CAPÍTULO 22. UN REFUGIO EN MEDIO DEL DOLOR
Desde que había empezado a quedar con Manuel, Manoplas notaba que algo dentro de él estaba cambiando. No era que el dolor por la muerte de Tomeu hubiese desaparecido, ni mucho menos. Seguía ahí, acompañándolo cada mañana al despertar y cada noche cuando se acostaba. Había días en los que incluso le parecía escuchar su voz, recordar su risa o imaginar que en cualquier momento recibiría uno de aquellos mensajes que antes llegaban casi sin que tuviera que esperarlos.
Pero había algo diferente.
Con Manuel podía hablar. No tenía que fingir que estaba bien, ni esforzarse por mantener una sonrisa para tranquilizar a los demás. Podía reconocer que estaba triste, que tenía miedo y que, en ocasiones, no encontraba ningún motivo para levantarse de la cama.
Y Manuel lo escuchaba.
Aquella mañana habían quedado para dar un paseo. El día estaba tranquilo y el sol iluminaba las calles sin llegar a molestar. Caminaron durante un rato sin demasiadas prisas, hablando de cosas sin importancia, hasta que encontraron una cafetería pequeña y decidieron entrar.
Se sentaron junto a una ventana. Manuel pidió un café y Manoplas una infusión.
—Hoy te noto más callado —comentó Manuel.
Manoplas bajó la mirada hacia la taza.
—Hay días que no sé ni qué decir. Es como si tuviera tantas cosas dentro que, cuando intento explicarlas, no me salen las palabras.
—No tienes que explicarme nada si no quieres.
—Lo sé. Y precisamente por eso me gusta estar contigo.
Manuel levantó la mirada.
—¿Por qué?
—Porque no me obligas a estar bien. No intentas convencerme de que todo pasa o de que tengo que ser fuerte. Simplemente estás ahí.
Aquellas palabras le hicieron sentir a Manuel una mezcla de satisfacción y angustia. Le gustaba saber que Manoplas confiaba en él, pero cada muestra de cariño le recordaba el motivo por el que se habían conocido.
No había sido casualidad.
Lolo había organizado aquellos encuentros y había utilizado a Manuel para acercarse a Manoplas. Y aunque con el paso de los días la amistad entre ellos se había vuelto auténtica, el origen de todo seguía siendo una mentira.
Manuel apartó la mirada.
—A veces, lo único que necesita una persona es que alguien la escuche.
—Pues eso es lo que haces tú conmigo.
Se produjo un silencio. Manoplas removió lentamente la infusión y respiró hondo.
—Hay algo que nunca te he contado.
—Te escucho.
—Desde que murió Tomeu, tengo la sensación de que he perdido algo más que a mi pareja.
Manuel no dijo nada. Esperó a que continuara.
—He perdido a la persona que me hacía sentir que podía ser yo mismo. Antes de conocerlo, mi vida no era precisamente fácil. Había muchas cosas que me guardaba, muchas situaciones que prefería olvidar.
—¿Qué situaciones?
Manoplas se quedó mirando por la ventana.
—En el instituto lo pasé bastante mal. Durante años tuve que soportar comentarios, burlas y desprecios. Había personas que parecían disfrutar haciéndome sentir inferior. Llegué a creer que el problema era yo, que había algo en mí que justificaba que me trataran así.
Manuel sintió que se le encogía el estómago.
—No tenías la culpa de nada de aquello.
—Ahora lo sé, o al menos intento creerlo. Pero cuando eres joven y escuchas constantemente que no vales, que eres raro o que nadie va a quererte, acabas interiorizándolo.
—¿Te refieres a lo que te hizo Lolo?
Manoplas levantó los ojos hacia él.
—Entre otros, sí.
Manuel notó cómo se le tensaban los hombros. Había escuchado hablar de Lolo, pero cada vez que Manoplas mencionaba su nombre descubría una nueva parte de aquella historia.
—¿Te hizo mucho daño? —preguntó con cuidado.
—Más del que me gustaría reconocer. No fue solamente una cosa concreta. Fueron muchas pequeñas humillaciones, comentarios y situaciones que se fueron acumulando. Lo peor era que parecía que siempre encontraba la manera de hacerme sentir culpable.
Manuel apretó los dedos alrededor de la taza.
—Lo siento mucho.
—Durante mucho tiempo pensé que nunca conseguiría dejar aquello atrás. Intentaba aparentar que no me afectaba, pero sí que me afectaba. Muchísimo.
Manoplas hizo una pausa. Parecía estar buscando la forma de continuar.
—Entonces apareció Tomeu.
Al pronunciar su nombre, su expresión cambió. Una sonrisa pequeña, casi imperceptible, apareció en su rostro.
—Con él todo fue distinto. Nunca me hizo sentir que tenía que demostrar nada. Podía hablar de cualquier cosa, hacer el ridículo, estar de mal humor o pasarme una tarde entera sin decir una palabra. Él no necesitaba que yo fuera alguien diferente.
—Se nota que fue muy importante para ti —dijo Manuel.
—Fue mucho más que importante. Fue mi refugio.
Manoplas bajó la cabeza.
—Cuando estaba con él, todas aquellas cosas que había vivido parecían quedar un poco más lejos. Me hizo recuperar una confianza que había perdido. Por primera vez sentí que alguien me quería de verdad.
Manuel tragó saliva.
—Seguro que él también se sentía afortunado de tenerte.
—Eso me decía. Y yo le creía.
Sus ojos empezaron a humedecerse.
—Lo que más me duele es que ahora sigo teniendo la costumbre de querer contarle las cosas. Me pasa cualquier tontería y pienso: «Esto tengo que explicárselo a Tomeu». Después recuerdo que no puedo hacerlo.
Manuel no encontró palabras.
—A veces me despierto y durante unos segundos estoy convencido de que todo ha sido una pesadilla. Miro el móvil esperando encontrar un mensaje suyo. Incluso hay noches en las que me parece escuchar que entra en casa.
—Debe de ser terrible.
—Lo es. Y encima me siento culpable cuando consigo pasar un rato bueno. Como si reírme significara que lo estoy olvidando.
Manuel dejó la taza sobre la mesa.
—No creo que él quisiera que vivieras así.