Cicatrices ocultas

20- Cómplice a la fuerza

CAPÍTULO 20

El encargo

La mañana siguiente al encuentro en la cafetería, Manuel se despertó con una sensación que hacía tiempo que no experimentaba: tranquilidad.

Había dormido bastante bien y, al abrir los ojos, recordó la conversación de la tarde anterior. Pensó en Manoplas, en su expresión cansada, en aquella tristeza que parecía acompañarlo incluso cuando sonreía y, sobre todo, en la manera tan sincera con la que le había agradecido que lo escuchara.

No sabía si volverían a verse pronto, pero le apetecía que así fuera.

Quizá aquella amistad podía convertirse en algo bonito. No tenía ninguna intención de sustituir a Tomeu ni de ocupar un espacio que no le correspondía. Simplemente quería ofrecerle compañía a alguien que estaba atravesando una situación terrible.

Manuel siempre había sido así. Cuando alguien sufría, sentía la necesidad de acercarse, escuchar y ayudar en lo que pudiera. En ocasiones, aquella sensibilidad le había ocasionado más de una decepción, pero nunca había conseguido desprenderse de ella.

Se levantó, preparó café y desayunó tranquilamente.

Mientras recogía la cocina, volvió a mirar el teléfono. No había mensajes nuevos de Manoplas. Sonrió ligeramente y lo dejó sobre la encimera.

No tenía ninguna prisa.

Lo que Manuel ignoraba era que, mientras él comenzaba a imaginar una amistad sincera, Lolo llevaba horas preparando el siguiente movimiento.

Para Lolo, el encuentro había sido un éxito. Su primo había conectado con Manoplas y había conseguido algo que él todavía no había logrado: que el muchacho se sintiera cómodo compartiendo sus sentimientos.

Pero aquello no era suficiente.

Quería ir mucho más lejos.

Había comprendido que Manuel podía convertirse en la puerta de entrada definitiva a la vida de Manoplas. Si conseguía que su primo estrechara la relación, tendría una excusa permanente para estar presente. Y si, además, Manuel lograba que Manoplas desarrollara sentimientos hacia él, la situación adquiriría unas dimensiones que Lolo consideraba especialmente interesantes.

Aquella tarde decidió que había llegado el momento de hablar claro.

La llamada inesperada

Eran aproximadamente las cinco cuando el teléfono de Manuel comenzó a vibrar.

En la pantalla apareció el nombre de su primo.

—¿Diga?

—Primo, ¿estás en casa?

—Sí, aquí estoy. ¿Qué pasa?

—Necesito verte.

Manuel se quedó unos segundos en silencio.

—¿Ha ocurrido algo?

—Necesito hablar contigo de un asunto importante. ¿Puedes pasarte por mi piso?

—¿Pero es algo grave?

—No pienso explicártelo por teléfono. Ven y hablamos tranquilamente.

El tono de Lolo no admitía demasiadas preguntas.

—Bueno, vale. En una hora puedo estar ahí.

—Perfecto. Te espero.

La llamada terminó.

Manuel dejó el teléfono sobre la mesa con cierta inquietud. No era habitual que Lolo lo llamara de aquella manera, tan seco y autoritario. Habían hablado de Manoplas dos días antes, pero no imaginaba que pudiera existir algún problema relacionado con aquel asunto.

Durante unos minutos intentó quitarle importancia.

Quizá quería organizar otra salida. Tal vez había surgido alguna complicación familiar.

Se duchó, se vistió y salió de casa.

Sin embargo, mientras caminaba hacia el edificio de su primo, una sensación incómoda comenzó a instalarse en su estómago.

No sabía por qué, pero tenía la impresión de que aquella conversación no iba a ser agradable.

La propuesta

Una hora después, Manuel tocó el timbre.

Lolo abrió la puerta y se apartó para dejarlo pasar.

—Entra.

—Hola, primo.

—Cierra, anda. Siéntate.

Manuel obedeció.

El salón estaba prácticamente igual que siempre. Sobre la mesa había un cenicero, un vaso con agua y el teléfono de Lolo. La televisión permanecía apagada.

Su primo se sentó enfrente y cruzó las piernas.

—Bueno, ya estoy aquí. ¿Qué querías contarme?

Lolo lo observó durante unos segundos.

—Quiero hablar de Manoplas.

Manuel frunció el ceño.

—¿Qué pasa con él?

—He estado pensando en lo del otro día.

—¿Y?

—Me parece que os llevasteis bastante bien.

—Sí. La verdad es que me cayó genial.

—¿Te pareció una persona interesante?

—Claro que sí. Está pasando por una situación horrible, pero me parece un chico estupendo.

Lolo asintió lentamente.

—Precisamente por eso quiero pedirte algo.

—Dime.

—Quiero que intensifiques tu acercamiento.

Manuel sonrió con naturalidad.

—No tengo ningún problema. Podemos quedar otra vez, tomar algo, hablar de series... Lo que haga falta.

Lolo negó con la cabeza.

—No me has entendido.

—¿A qué te refieres?

Su primo se inclinó hacia delante y apoyó los codos sobre las rodillas.

—Quiero que consigas que se enamore de ti.

Manuel se quedó inmóvil.

Durante unos segundos no supo si había escuchado bien. Miró a Lolo esperando encontrar alguna señal de que aquello era una broma, pero la expresión de su primo permanecía completamente seria.

—¿Cómo dices?

—Lo que has oído.

—¿Estás hablando en serio?

—Completamente.

Manuel soltó una carcajada nerviosa, más por incredulidad que por diversión.

—Venga, Lolo. No me hagas perder el tiempo.

—No estoy bromeando.

La sonrisa desapareció del rostro de Manuel.

—¿Me estás pidiendo que haga que Manoplas se enamore de mí?

—Exactamente.

Manuel se levantó lentamente.

—¿Tú estás mal de la cabeza?

—Siéntate y escucha.

—¡No! Quiero que me expliques qué clase de barbaridad es esta.

Lolo permaneció sentado.

—Es muy sencillo. Quiero que te acerques a él, que le prestes atención, que estés pendiente de sus necesidades y que te conviertas en alguien importante para él.

—Pero ¿por qué?

—Porque necesito que confíe en ti.



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En el texto hay: omegaverse, drama, lgbtq

Editado: 04.11.2026

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