CAPÍTULO 21
Casualidades bajo sospecha
Desde aquella tormentosa conversación en la que Lolo había amenazado a Manuel para obligarlo a participar en sus planes, la tranquilidad había desaparecido por completo de la vida de su primo.
Aunque tenía muy claro que no quería hacer daño a Manoplas, el miedo a las represalias de Lolo lo mantenía atrapado en una situación cada vez más complicada. No podía olvidar las palabras de su primo ni la facilidad con la que había utilizado sus confidencias personales para someterlo.
Cada llamada, cada mensaje y cada insinuación se habían convertido en motivos de preocupación.
Pero había algo que le inquietaba todavía más: Manoplas.
Desde el primer encuentro en la cafetería, Manuel había empezado a sentir un cariño sincero hacia aquel muchacho. Le conmovía su sensibilidad, la manera en que hablaba de Tomeu y el esfuerzo que hacía para seguir adelante a pesar del enorme vacío que había dejado su pérdida.
No quería convertirse en alguien que aprovechara su vulnerabilidad.
Sin embargo, Lolo tenía otros planes.
Para él, los encuentros no debían ser simples coincidencias. Quería que Manuel apareciera cada vez con más frecuencia en la vida de Manoplas, hasta conseguir que su presencia se volviera habitual e imprescindible.
Y estaba dispuesto a utilizar cualquier recurso para conseguirlo.
Un encuentro inesperado
El sábado por la mañana, Manoplas decidió salir de casa.
Llevaba varios días encerrado y empezaba a comprender que permanecer continuamente entre aquellas cuatro paredes no le estaba haciendo ningún bien.
Se duchó, se vistió tranquilamente y salió a caminar por el centro.
No tenía ningún destino concreto. Simplemente necesitaba respirar aire fresco y distraerse durante unas horas.
Después de caminar un buen rato, decidió entrar en una cafetería que conocía desde hacía años. Era un establecimiento pequeño, con una fachada antigua y unas mesas junto a los ventanales.
Eligió una mesa individual y pidió un café con leche.
Mientras esperaba, sacó el teléfono y comenzó a mirar algunas fotografías.
Una de ellas llamó especialmente su atención.
Era una imagen de Tomeu riéndose frente a la cámara. Manoplas se quedó observándola durante unos segundos y acarició suavemente la pantalla.
—Cuánto te echo de menos, cariño —susurró.
En aquel momento escuchó una voz detrás de él.
—¡Hombre! ¡Pero si eres tú!
Se giró sorprendido.
Era Manuel.
—¡Anda! ¿Qué haces por aquí? —preguntó Manoplas con una sonrisa.
—Pues mira, estaba dando una vuelta y he decidido entrar a desayunar algo.
Manuel intentó mantener la naturalidad, aunque por dentro estaba bastante nervioso.
Aquello no era una casualidad.
La tarde anterior, Lolo le había indicado que Manoplas acostumbraba a frecuentar aquella zona los sábados por la mañana. Después le había dejado muy claro que esperaba verlo allí.
Manuel había intentado negarse, pero las amenazas de su primo terminaron por doblegarlo.
—¿Te importa si me siento contigo? —preguntó.
—¡Qué va! Claro que no. Así me haces compañía.
Manuel ocupó la silla libre.
Durante unos segundos se sintió incapaz de sostenerle la mirada. Le resultaba especialmente desagradable fingir que aquel encuentro había surgido espontáneamente.
Pero Manoplas parecía verdaderamente contento de verlo.
Y eso todavía le hacía sentirse peor.
Una conversación que empieza a unirlos
—¿Cómo estás llevando estos días? —preguntó Manuel.
—Pues depende del momento. Hay días mejores y otros bastante complicados.
—Imagino que no debe de ser fácil.
Manoplas bajó ligeramente la mirada.
—Hay momentos en los que parece que todo está más o menos controlado, pero después llego a casa y vuelvo a sentir ese vacío.
—Es normal. No tienes que exigirte estar bien constantemente.
—Ya, pero a veces me gustaría levantarme una mañana y no sentir este peso.
Manuel lo escuchó con atención.
—Ojalá pudiera decirte algo que te ayudara, pero creo que lo importante es que te permitas vivir el duelo a tu manera.
Manoplas asintió.
—Contigo puedo hablar sin sentir que tengo que dar explicaciones.
Aquella frase provocó un nuevo sentimiento de culpabilidad en Manuel.
—Me alegra que te sientas cómodo conmigo.
La conversación continuó durante bastante tiempo.
Hablaron de cosas cotidianas, de sus gustos musicales, de algunas series y de las pequeñas costumbres que cada uno tenía.
Poco a poco, Manoplas comenzó a mostrarse más relajado.
En un momento determinado volvió a mencionar a Tomeu.
—Era una persona maravillosa, aunque tenía un carácter que a veces me sacaba de quicio —comentó sonriendo.
—Eso suele pasar con las personas a las que queremos de verdad.
—Le encantaba hacerme bromas. A veces me mandaba audios absurdos solamente para escucharme reír.
—Conserva esos recuerdos. Son parte de vuestra historia.
Manoplas permaneció unos segundos en silencio.
—Gracias, Manuel.
—¿Por qué?
—Por escucharme.
Manuel sonrió ligeramente.
—No tienes que darme las gracias por eso.
Cuando terminaron sus cafés, ambos se levantaron.
—Me ha gustado mucho encontrarte —dijo Manoplas.
—A mí también.
Se despidieron con un abrazo breve y quedaron en volver a hablar.
Manuel emprendió el camino hacia su casa con una sensación contradictoria.
Por una parte, le había gustado compartir aquella mañana con Manoplas.
Por otra, sabía que Lolo estaba detrás de todo.
Y aquella certeza le impedía disfrutar plenamente de una amistad que estaba empezando a valorar.
Lolo quiere saberlo todo
Nada más llegar a casa, Manuel recibió una llamada.
Era su primo.
—¿Qué tal ha ido? —preguntó Lolo directamente.
—Hola a ti también.