Cicatrices ocultas

11- Los pasos hacia la libertad

CAPÍTULO 11

Volver a sentir

Desde la tarde de aquel primer beso, algo había terminado de cambiar en el interior de Manoplas.

Los cimientos sobre los que se había sostenido su mundo durante tanto tiempo comenzaban a recolocarse con una suavidad casi imperceptible, pero cada vez más firme. No era una transformación repentina ni una de esas historias en las que todo se soluciona de un día para otro. Las heridas seguían ahí, algunas más profundas de lo que le gustaría reconocer, y todavía existían momentos en los que los recuerdos conseguían devolverlo a aquella época en la que salir de casa suponía enfrentarse a un mundo que parecía estar constantemente juzgándolo.

Sin embargo, había aparecido una diferencia fundamental: ya no tenía que recorrer aquel camino completamente solo.

Tomeu se había convertido en una presencia habitual en sus días, alguien cuya compañía esperaba con una ilusión que hacía mucho tiempo que no experimentaba.

Ahora se buscaban de manera espontánea.

Un mensaje a primera hora de la mañana para desearse un buen día, un audio improvisado durante el descanso del trabajo o una llamada nocturna que terminaba prolongándose mucho más de lo previsto. A veces hablaban de asuntos importantes; otras, simplemente compartían tonterías, comentaban alguna serie o se contaban anécdotas sin demasiada trascendencia.

Lo verdaderamente importante no era el contenido de aquellas conversaciones, sino saber que el otro estaba al otro lado.

Manoplas había comenzado a acostumbrarse a esa presencia constante. Incluso se sorprendía a sí mismo sonriendo cuando veía aparecer el nombre de Tomeu en la pantalla del teléfono.

También había empezado a utilizar pequeñas muestras de cariño que antes le habrían resultado prácticamente imposibles.

Una tarde, mientras estaba tumbado en la cama viendo unos vídeos, recibió una llamada.

—¡Hola, cariño! —contestó despreocupadamente.

Al otro lado se produjo un breve silencio.

—¿Cariño? —repitió Tomeu, con una mezcla de sorpresa y diversión.

Manoplas se incorporó de golpe.

—¿Qué pasa? ¿He dicho algo raro?

—No, no. Es que me ha gustado mucho cómo ha sonado.

—Pues tampoco te emociones tanto —respondió, intentando disimular el rubor que empezaba a extenderse por sus mejillas.

—Demasiado tarde. Me parece que voy a pedir que me lo repitas todos los días.

—Qué pesado eres.

—Pero soy tu pesado.

Manoplas soltó una carcajada.

—No tienes remedio.

—Y tú me tienes completamente enamorado.

Aquella última frase lo dejó sin respuesta durante unos segundos.

—Anda, cállate... —murmuró finalmente, aunque la sonrisa que tenía en el rostro lo delataba por completo.

Tomeu se rio al otro lado de la línea.

—Vale, vale. No te pongo más nervioso.

Pero Manoplas sabía que aquellas palabras continuarían rondándole la cabeza durante el resto de la tarde.

Con el transcurso de las semanas, sus costumbres también comenzaron a experimentar una transformación silenciosa.

Su habitación seguía siendo uno de sus lugares favoritos. Disfrutaba de sus series, de sus videojuegos, de sus discos y de aquellas horas de tranquilidad en las que podía desconectar del ruido exterior. No pretendía renunciar a su mundo personal ni convertirse de repente en alguien que necesitara estar constantemente rodeado de gente.

La diferencia era que ahora salía porque quería, no porque alguien lo obligara.

Su refugio había dejado de ser una prisión.

Poco a poco, empezó a descubrir que también podía disfrutar de otras cosas: pasear por calles que antes evitaba, sentarse en una terraza sin estar pendiente de quién podía observarlo o entrar en establecimientos donde nunca se habría atrevido a poner un pie.

Tomeu solía proponerle planes con una naturalidad que facilitaba mucho las cosas.

Una tarde recibió un mensaje suyo:

—¿Qué hace mi chico esta tarde?

—Aquí, sobreviviendo al aburrimiento.

—Pues tengo una propuesta para salvarte.

—A ver con qué me sorprendes.

—Podríamos salir a dar una vuelta, tomar algo o sentarnos en algún sitio a contemplar la vida.

—Menuda planificación. Se nota que eres un hombre organizado.

—Soy un visionario incomprendido.

—Eso dicen todos los visionarios.

—Entonces, ¿cuento contigo?

—Venga, vale. Pero eliges tú el sitio.

—Trato hecho, cariño.

Manoplas dejó el teléfono sobre la cama con una sonrisa.

Lo que más le sorprendía era que, en ocasiones, ya no necesitaba esperar a que Tomeu tomara la iniciativa. Empezaba a ser él quien proponía los encuentros.

Una tarde, después de darle varias vueltas a la idea, decidió escribirle.

—Oye, ¿mañana tienes libre por la tarde?

—Sí, salgo de trabajar al mediodía. ¿Por qué?

—Había pensado que podríamos ir a comer fuera. A algún sitio tranquilo.

La respuesta tardó apenas unos segundos.

—¿Me estás invitando a una cita formal?

—Pues sí. ¿Algún inconveniente?

—Ninguno. Me pido el primer puesto de la lista.

—Qué tonto eres.

—Pero mañana voy a ser el tonto más feliz de toda la isla.

Manoplas soltó una carcajada y dejó el teléfono sobre la colcha.

Meses atrás, una propuesta semejante habría despertado en él una cadena interminable de preocupaciones. Habría pensado en la ropa, en su aspecto, en la gente que pudiera encontrarse y en todas las situaciones incómodas que podrían surgir.

Ahora seguía sintiendo ciertos nervios, pero estos convivían con una ilusión mucho más fuerte.

Tenía ganas de salir.

Y aquella sensación, tan sencilla para otras personas, representaba para él una conquista enorme.

Incluso el momento de arreglarse había adquirido un significado diferente.

Durante los meses más oscuros de su aislamiento, mirarse al espejo era casi siempre un ejercicio de autocrítica. Se fijaba en los detalles que no le gustaban, encontraba defectos donde probablemente no los había y terminaba convencido de que nunca conseguiría sentirse cómodo con su propia imagen.



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En el texto hay: omegaverse, drama, lgbtq

Editado: 04.11.2026

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