Cicatrices ocultas

23- El principio del fin

CAPÍTULO 23. OTRA OPORTUNIDAD

Habían transcurrido ya varias semanas desde que Manuel y Manoplas entablaran aquel primer contacto. Lo que en un principio parecía una compañía pasajera se había convertido, casi sin darse cuenta, en una amistad cada vez más estrecha.

Los mensajes se habían vuelto parte de sus rutinas. Se daban los buenos días antes de comenzar sus respectivas jornadas, compartían anécdotas durante el día y, cuando llegaba la tarde, buscaban cualquier excusa para encontrarse.

Manoplas empezaba a acostumbrarse a aquella presencia. Le gustaba recibir un mensaje de Manuel al despertarse, contarle alguna tontería que le había ocurrido o saber que podía llamarlo cuando necesitaba hablar.

Después de la muerte de Tomeu, había llegado a pensar que nunca volvería a sentirse cómodo junto a otra persona. El dolor le había cerrado muchas puertas y la desconfianza se había convertido en una especie de protección.

Sin embargo, Manuel estaba consiguiendo que se planteara algo que hasta hacía poco le parecía imposible: quizá todavía podía confiar en alguien.

Lo que desconocía era que aquella amistad había comenzado por un encargo de Lolo. Tampoco imaginaba que Manuel, a pesar del cariño que ya sentía por él, continuaba atrapado en una situación de chantaje que le impedía contarle la verdad.

Una sonrisa diferente

Era jueves por la tarde cuando el teléfono de Manoplas vibró sobre la mesita.

Manuel: ¿Qué haces, desaparecido?

Manoplas: Jajajaja. Aquí, enclaustrado en casa. ¿Y tú?

Manuel: Dándole vueltas a qué hacer con la tarde.

Manuel: Si estás libre, podríamos vernos un rato.

Manoplas: Me parece un plan excelente. ¿Dónde nos vemos?

Manuel: En el sitio de costumbre. Invito yo al café.

Manoplas: No digas tonterías, no tienes que invitarme siempre.

Manuel: Hoy me apetece tener un detalle. No acepto un no por respuesta.

Manoplas: Vale, trato hecho.

Manoplas dejó el teléfono y se levantó de la cama. Se dirigió al cuarto de baño y se miró en el espejo mientras se arreglaba el pelo.

De pronto, se dio cuenta de algo que llevaba mucho tiempo sin experimentar: tenía ganas de salir.

No era una felicidad completa. Seguía echando de menos a Tomeu y había momentos en los que cualquier recuerdo podía devolverlo al dolor. Pero aquella tarde le apetecía arreglarse, pasear y disfrutar de unas horas de compañía.

Y eso, para él, ya era un pequeño triunfo.

Antes de salir, se detuvo frente a la fotografía de Tomeu que tenía en una estantería.

—Hoy voy a intentar pasarlo bien, ¿vale? —murmuró con una sonrisa triste.

Después cogió las llaves y salió de casa.

Una conversación especial

Manuel lo esperaba en la terraza de siempre. Estaba sentado junto a una mesa, mirando distraídamente la carta del establecimiento.

Cuando vio aparecer a Manoplas, levantó el brazo.

—¡Hombre! ¡Hasta que apareces!

—¡Tampoco he tardado tanto! No exageres.

—Las manecillas del reloj no mienten.

—Pues deberías comprarte uno nuevo, porque el tuyo debe de adelantar.

Ambos soltaron una carcajada.

—¿Qué tal el día? —preguntó Manuel.

—Bastante tranquilo. ¿Y el tuyo?

—Monótono, pero soportable. Ya tocaba despejarse.

Pidieron las bebidas y comenzaron a hablar de sus respectivas semanas. Manuel le contó una anécdota del trabajo que consiguió hacer reír a Manoplas, quien respondió relatándole una situación absurda que había vivido aquella misma mañana.

Durante un rato, todo resultó sencillo.

No había tristeza, ni conversaciones difíciles, ni silencios incómodos. Solamente dos personas compartiendo una tarde agradable.

Al cabo de un rato, Manuel le hizo una pregunta.

—Oye, ¿has vuelto a retomar alguna de esas aficiones que tenías abandonadas?

Manoplas pensó unos segundos.

—Lo estoy intentando. Antes me gustaba mucho salir a caminar, descubrir sitios nuevos, improvisar alguna escapada...

—¿Y ahora?

—Ahora me cuesta. Hay lugares a los que no quiero volver porque me recuerdan demasiado a Tomeu.

—Es comprensible.

—Pero tampoco quiero pasarme la vida evitando todos esos sitios. No quiero que mis recuerdos terminen convirtiéndose únicamente en tristeza.

Manuel asintió.

—No tienes que olvidar lo que viviste para empezar a disfrutar de otras cosas.

—Últimamente parece que todos me dais consejos muy buenos.

—Será que estás rodeado de gente inteligente.

—No te incluyas tan rápido —respondió Manoplas, riéndose.

Manuel fingió sentirse ofendido.

—¡Qué poca consideración!

La conversación continuó entre bromas, hasta que Manoplas comentó que había estado mirando alojamientos por internet.

—Estoy pensando en hacer una escapada de fin de semana.

—¿En serio?

—Sí. Necesito cambiar de ambiente. Salir un poco de la ciudad y respirar aire diferente.

—Me parece una idea estupenda.

—Todavía no tengo nada decidido.

—Pues no le des tantas vueltas. A veces hay que hacer las cosas sin esperar a estar preparado del todo.

Manoplas lo observó con una sonrisa.

—Tienes una forma muy curiosa de ver las cosas.

—¿Eso es bueno o malo?

—Para mi desgracia, últimamente casi siempre es bueno.

Manuel sonrió, satisfecho de verlo más animado.

El nombre que todavía duele

Mientras conversaban, Manoplas sacó el teléfono para enseñarle unas fotografías.

—Mira, esta es una de las últimas que nos hicimos juntos.

En la pantalla aparecían Tomeu y él abrazados en un campo. Los dos sonreían con una felicidad que parecía ajena a cualquier preocupación.

Manuel observó la fotografía con respeto.

—Se os ve muy felices.

—Lo éramos.

Manoplas amplió la imagen.

—A veces me da miedo olvidar detalles. Me asusta pensar que algún día no recordaré exactamente cómo sonaba su voz o cómo me abrazaba.



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En el texto hay: omegaverse, drama, lgbtq

Editado: 04.11.2026

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