Cicatrices ocultas

14- Una promesa sin respuesta

CAPÍTULO 14

La última despedida

La mañana había comenzado con una placidez absoluta, de esas que parecen prometer un día igual a tantos otros. Nada hacía pensar que, antes de que terminara, la vida de Manoplas estaría a punto de cambiar para siempre.

El sol se filtraba por la rendija de la persiana de su habitación y dibujaba una franja dorada sobre la colcha. Desde la calle llegaban los sonidos habituales de cada mañana: las conversaciones de los vecinos que salían temprano, el ladrido lejano de algún perro y el murmullo constante del tráfico. Todo seguía su curso con una normalidad tan sencilla que nadie habría podido imaginar lo que estaba por suceder.

Todavía medio dormido, Manoplas sintió la vibración del teléfono sobre la mesita de noche. Estiró un brazo, lo cogió y desbloqueó la pantalla con una sonrisa que apareció casi de inmediato.

—Buenos días, dormilón. ¿Ya te has dignado a despertar?

Se acomodó mejor entre las sábanas y comenzó a escribir.

—Más o menos. Me has interrumpido el mejor sueño de la semana.

—Pues de nada. Es un privilegio exclusivo ser el primero en saludarte.

—Qué poeta te levantas hoy.

—Contigo no me cuesta lo más mínimo.

Manoplas dejó escapar una risita. Se quedó unos segundos contemplando la pantalla, releyendo aquel último mensaje. Aquellos intercambios se habían convertido en una de las partes favoritas de sus mañanas. Antes, despertarse significaba enfrentarse a otro día que debía dejar pasar; ahora, en cambio, tenía una razón para sonreír incluso antes de levantarse de la cama.

No necesitaba grandes acontecimientos para sentirse feliz. A veces bastaba con saber que Tomeu había pensado en él al despertar.

Se calzó las zapatillas y salió de la habitación. Después de lavarse la cara, preparó un desayuno sencillo y se sentó tranquilamente en la cocina. Mientras terminaba la tostada, el teléfono volvió a iluminarse.

—Hoy tengo turno de tarde en la pizzería. Si la marabunta me deja respirar, después del cierre me paso a verte.

Manoplas respondió enseguida.

—¿Aunque acabes hecho polvo?

—Aunque tenga que venir arrastrándome. Siempre saco un hueco para ti.

—Trato hecho. Te estaré esperando.

Dejó el teléfono sobre la mesa y terminó el desayuno con una sensación agradable en el pecho. Le esperaba una jornada tranquila. Quería ordenar un poco su habitación, avanzar algún capítulo de la serie que tenía pendiente y dedicar un rato a revisar las fotografías y las guías de viaje que ambos habían guardado para su próxima escapada.

La idea de aquel viaje le hacía especial ilusión.

Todavía no habían decidido el destino exacto. Habían hablado de un pequeño hotel con vistas al mar, de alguna cala escondida donde pudieran pasar el día sin demasiada gente y de largos paseos por la costa. Manoplas había empezado incluso a imaginar cómo serían aquellas mañanas juntos, despertándose sin prisas y desayunando frente al agua.

Tomeu siempre le decía que el lugar era lo de menos, que lo importante era compartirlo.

Y Manoplas estaba empezando a comprender que tenía razón.

Mientras tanto, a varios kilómetros de distancia, Tomeu también había comenzado su jornada.

Después de una ducha rápida y un desayuno ligero, revisó que llevara todo lo necesario para el trabajo. Comprobó las llaves, guardó el teléfono en el bolsillo de la cazadora y se preparó para salir. Antes de ponerse el casco, volvió a abrir la conversación con Manoplas.

Leer sus mensajes siempre conseguía arrancarle una sonrisa, incluso en las mañanas más perezosas.

Escribió una última vez:

—Me voy a fichar. Pórtate bien y no rompas nada.

—No prometo nada.

—Ya me lo imaginaba.

—Ten cuidado con la moto, por favor.

Tomeu sonrió al leerlo.

—Siempre, tranquilo.

—Te quiero.

Se quedó mirando aquellas dos palabras durante unos segundos. Aunque se las dijeran a menudo, nunca se acostumbraba del todo a la felicidad que le producían.

—Yo te quiero más. Nos vemos luego, cariño.

Guardó el teléfono, se ajustó el casco y arrancó la moto.

La mañana continuó con absoluta normalidad. El motor se perdió entre el ruido de la calle y Tomeu emprendió el camino hacia la pizzería, pensando en el trabajo que tenía por delante y en el abrazo que esperaba recibir al terminar el turno.

No había nada que le hiciera sospechar que aquella jornada sería diferente de las demás.

Para Manoplas, las horas de la tarde transcurrieron sin sobresaltos.

Cambió las sábanas, ordenó el escritorio y limpió un poco el espacio donde quería colocar algunas fotografías de la escapada. Mientras revisaba la galería del teléfono, encontró una imagen que había guardado unos días antes: una playa de arena clara, el agua transparente y un sendero rodeado de pinos que descendía hasta la orilla.

Se quedó contemplándola con una sonrisa.

Le pareció el lugar perfecto.

Sin pensarlo demasiado, se la envió a Tomeu.

—Mira, he encontrado otra opción para el viaje. ¿Qué te parece?

La respuesta tardó unos minutos en llegar, seguramente porque su novio estaría ocupado entre las comandas y los repartos.

—Me parece perfecta. Aunque contigo, hasta un descampado me parecería el paraíso.

—Eso lo dices ahora, antes de que te haga caminar diez kilómetros bajo el sol.

—Mientras haya un sitio donde comer algo decente al final de la ruta, firmo donde sea.

Manoplas soltó una carcajada.

Podía imaginar perfectamente la expresión de Tomeu al escribir aquello, con aquella sonrisa ladeada que tantas veces había conseguido desarmarlo.

Se quedó mirando la fotografía de la playa un momento más. Pensar en el viaje le despertaba una ilusión difícil de describir. No era solo la posibilidad de conocer un lugar nuevo. Era la idea de compartirlo con alguien a quien quería, de crear recuerdos que pudieran guardar para siempre.



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En el texto hay: omegaverse, drama, lgbtq

Editado: 04.11.2026

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