CAPÍTULO 19
El caballo de Troya
Lolo llevaba varios días dándole vueltas a su siguiente movimiento. Desde que había conseguido recuperar el contacto con Manoplas, no dejaba de analizar cada conversación, cada respuesta y cada pequeño gesto que pudiera revelarle hasta dónde estaba dispuesto a permitirle acercarse.
La primera salida a la terraza había resultado mejor de lo esperado. Manoplas se había mostrado algo más relajado, incluso había llegado a reírse durante unos instantes. Para cualquiera, aquello habría sido un pequeño avance en una amistad que empezaba a reconstruirse. Para Lolo, sin embargo, era mucho más: la confirmación de que todavía podía influir en él.
Pero había un problema.
Manoplas seguía manteniendo cierta distancia. Respondía a sus mensajes, aceptaba alguna conversación y, de vez en cuando, parecía agradecer su compañía, pero no terminaba de confiar en él. Lolo sabía que aquella reserva tenía una explicación. El pasado que compartían no había desaparecido por el simple hecho de que él hubiera decidido comportarse como una persona amable.
Manoplas podía estar atravesando uno de los momentos más difíciles de su vida, pero eso no significaba que hubiera olvidado quién era Lolo.
Necesitaba encontrar otra manera de entrar en su mundo.
No podía precipitarse. Una aproximación demasiado insistente despertaría sospechas y echaría por tierra todo lo que había conseguido hasta entonces. Tenía que conseguir que Manoplas se acostumbrara a su presencia sin sentir que estaba siendo empujado hacia ella.
Y fue entonces cuando pensó en Manuel.
Su primo.
Manuel tenía veinticuatro años y era una de esas personas que todavía parecían conservar intacta la capacidad de confiar en los demás. Tenía un carácter tranquilo, era educado, sensible y poseía una bondad que muchas veces jugaba en su contra.
A lo largo de su vida había sufrido varias decepciones sentimentales. Había conocido personas que se habían aprovechado de su generosidad, que habían confundido su paciencia con debilidad y que, después de recibir todo lo que él podía ofrecer, habían terminado alejándose sin demasiadas explicaciones.
A pesar de ello, Manuel no se había vuelto desconfiado.
Seguía creyendo que la mayoría de las personas tenían algo bueno dentro y que, en ocasiones, bastaba con ofrecerles un poco de comprensión para que pudieran sentirse mejor.
Lolo conocía perfectamente esa manera de ser.
También sabía que su primo lo apreciaba muchísimo. Habían compartido reuniones familiares, celebraciones, confidencias y numerosas conversaciones a lo largo de los años. Manuel confiaba en él sin reservas y jamás se le habría ocurrido pensar que Lolo pudiera utilizarlo para perjudicar a alguien.
Aquella confianza era precisamente lo que necesitaba.
Lolo sonrió mientras daba un sorbo al café.
Manuel no tendría que hacer nada extraordinario. Bastaría con que conociera a Manoplas, se interesara por él y comenzara a establecer una relación amistosa. El resto vendría solo.
No necesitaba que su primo supiera toda la historia.
De hecho, era mejor que no la conociera.
Una conversación entre primos
Aquella misma tarde, Lolo cogió el teléfono y abrió la conversación con Manuel.
Hacía algunos días que no hablaban, así que decidió comenzar con un mensaje aparentemente inocente.
—Primo, ¿qué haces?
La respuesta llegó poco después.
—Aquí en casa, aburrido como una ostra. ¿Y tú?
—Nada especial. Pensaba que hace demasiado que no nos vemos.
—Ya ves. A ver si quedamos un día de estos.
—Eso está hecho. De hecho, te escribía porque quería comentarte una cosa.
—Dime, ¿qué pasa?
Lolo se acomodó en el sofá. Antes de escribir, se tomó unos segundos para elegir las palabras.
—Tengo un conocido que está pasando por una situación bastante complicada. Hace poco perdió a su pareja en un accidente de tráfico.
La respuesta de Manuel fue inmediata.
—Joder... Qué tragedia. ¿Cómo se llamaba?
—Tomeu. Y el chico se llama Manoplas. Lo conozco de hace tiempo, aunque no siempre hemos tenido la mejor relación. Últimamente he vuelto a hablar con él y está realmente mal. Se encuentra bastante solo y creo que necesita gente a su alrededor.
Manuel tardó unos segundos en contestar.
—Pobre chico. No me puedo imaginar lo que debe de estar pasando.
—Ya te digo. Hay días en los que parece que no tiene fuerzas ni para levantarse de la cama.
—¿Y tiene familia cerca?
—No sé exactamente cómo tiene organizada su vida. Lo que sí sé es que está bastante hundido.
Manuel respondió con una sensibilidad que Lolo conocía de sobra.
—Pues si necesita hablar con alguien, dile que puede contar conmigo. No soy ningún experto en estas cosas, pero sé escuchar.
Lolo sonrió.
La conversación estaba desarrollándose exactamente como había previsto.
—Por eso mismo había pensado en ti. Creo que podríais llevaros bien. Tú tienes mucha paciencia y eres una persona que sabe ponerse en el lugar de los demás.
—Bueno, hago lo que puedo.
—Además, los dos habéis pasado por momentos complicados. Quizá podríais haceros compañía.
—¿Quieres que lo conozca?
—Sí. Creo que le vendría bien conocer a alguien nuevo, alguien que no esté constantemente preguntándole por lo ocurrido.
—Pues claro, primo. Cuando quieras organizamos algo.
Lolo dejó el teléfono sobre la mesa y se recostó en el sofá.
Manuel acababa de aceptar sin hacer una sola pregunta incómoda.
Había sido muy sencillo.
Lo que su primo no sabía era que Lolo no estaba buscando ayuda para Manoplas. Tampoco le preocupaba especialmente que pudiera sentirse solo o que necesitara apoyo para superar la muerte de Tomeu.
Manuel no era una solución.
Era una herramienta.
Y Lolo estaba dispuesto a utilizarlo.
Un peón que no conocía el juego