Cicatrices ocultas

15-El último mensaje

CAPÍTULO 15

La llamada

La noche avanzaba con una lentitud insoportable y Manoplas seguía despierto, tumbado en la penumbra de su habitación.

Tenía el móvil junto a la almohada y los ojos clavados en las sombras que se dibujaban en el techo. Había intentado encender la televisión para distraerse, incluso había buscado refugio en alguna de las series que tantas veces le habían acompañado durante sus noches de insomnio. Sin embargo, no conseguía prestar atención a nada. Las imágenes pasaban frente a sus ojos sin que llegara a comprender lo que estaba viendo.

Su mente estaba en otra parte.

Cada pocos minutos, sus dedos se movían por puro instinto hacia el teléfono. Desbloqueaba la pantalla, abría la conversación con Tomeu y comprobaba si había recibido algún mensaje.

Nada.

Al principio no se había preocupado demasiado. Conocía los horarios de la pizzería y sabía que algunos turnos podían alargarse más de lo previsto. A veces se acumulaban los pedidos, surgía algún imprevisto o un reparto se retrasaba. No era la primera vez que Tomeu llegaba más tarde de lo que había calculado.

Por eso intentaba mantener la calma. No quería dejarse llevar por pensamientos negativos ni convertir una demora habitual en un motivo de angustia.

Pero, a medida que pasaban las horas, la inquietud iba creciendo.

No era únicamente que Tomeu no hubiera escrito. Era que lo echaba de menos. Necesitaba saber que estaba bien, escuchar su voz, recibir uno de aquellos mensajes cariñosos que conseguían dibujarle una sonrisa incluso en los días más difíciles.

Se giró sobre el colchón y volvió a abrir la conversación.

Allí seguía su último mensaje:

«Cuando acabes y llegues a casa, avísame aunque sea tarde. Tengo unas ganas locas de verte. Te quiero».

Lo leyó despacio. Después volvió a leerlo, como si aquellas palabras pudieran acercarle un poco más a la persona que esperaba.

—Seguro que está a punto de llegar... —murmuró.

Intentó convencerse de que no había ningún motivo para preocuparse. Dejó el móvil sobre la mesita, se acomodó bajo la colcha y cerró los ojos.

Quizá Tomeu aparecería en cualquier momento. Quizá recibiría un mensaje suyo antes de quedarse dormido. Quizá, al despertar, tendría una explicación sencilla para aquella demora.

Manoplas no podía imaginar que, a unos kilómetros de allí, la vida que ambos habían empezado a construir acababa de romperse para siempre.

La jornada de Tomeu había transcurrido con el ajetreo habitual de la pizzería. Había sido una tarde especialmente movida, con pedidos que se acumulaban y compañeros que apenas encontraban un momento para descansar. Aun así, él había mantenido el buen humor. Pensaba en Manoplas y en las ganas que tenía de terminar el turno para poder pasar por su casa.

Habían hablado durante el día de la escapada que querían hacer a la costa. Todavía tenían que decidir algunos detalles, pero la ilusión de compartir aquel fin de semana le acompañaba mientras trabajaba.

Antes de salir para el último reparto, había mirado el teléfono. No había ningún mensaje nuevo, aunque recordaba perfectamente el último que había recibido.

Sonrió para sí.

Tenía intención de contestarle en cuanto terminara. Después iría a verlo, tal como le había prometido.

El trayecto era breve y conocido. Había recorrido aquellas calles muchas veces y no esperaba que aquella noche fuera diferente a tantas otras.

Sin embargo, en un cruce, todo cambió.

El accidente ocurrió en apenas unos segundos. Un instante antes, Tomeu estaba recorriendo una calle que conocía de memoria; al siguiente, el ruido de la colisión quebró la tranquilidad de la noche.

Las sirenas de los servicios de emergencia no tardaron en llegar. Los sanitarios se apresuraron a atenderlo y realizaron todas las maniobras que estuvieron en sus manos para intentar salvarle la vida.

Pero no fue suficiente.

Tomeu murió aquella noche.

Tenía veintidós años. Una risa fácil, una paciencia enorme y una forma de mirar a los demás que hacía que quienes lo rodeaban se sintieran importantes. Tenía una familia que lo quería, compañeros que compartían con él sus jornadas de trabajo y un chico que lo esperaba en casa con el corazón lleno de planes.

Un chico que, unas horas antes, le había pedido que tuviera cuidado con la moto.

Un chico al que había prometido volver a ver aquella misma noche.

Un chico que todavía conservaba sus fotografías, sus mensajes y todas aquellas pequeñas promesas que habían empezado a construir juntos.

Y que aún no sabía que nunca volvería a abrazarlo.

En la pizzería, la noticia llegó como un golpe imposible de asimilar.

Durante unos segundos, nadie supo qué decir. Las comandas seguían pendientes, los teléfonos continuaban sonando y el trabajo permanecía detenido en medio de un silencio extraño. Los compañeros se miraban unos a otros, esperando que alguien negara lo que acababan de escuchar.

—¿Estáis seguros? —preguntó uno de ellos, con la voz temblorosa—. No puede ser... Si acaba de salir de aquí hace un momento.

Nadie encontró palabras para responderle.

Todos conocían a Tomeu. Habían compartido turnos interminables, bromas durante los descansos y conversaciones mientras preparaban los pedidos. Les costaba aceptar que aquel compañero que hacía tan poco había cruzado la puerta para realizar un reparto ya no fuera a regresar.

Pero la realidad no dejaba espacio para la esperanza.

Y entonces llegó una de las decisiones más dolorosas de aquella noche.

Había que avisar a su familia. Había que comunicar lo ocurrido. Y también había que encontrar la manera de decírselo a Manoplas, el chico al que Tomeu tanto quería y que seguramente seguía esperándolo.

Alguien tuvo que buscar su número de teléfono.

Alguien tuvo que reunir fuerzas para marcarlo.

El teléfono de Manoplas rompió de pronto el silencio de la habitación.



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En el texto hay: omegaverse, drama, lgbtq

Editado: 04.11.2026

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