Cicatrices ocultas

5- El eco de una risa

CAPÍTULO 5

Una risa olvidada

Los días habían comenzado a mimetizarse entre sí, encadenándose en una sucesión de mañanas tranquilas y tardes interminables. Para Manoplas, el paso del tiempo seguía teniendo algo de extraño. Se despertaba, desayunaba casi por inercia, permanecía buena parte de la jornada en su habitación y, cuando llegaba la noche, buscaba algo que cenar sin necesidad de abandonar la comodidad de su casa.

Su rutina apenas había cambiado.

Seguía evitando las salidas innecesarias, las conversaciones improvisadas y cualquier situación que pudiera obligarlo a enfrentarse a personas desconocidas. La experiencia con Lolo había dejado una huella demasiado profunda. Aunque el acoso pertenecía al pasado, sus consecuencias continuaban acompañándolo en el presente.

Había aprendido a desconfiar de las sonrisas, a interpretar determinados comentarios como posibles burlas y a mantenerse siempre preparado para recibir una palabra desagradable.

Sin embargo, algo empezaba a cambiar.

Tomeu.

El joven repartidor se había convertido, casi sin proponérselo, en una presencia habitual en la vida de Manoplas. Sus visitas seguían siendo breves y se limitaban, en principio, a entregar una pizza y despedirse. Pero aquellos pequeños encuentros habían comenzado a adquirir una importancia que ninguno de los dos habría imaginado al principio.

Manoplas ya reconocía el sonido de su voz y aquella manera tan natural de saludar. También había empezado a distinguir sus pasos en el descansillo y a prestar atención a las notificaciones de la aplicación cuando realizaba un pedido.

No siempre era Tomeu quien llevaba la comida. A veces aparecía otro repartidor, y entonces todo transcurría con la misma frialdad de siempre: un saludo, la entrega y la puerta cerrándose poco después.

Pero cuando veía el nombre de Tomeu en la pantalla, algo diferente se despertaba en su interior.

Era una sensación pequeña, difícil de explicar, una especie de anticipación agradable que contrastaba con la inquietud que normalmente le provocaban los encuentros sociales.

No quería reconocerlo, pero empezaba a esperar aquellas visitas.

Aquella tarde, Manoplas se encontraba sentado en el borde de la cama, con el teléfono entre las manos y una serie reproduciéndose de fondo. Llevaba un buen rato intentando seguir el argumento, aunque su atención se desviaba constantemente hacia otras cosas.

El cansancio mental se había acumulado durante el día y no tenía demasiadas ganas de preparar nada para cenar.

Abrió la aplicación de la pizzería y recorrió la carta con el dedo.

—A ver qué tenemos hoy... —murmuró.

No tardó demasiado en decidirse. Su mirada se detuvo en la pizza barbacoa, una de sus favoritas, y añadió una bebida fría antes de confirmar el pedido.

Dejó el teléfono sobre las sábanas y volvió a mirar la televisión.

Unos segundos después, la pantalla se iluminó con la confirmación de la compra.

Manoplas consultó el tiempo estimado de entrega y dejó escapar un suspiro.

—Bueno, tampoco habrá que esperar mucho.

Se levantó, caminó hasta el salón y se acomodó en el sofá. Encendió la televisión con un poco más de volumen y trató de concentrarse en el episodio que tenía pendiente.

Mientras tanto, en la pizzería, el movimiento era constante. Los hornos trabajaban sin descanso, las comandas se acumulaban en el mostrador y los empleados intentaban mantener el ritmo de una tarde especialmente concurrida.

Tomeu acababa de regresar de una entrega cuando uno de sus compañeros le señaló una caja recién preparada.

—Esta es para ti. Te ha tocado una dirección conocida.

Tomeu se acercó al mostrador y comprobó el nombre del cliente.

Una sonrisa espontánea apareció en su rostro.

—Mira quién ha pedido hoy.

Su compañero levantó las cejas.

—¿Otra vez tu amigo de las pizzas?

—No empieces.

—Yo no he dicho nada.

—Pero lo estás pensando.

Ambos soltaron una carcajada.

Tomeu introdujo la caja en la bolsa térmica y comprobó que el pedido estuviera completo. Después se ajustó la chaqueta, cogió el casco y se dirigió hacia la salida.

—¡Que no se enfríe esa pizza! —le gritó su compañero.

—¡Haré lo que pueda!

El aire fresco de la tarde le recibió al salir del establecimiento. Se colocó el casco, arrancó la moto y consultó la ruta en el teléfono antes de incorporarse a la circulación.

El trayecto ya le resultaba familiar. Conocía aquella calle, el edificio y el piso al que tenía que subir. Incluso había empezado a reconocer algunos detalles de la entrada, como el buzón situado junto al ascensor y una pequeña planta que alguien mantenía junto a la puerta del portal.

No era una dirección cualquiera dentro de su recorrido.

Al llegar, aparcó la moto junto a la acera, se quitó el casco y recogió la bolsa térmica. Subió las escaleras con rapidez y se detuvo frente a la puerta de siempre.

Presionó el timbre.

Dentro, Manoplas escuchó el sonido y se incorporó inmediatamente.

Dejó el mando sobre el sofá, se pasó una mano por el pelo y caminó hasta el recibidor. Antes de abrir, respiró discretamente, como si necesitara prepararse para aquel pequeño encuentro.

Giró el pomo.

—¡Hola! —saludó Tomeu con una sonrisa amplia.

—Hola —respondió Manoplas.

Su voz seguía siendo algo tímida, pero ya no sonaba tan insegura como durante las primeras entregas.

—Hoy toca barbacoa, ¿me equivoco?

Manoplas parpadeó, sorprendido.

—¿Cómo lo sabes?

Tomeu ladeó ligeramente la cabeza y levantó la bolsa térmica.

—Porque me sé tu historial de memoria. Creo que podría hacer el pedido por ti con los ojos cerrados.

Durante un instante, Manoplas lo miró sin saber qué responder. Después, algo inesperado ocurrió.

Se rio.

No fue una carcajada estruendosa, sino una risa breve y espontánea que surgió sin que tuviera tiempo de contenerla.



#276 en Joven Adulto
#4731 en Novela romántica

En el texto hay: omegaverse, drama, lgbtq

Editado: 04.11.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.