Cicatrices ocultas

6- La próxima vez

CAPÍTULO 6

Esperando el timbre

Al principio, Manoplas intentó restarle importancia.

Después de aquella conversación sobre la serie, había retomado su rutina habitual: despertarse tarde, refugiarse en el perímetro seguro de su habitación, dejar que las horas transcurrieran entre pantallas y pedir comida cuando el hambre apretaba. A simple vista, nada parecía haber cambiado. Sus días seguían siendo prácticamente idénticos, marcados por la tranquilidad de estar solo y la ausencia de cualquier contacto que pudiera incomodarlo.

Sin embargo, algo había empezado a alterar aquella rutina. Era un cambio pequeño, casi imperceptible, pero lo bastante persistente como para que no pudiera ignorarlo.

Ahora, cada vez que abría la aplicación para encargar la cena, su mente ya no se limitaba a revisar los ingredientes, comparar los precios o decidir qué pizza le apetecía.

También se preguntaba quién sería la persona encargada de llevarle el pedido.

Y, aunque intentaba no reconocerlo, esperaba que fuera Tomeu.

Era una tontería, se repetía mientras trataba de concentrarse en los subtítulos de la televisión. Tomeu era simplemente un repartidor que cumplía con su trabajo y él, un cliente más entre las numerosas direcciones que aparecían en la ruta diaria. No había ningún motivo lógico para pensar tanto en alguien con quien apenas había compartido unas cuantas conversaciones en el umbral de su casa.

Y, aun así, lo hacía.

Un viernes por la tarde, mientras la luz anaranjada del atardecer se filtraba por las cortinas, Manoplas permanecía tumbado en la cama, con el teléfono apoyado sobre el pecho.

Deslizaba el dedo por el catálogo de la pizzería sin demasiado interés. Barbacoa, cuatro quesos, jamón y champiñones… Conocía de memoria buena parte de las opciones. Después de unos minutos de indecisión fingida, terminó seleccionando su elección habitual.

Una barbacoa con extra de queso.

Al llegar a la pantalla de confirmación, se quedó quieto, con el dedo suspendido sobre el botón.

—A ver si hay suerte… —murmuró.

Enseguida se sintió ridículo por haberlo dicho en voz alta.

La aplicación no ofrecía ninguna opción para elegir al repartidor, por supuesto. Solo permitía seguir el recorrido del pedido: primero la preparación en cocina, después el paso por el horno y, finalmente, el aviso de que alguien había salido a entregarlo.

Manoplas confirmó el encargo y dejó el teléfono sobre la colcha.

Intentó volver a prestar atención a la televisión, pero apenas unos minutos después sus ojos regresaron a la pantalla del móvil.

Todavía estaba en preparación.

Lo dejó de nuevo.

Un rato más tarde volvió a comprobarlo.

Nada.

—Estoy fatal —se dijo, dejando escapar una pequeña risa.

No estaba acostumbrado a esperar algo con ilusión. Durante meses, su mayor deseo había sido que nadie llamara a su puerta, que no hubiera visitas inesperadas ni conversaciones incómodas, que el mundo exterior permaneciera lo bastante lejos como para no recordarle todo aquello que todavía le dolía.

Había convertido su habitación en un refugio y había aprendido a sentirse relativamente seguro dentro de sus límites.

Pero ahora había una excepción.

Una visita que no le provocaba rechazo, sino una expectación que todavía no sabía muy bien cómo manejar.

Un repartidor con chaqueta térmica que, sin proponérselo, estaba consiguiendo que aguardara con ganas el sonido del timbre.

Al otro lado de la ciudad, en el bullicio de la pizzería, Tomeu terminaba de organizar los pedidos de la hora punta. El local estaba especialmente concurrido. Los teléfonos no dejaban de sonar, los compañeros se cruzaban de un lado a otro y el olor a masa recién horneada impregnaba el ambiente.

Mientras revisaba las etiquetas de las últimas bolsas, uno de sus compañeros se acercó con un pedido entre las manos.

—Esta es para ti, ruta rápida —anunció, tendiéndoselo con una sonrisa sospechosa.

Tomeu echó un vistazo a la etiqueta.

El nombre y la dirección le resultaron inmediatamente familiares.

—Vaya… Otra vez.

Su compañero levantó las cejas.

—¿Qué pasa? ¿Te has casado en secreto con el cliente de las cinco estrellas?

—Muy gracioso. Solo le he llevado unos cuantos pedidos.

—Claro, claro. El de la barbacoa con extra de queso, ¿verdad?

Tomeu miró de nuevo la etiqueta y sonrió.

—El mismo.

—Pues no lo hagas esperar. Que tu alma gemela digital te reclama.

—No digas tonterías —respondió Tomeu, negando con la cabeza.

Su compañero soltó una carcajada mientras él comprobaba que la bebida estuviera bien colocada y que la caja permaneciera perfectamente cerrada.

No era la primera vez que se burlaban de él por aquella dirección. Desde hacía unas semanas, sus compañeros habían empezado a notar que siempre parecía alegrarse un poco cuando le tocaba entregar un pedido allí. Tomeu intentaba quitarle importancia, aunque tampoco podía negar que aquella visita le resultaba especial.

Se ajustó el casco, recogió la bolsa y salió a la calle.

El aire de la tarde empezaba a refrescar y el tráfico avanzaba con la lentitud habitual de aquellas horas. Mientras conducía, pensó en el chico que vivía en aquella dirección.

Recordaba perfectamente sus primeros encuentros: las respuestas breves, la mirada esquiva y aquella manera de permanecer junto a la puerta como si cualquier conversación pudiera prolongarse demasiado. También recordaba cómo, poco a poco, había empezado a mostrarse algo más cómodo.

La última vez incluso habían hablado de una serie de televisión.

No había sido una conversación especialmente larga ni extraordinaria, pero Tomeu se había quedado con ganas de saber cómo continuaba aquella historia. Sobre todo, le había gustado descubrir que Manoplas podía bromear y reírse cuando se sentía a gusto.

Le resultaba curioso aquel cambio.



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En el texto hay: omegaverse, drama, lgbtq

Editado: 04.11.2026

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