Cicatrices ocultas

9- Fuera del búnker

CAPÍTULO 9

Nuestra primera cita

Manoplas llevaba despierto desde que los primeros hilos de claridad comenzaron a filtrarse por la rendija de la persiana.

Había dormido poco. No porque hubiera pasado la noche en vela, al menos no por completo, sino porque cada vez que conseguía cerrar los ojos durante unos minutos, su mente encontraba la manera de recordarle lo que iba a suceder aquella tarde.

Había quedado con Tomeu.

La frase se repetía en su cabeza con una mezcla de ilusión y desconcierto. Todavía le costaba creer que aquello estuviera ocurriendo de verdad. Hasta hacía unas semanas, sus días transcurrían prácticamente iguales: levantarse tarde, permanecer en su habitación, entretenerse con el móvil y evitar cualquier situación que implicara abandonar la seguridad de su casa. Sin embargo, ahora tenía una cita. Una cita con alguien a quien deseaba ver.

Solo pensarlo le provocaba un cosquilleo en el estómago.

Se incorporó lentamente y se quedó sentado en el borde de la cama. Miró alrededor. Su habitación seguía siendo la misma de siempre, con la ropa acumulada sobre una silla, los libros en la mesita y las persianas medio bajadas. Todo permanecía en su sitio, como si el mundo exterior no hubiera cambiado en absoluto.

Pero algo sí había cambiado.

Por primera vez en mucho tiempo, tenía un motivo para salir que no estaba relacionado con una obligación, una compra o una visita inevitable. No iba a abandonar su casa porque alguien se lo hubiera pedido, sino porque quería hacerlo.

Y eso, aunque pudiera parecer insignificante para cualquier otra persona, suponía un paso enorme para él.

Apartó las mantas y se levantó.

—Bueno... ¿qué se supone que se pone uno para esto? —murmuró mientras abría las puertas del armario.

Contempló la ropa durante unos segundos, como si esperara que alguna prenda se ofreciera voluntariamente.

Sacó una camiseta oscura y la dejó sobre la cama. Después cogió otra, de un color algo más claro, pero terminó devolviéndola a su sitio. Probó con unos pantalones, los dejó encima de la silla y volvió a mirar el armario.

Aquello empezaba a parecer ridículo.

No era la primera vez que se vestía para salir, pero sí la primera en mucho tiempo que dedicaba tanta atención a su aspecto por alguien en concreto. Quería causar una buena impresión, aunque le daba vergüenza reconocerlo incluso estando solo.

Se acercó al espejo del recibidor y se observó con detenimiento. Se pasó los dedos por el pelo, intentó colocárselo de una manera que pareciera natural y ladeó ligeramente la cabeza.

—No está tan mal —se dijo.

Pero inmediatamente apareció una nueva duda.

¿Y si Tomeu esperaba encontrar a alguien diferente? ¿Y si en persona resultaba mucho más aburrido de lo que parecía durante sus conversaciones en el rellano? ¿Y si se quedaban sin temas de conversación?

Las preguntas comenzaron a acumularse hasta que notó cómo la ansiedad le apretaba el pecho.

Por un instante, la idea de cancelar la cita le pareció tentadora.

Solo tenía que coger el móvil y escribir un mensaje. Podía decir que se encontraba mal, que le había surgido un imprevisto o que prefería dejarlo para otro día. Tomeu seguramente lo entendería. Siempre había demostrado ser paciente y nunca le había exigido nada.

Pero entonces recordó algo: llevaba semanas deseando que llegara aquel momento.

Había esperado sus entregas, había sonreído al reconocer su nombre en la aplicación y había empezado a contarle pequeñas cosas de su vida que antes habría preferido guardarse. Incluso había aceptado tomar algo con él, aunque al principio la propuesta le hubiera parecido una auténtica locura.

No quería echarlo todo atrás por miedo.

Cerró los ojos y respiró profundamente.

—Venga ya... tampoco voy a la guerra —se reprendió con una pequeña sonrisa.

Finalmente eligió unos vaqueros cómodos, una camiseta que le quedaba bien y una chaqueta ligera. Se lavó la cara con agua fría, se peinó con los dedos y comprobó que llevaba el móvil en el bolsillo.

Antes de salir, volvió a mirar su habitación.

No sabía cuánto duraría aquella sensación de inquietud ni si sería capaz de disfrutar de la tarde sin pensar constantemente en lo que los demás pudieran opinar de él. Pero estaba dispuesto a intentarlo.

Abrió la puerta, recorrió el pasillo y llegó hasta la entrada.

Durante unos segundos permaneció inmóvil, con la mano sobre el pomo.

Aquel umbral había representado durante mucho tiempo la frontera entre un lugar seguro y un mundo que le parecía hostil. Cruzarlo siempre había requerido un esfuerzo que pocas personas podían imaginar.

Esta vez, sin embargo, no quería dejar que el miedo decidiera por él.

Giró la manivela y salió.

Tomeu llevaba un buen rato esperando cerca de la entrada del pequeño restaurante que había elegido para la ocasión.

No tenía ninguna prisa, pero había llegado bastante antes de la hora acordada. Durante los primeros minutos había estado convencido de que era mejor esperar a que llegara Manoplas. Después había mirado el reloj, consultado el móvil y vuelto a mirar el reloj.

Ahora estaba apoyado contra una pared de ladrillo visto, intentando disimular unos nervios que no terminaban de desaparecer.

No llevaba el uniforme de la pizzería ni la mochila térmica que acostumbraba a cargar durante sus turnos. Se había puesto unos pantalones cómodos, una camiseta sencilla y una chaqueta ligera. Había dedicado más tiempo del habitual a arreglarse, aunque jamás lo reconocería si alguien se lo preguntaba.

Le hacía ilusión aquel encuentro.

Durante las últimas semanas había disfrutado de cada conversación con Manoplas, incluso de aquellas que apenas duraban unos minutos. Había aprendido a reconocer sus sonrisas, sus pequeñas bromas y esa manera tan particular de bajar la mirada cuando algo le daba vergüenza.

También había comprendido que no debía precipitarse.



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En el texto hay: omegaverse, drama, lgbtq

Editado: 04.11.2026

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