CAPÍTULO 3
Una pizza, por favor
Los días se encadenaban casi sin diferenciarse unos de otros, y Manoplas continuaba guareciéndose en la calidez inalterable de su casa. Las mañanas se confundían con las tardes, las tardes daban paso a noches interminables y, poco a poco, había dejado de prestar atención al calendario. Apenas encontraba motivos para cruzar el umbral de la puerta y, en cambio, descubría cada vez más maneras de acercar el mundo exterior hasta su habitación sin necesidad de enfrentarse a él.
Había perfeccionado aquella forma de vida.
Las compras llegaban a domicilio, las conversaciones se reducían a mensajes y cualquier gestión que pudiera resolverse desde el teléfono se convertía en una oportunidad para evitar salir. No era necesario enfrentarse a las miradas de los desconocidos, soportar el bullicio de los establecimientos ni buscar una excusa cuando alguien le preguntaba por qué llevaba tanto tiempo sin dejarse ver.
Entre todos aquellos atajos al aislamiento, pedir comida a domicilio se había convertido en uno de sus hábitos favoritos.
Y si había un refugio gastronómico al que regresaba una y otra vez, era la pizza.
Le gustaba la comodidad de elegir entre diferentes variedades, esperar tranquilamente en casa y recibir la cena todavía caliente. Era un pequeño placer que le permitía disfrutar de algo diferente sin alterar demasiado su rutina. Además, conocía perfectamente el funcionamiento de la aplicación, los restaurantes que ofrecían un servicio más rápido y los horarios en los que convenía realizar los pedidos.
No tenía que improvisar nada.
Aquella tarde, tumbado sobre la cama mientras los minutos se diluían entre vídeos aleatorios, sintió el primer pellizco de hambre. Miró la hora en la esquina de la pantalla y después dirigió la vista hacia la puerta entreabierta de su habitación.
Desde allí podía distinguir parte del pasillo y, al fondo, la entrada de la cocina.
La sola idea de levantarse, buscar algo en la nevera, preparar la comida y recoger después los utensilios le pareció un esfuerzo desproporcionado.
—Hoy tampoco voy a cocinar —murmuró para romper la quietud del cuarto.
Desbloqueó el teléfono y abrió la aplicación habitual. No necesitó demasiado tiempo para encontrar lo que buscaba. Fue directamente a la pizzería de confianza, cuya carta conocía prácticamente de memoria.
Recorrió las opciones sin demasiado interés. Había pizzas de diferentes ingredientes, ofertas para compartir y algunas novedades que todavía no había probado. Sin embargo, sus preferencias siempre terminaban conduciéndolo al mismo sitio.
Una barbacoa con extra de queso.
Era su elección habitual, aquella que pedía cuando quería darse un pequeño capricho sin complicarse demasiado. Añadió una bebida fría, comprobó el importe y confirmó el pedido.
Unos segundos después apareció la notificación de que la operación se había realizado correctamente.
—Perfecto —dijo en voz baja.
Dejó el teléfono sobre el colchón y se incorporó para estirar las piernas. Después caminó hasta el salón y encendió el televisor. Eligió una película que llevaba tiempo queriendo terminar, aunque tampoco estaba demasiado convencido de que fuera a prestarle toda su atención.
Se acomodó en el sofá y dejó que el murmullo de las voces llenara la casa.
No había prisa.
Conocía bastante bien los tiempos de entrega de aquella pizzería. Sabía cuánto tardaban en preparar la masa, hornear los ingredientes y organizar los pedidos antes de enviarlos. Normalmente, la cena llegaba en poco más de media hora.
Aquella pequeña comodidad se había convertido casi en un protocolo de seguridad. Todo estaba previsto y controlado. Desde que realizaba el pedido hasta que recogía la caja en la puerta, apenas tenía que interactuar con nadie.
La pantalla del teléfono se iluminó sobre el sofá.
Tu pedido está en camino.
Manoplas lo cogió y consultó el seguimiento.
—A ver si no se demora mucho, que las tripas ya empiezan a sonar.
Sonrió ligeramente ante su propio comentario y volvió a dejar el aparato sobre la mesa.
Mientras tanto, al otro extremo de la ciudad, la actividad de la pizzería se encontraba en pleno apogeo.
El local estaba lleno de movimiento. Los hornos desprendían un calor intenso, las comandas se acumulaban junto a la zona de preparación y los trabajadores se desplazaban de un lado a otro intentando mantener el ritmo de los pedidos. El olor a masa recién horneada, tomate, especias y queso fundido impregnaba todo el establecimiento.
Entre las últimas comandas había una destinada a la dirección de Manoplas.
El repartidor encargado de recogerla era un chico joven que llevaba unos meses trabajando con la moto. Se había acostumbrado bastante bien a aquella actividad, aunque todavía había días en los que el cansancio de recorrer la ciudad terminaba pasándole factura.
Su trabajo consistía en desplazarse de un lugar a otro, localizar las direcciones, subir escaleras, llamar a los timbres y entregar bolsas que casi siempre contenían pizzas, hamburguesas o cualquier otro tipo de comida.
Con el tiempo había aprendido a no entretenerse demasiado en cada domicilio. Un saludo, una sonrisa, la entrega del pedido y un agradecimiento. Después, de nuevo a la moto.
Para él, cada dirección era una parada más dentro de una jornada que parecía no terminar nunca.
Aquella tarde tampoco esperaba nada especial.
Recogió la caja recién preparada, la introdujo en la bolsa térmica y comprobó que el ticket correspondiera al pedido de la aplicación. Después ajustó la cremallera, se colocó el casco y salió a la calle.
El aire de la tarde le recibió con una temperatura agradable. Había tráfico en las avenidas principales y algunos vehículos avanzaban lentamente entre los semáforos. El repartidor arrancó la moto y consultó brevemente la ruta antes de incorporarse a la circulación.