encontrarse con alguien que le importaba.

Y eso bastaba para que se le dibujara una sonrisa.

Cuando dobló la esquina del punto de encuentro, encontró a Tomeu recostado contra una farola, con las manos hundidas en los bolsillos y una expresión de aparente resignación.

—¡Hombre! —exclamó al verlo—. Ya pensaba que me habías dejado plantado para continuar con tu interminable maratón de series.

—Veinte minutos exactos. Ni uno más. No tienes motivos para quejarte.

—He sufrido un abandono emocional tremendo.

—Pues no se te nota demasiado el trauma.

—Es que soy un hombre fuerte. He aprendido a superar las adversidades.

Manoplas negó con la cabeza, divertido.

—Estás como una cabra.

Tomeu soltó una carcajada y se acercó para abrazarlo. Manoplas correspondió al gesto con naturalidad, rodeándole la cintura y apoyando brevemente la mejilla contra su pecho.

Aquel contacto que al principio le provocaba cierta rigidez había terminado convirtiéndose en uno de los pequeños placeres que más esperaba de sus encuentros.

—¿Qué tal ha ido el turno? —preguntó mientras comenzaban a caminar.

—Bastante movido, pero nada que no pueda soportar. ¿Y tú? ¿Cómo ha ido tu tarde de sofá?

—Muy tranquila. He empezado otra serie porque la anterior estaba perdiendo fuelle.

—No me digas más. Otro maratón en camino.

—Exactamente. Alguien tiene que mantener las estadísticas altas.

—Deberías cobrar por tantas horas de dedicación.

—No me des ideas.

Ambos rieron.

El paseo transcurrió entre conversaciones ligeras, bromas y esos silencios cómodos que cada vez resultaban más frecuentes entre ellos. No necesitaban llenar cada minuto con palabras. Bastaba con caminar juntos, sentir ocasionalmente el roce de sus hombros y disfrutar de la compañía mutua.

El sol comenzaba a descender, tiñendo las fachadas de la ciudad de tonos dorados y anaranjados. La luz del atardecer se reflejaba en las ventanas mientras una brisa suave refrescaba las calles.

Tomeu, que parecía tener pensado el recorrido desde el principio, lo condujo hasta un pequeño mirador con varios bancos de madera. Desde allí se contemplaba una panorámica despejada de la ciudad.

—¿Te apetece sentarte un rato? —preguntó, señalando uno de los bancos más apartados.

—Claro. Aquí se está muy bien.

Se acomodaron uno al lado del otro. Durante unos instantes permanecieron contemplando el horizonte, escuchando el murmullo lejano del tráfico y el movimiento de las hojas de los árboles.



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En el texto hay: omegaverse, drama, lgbtq

Editado: 04.11.2026

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