Cicatrices ocultas

13- Sin avisar

CAPÍTULO 13

Promesas de amor

Los días transcurrían con la suavidad de una melodía conocida, y la relación entre Manoplas y Tomeu había alcanzado una complicidad que ya no necesitaba explicaciones. Lo que al principio había sido un encuentro fortuito en el rellano de un edificio se había transformado en algo mucho más profundo: ambos se habían convertido en una parte esencial de la vida del otro.

Se conocían a través de los pequeños detalles. Sabían distinguir cuándo un silencio necesitaba una caricia, cuándo una sonrisa escondía cansancio y cuándo bastaba una mirada para comprender lo que el otro no se atrevía a decir. Habían aprendido a compartirlo todo sin perder su propia esencia, a reírse de las mismas tonterías y a encontrar refugio en la sencilla tranquilidad de estar juntos.

Manoplas, por su parte, había recuperado espacios de su vida que durante mucho tiempo había considerado perdidos. La calle ya no le parecía un territorio lleno de amenazas, sino un lugar que poco a poco podía explorar sin sentirse observado a cada paso. Había empezado a disfrutar de cosas tan sencillas como elegir qué ropa ponerse, descubrir lugares nuevos o salir de casa sin necesitar una excusa. Incluso se sorprendía imaginando planes para las próximas semanas, algo que antes le habría parecido imposible.

Su mundo había cambiado.

Y, aunque sabía que aquel proceso también era fruto de su propio esfuerzo, no podía negar cuánto había influido Tomeu en ese despertar. A su lado había descubierto que podía sentirse querido sin tener que fingir, que podía mostrar sus inseguridades sin miedo a ser juzgado y que no todas las personas que se acercaban a él terminarían marchándose.

Una tarde, mientras estaba tumbado en la cama y repasaba distraídamente una lista de reproducción en el teléfono, recibió un mensaje. La pantalla se iluminó sobre la mesita de noche.

—Cariño, ¿qué planes te dicta el corazón para esta noche?

Manoplas sonrió antes incluso de terminar de leerlo. Aquella manera tan peculiar que tenía Tomeu de escribirle siempre conseguía arrancarle una sonrisa.

—Ninguno que exija demasiada decencia. ¿Por qué lo preguntas?

La respuesta llegó casi de inmediato.

—Porque quiero verte. Y traigo contrabando de ilusiones.

—¿Una sorpresa? ¿Qué has vuelto a tramar ahora?

—Nada turbio, te lo juro por la moto. Confía en mi criterio.

—Eso último es lo que más miedo me da, pero acepto el reto.

Dejó el teléfono sobre la cama y negó con la cabeza, divertido. Con Tomeu nunca sabía qué esperar, aunque había aprendido que sus sorpresas solían terminar convirtiéndose en buenos recuerdos.

A las ocho en punto, el timbre del piso rompió la tranquilidad de la tarde. Manoplas se levantó de un salto y fue a abrir. Al otro lado encontró a Tomeu, que lucía una sonrisa de oreja a oreja y sostenía una pequeña bolsa de papel adornada con un lazo improvisado.

—¡Buenas noches, guapo! —saludó, levantando la bolsa como si acabara de ganar un premio.

—¡Hola! A ver, suelta prenda. ¿Qué llevas ahí escondido?

Tomeu se llevó una mano al pecho, fingiendo sentirse ofendido.

—Qué poca delicadeza. ¿Ya no hay un «hola, cómo estás» para el repartidor oficial de tu felicidad?

—Hola, estás insoportable. Ahora dime qué traes.

Tomeu soltó una carcajada y cruzó el umbral. Antes de que Manoplas pudiera insistir, lo rodeó con los brazos y le dio un abrazo cálido, de esos que parecían borrar cualquier preocupación. Después se separó ligeramente y sacó de la bolsa una pequeña caja de bombones.

—Esto es para ti.

Manoplas la recibió con una mezcla de sorpresa y curiosidad.

—¿Y esto a qué se debe? ¿Se me ha olvidado algún aniversario?

—No, señor. No hay ningún aniversario ni ninguna fecha especial. Simplemente me apetecía tener un detalle contigo.

—¿Así, porque sí?

—Exactamente. ¿Acaso hace falta que el calendario nos dé permiso para mimar a nuestros novios?

Manoplas bajó la mirada hacia la caja y sintió que algo cálido le recorría el pecho. Todavía le sorprendía que alguien pudiera pensar en él de aquella manera, sin esperar nada a cambio.

—Eres un blando redomado, Tomeu.

—Y tú me adoras por ello.

—No te emociones.

—Demasiado tarde.

Manoplas dejó los bombones sobre la mesa del salón y volvió a acercarse a él. Se acurrucó contra su pecho, apoyando la mejilla en su chaqueta y rodeándole la cintura con los brazos.

—Gracias. De verdad.

Tomeu le besó suavemente la coronilla.

—No tienes que darme las gracias por quererte, cariño.

Aquella frase, tan sencilla como sincera, consiguió que Manoplas cerrara los ojos durante unos segundos.

—Por cierto —añadió Tomeu, recuperando su tono bromista—, ponte algo cómodo. He pensado que podríamos cenar fuera y después dar un paseo. Sin prisas, sin mirar el reloj y sin ninguna obligación de volver temprano.

—¿Y los bombones?

—Son para que tengas algo dulce cuando vuelvas a casa. Aunque, si te portas bien, quizá te deje probar alguno.

—¡Qué generoso eres!

Ambos se echaron a reír.

El restaurante que eligieron era pequeño y acogedor, con una iluminación tenue y mesas de madera que le daban un aire íntimo. Desde su rincón podían escuchar el murmullo de las conversaciones y el tintineo ocasional de los cubiertos, pero el ambiente no resultaba agobiante. Manoplas se sentía cómodo allí, especialmente porque Tomeu estaba sentado frente a él y, de vez en cuando, le dedicaba alguna de aquellas miradas que parecían decirle que todo estaba bien.

La conversación fluyó con naturalidad. Hablaron de las anécdotas de la pizzería, de algún cliente especialmente peculiar y de los planes que tenían pendientes para las próximas semanas.

—Tenemos que decidir ya las fechas de la escapada —comentó Manoplas mientras removía distraídamente la bebida—. Como sigamos así, llegará el verano y todavía estaremos diciendo que tenemos que organizarla.



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En el texto hay: omegaverse, drama, lgbtq

Editado: 04.11.2026

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