CAPÍTULO 17
El que nunca se fue
Lolo nunca había abandonado del todo la periferia de la vida de Manoplas.
Aunque los años y la distancia física habían reescrito el mapa de sus rutinas, y aunque Manoplas había invertido una energía titánica en sepultar aquella época de hostigamiento y miedo, Lolo seguía conservando algunos hilos invisibles de información. Había observado su huella digital durante mucho tiempo: las fotografías, los cambios en sus publicaciones y, de manera especialmente significativa, la aparición de una presencia luminosa llamada Tomeu, que poco a poco había comenzado a ocupar un lugar central en su cotidianidad.
Aquel giro no le había provocado precisamente simpatía.
No albergaba sentimientos románticos hacia Manoplas ni experimentaba un cariño que justificase su interés. Lo que realmente le incomodaba era comprobar que aquel chico al que tanto había contribuido a hacer sufrir había conseguido algo que él consideraba prácticamente imposible: recuperar la tranquilidad.
Manoplas había dejado atrás las burlas, había reconstruido su autoestima y, sobre todo, había encontrado a alguien que lo quería sin condiciones. Había conseguido construir una vida en la que Lolo y sus antiguos compañeros ya no tenían cabida.
Pero entonces, el destino quebró aquellos cimientos con la violencia de una tragedia.
Tomeu había muerto.
La noticia le llegó a través de conocidos comunes y publicaciones compartidas en redes sociales. Al principio, Lolo no le concedió demasiada importancia. Sin embargo, cuando comprendió que la pérdida había dejado a Manoplas completamente desorientado, decidió investigar un poco más.
Buscó su perfil y encontró un panorama desolador.
No había fotografías recientes, comentarios alegres ni señales de aquella actividad que meses atrás mostraba a una persona ilusionada con su relación. Todo parecía haberse detenido en el instante en que la tragedia había irrumpido en su vida.
Lolo contempló una fotografía antigua en la que Tomeu rodeaba los hombros de Manoplas mientras ambos sonreían a la cámara.
—Vaya, vaya... Parece que la suerte te ha abandonado del todo —murmuró.
En su voz no había compasión. Ni siquiera una pizca de tristeza por la muerte de Tomeu.
Lo que comenzaba a despertar en su interior era algo bastante más desagradable: la sensación de que se había presentado una oportunidad.
Manoplas atravesaba el periodo más frágil de su existencia. Estaba emocionalmente desarmado, privado de la única persona que le había devuelto la confianza en el amor y en sí mismo. Lolo conocía suficientemente bien sus inseguridades como para comprender que aquel estado podía convertir cualquier acercamiento inesperado en una experiencia especialmente delicada.
No pretendía darle el pésame por cortesía. Tampoco le movía ningún impulso redentor ni el deseo de reparar los agravios de la adolescencia.
Lo que quería era comprobar si todavía conservaba algún poder sobre él.
Quería saber si seguía siendo capaz de provocarle aquella inquietud, de hacerlo dudar de sí mismo y de recuperar, aunque solo fuera durante unos minutos, la posición de superioridad que había disfrutado años atrás.
Para Lolo, Manoplas seguía siendo el mismo chico de entonces.
Solo que ahora estaba mucho más solo.
A varios kilómetros de distancia, en la quietud asfixiante de su piso, Manoplas intentaba sobrevivir al comienzo de otra jornada sin rumbo.
Se había despertado tarde, con los párpados pesados y la garganta seca. Su primer reflejo, automático como un tic nervioso, fue estirar la mano hacia la mesita de noche.
Desbloqueó la pantalla.
Revisó las notificaciones. Mensajes comerciales, alertas del banco y avisos sin importancia. Ninguno llevaba el nombre de Tomeu.
Jamás volvería a llevarlo.
Abrió la conversación que ambos habían mantenido durante meses y contempló la pequeña fotografía de perfil de su pareja. Allí seguía aquella sonrisa que tantas veces había conseguido alegrarle el día.
—Buenos días, cariño... —articuló en un susurro.
Permaneció unos segundos mirando la pantalla antes de obligarse a abandonar la cama. Todo requería un esfuerzo desproporcionado. Incluso respirar parecía exigirle una voluntad que ya no encontraba dentro de sí.
Preparó unas tostadas mecánicamente, apenas probó un par de bocados y terminó dejándose caer en el sofá. La televisión quedó encendida, vomitando un ruido de fondo que su cerebro se negaba a procesar.
Su mente seguía anclada en las mañanas anteriores, cuando el teléfono vibraba y aparecía una fotografía de un café humeante acompañada de alguna broma sobre el madrugón.
—¿Has desayunado?
—Todavía no.
—Pues levántate, que no quiero que te pases el día sin comer.
—Qué pesado eres.
—Sí, pero soy tu pesado favorito.
Una sonrisa diminuta asomó a sus labios antes de desvanecerse.
—Cómo te echo de menos... —murmuró, bloqueando el aparato.
Mientras tanto, Lolo calculaba cuidadosamente cómo aproximarse.
Sabía que un contacto demasiado directo podía provocar el rechazo inmediato de Manoplas. Conocía las heridas que había dejado atrás y era consciente de que su nombre no evocaba precisamente recuerdos agradables.
Por eso decidió tantear el terreno.
Comenzó a visitar su perfil con frecuencia, revisando las publicaciones antiguas y cualquier movimiento reciente. Encontró una fotografía compartida meses atrás en la que Tomeu y Manoplas aparecían abrazados, acompañada de un texto especialmente cariñoso:
«Qué suerte haber encontrado a alguien que me hace sonreír incluso en los días difíciles».
Lolo soltó una risa seca.
—Ahora los días difíciles son de verdad, ¿eh?
Abrió el antiguo chat que todavía conservaba entre sus contactos. Hacía años que no mantenían una conversación propiamente dicha y el último intercambio se había quedado perdido entre respuestas cortantes y una frialdad que ninguno de los dos había intentado disimular.