CAPÍTULO 7
Tres años de diferencia
Habían transcurrido varias semanas desde que las visitas de Tomeu habían comenzado a formar parte de la rutina de Manoplas. Al principio, aquellas breves interrupciones en la puerta de su casa no habían sido más que una anécdota agradable dentro de unos días que, por lo demás, seguían siendo prácticamente idénticos. Sin embargo, poco a poco, habían adquirido una importancia que ninguno de los dos habría imaginado al principio.
Las tardes de Manoplas continuaban transcurriendo entre la habitación y el salón, acompañadas por el resplandor de las pantallas y el silencio de una casa demasiado acostumbrada a su presencia. Seguía sin sentir demasiadas ganas de salir, y las llamadas o los mensajes de otras personas todavía podían provocarle cierta inquietud. Su mundo no se había transformado de repente.
Pero había algo diferente.
Ahora tenía un pequeño motivo para mirar el reloj de vez en cuando, una razón para prestar atención a las notificaciones del teléfono y una visita que, lejos de incomodarlo, empezaba a despertar en él una ilusión difícil de disimular.
Al principio, sus conversaciones se habían limitado a lo predecible: ingredientes de pizzas, comentarios sobre el tiempo y opiniones improvisadas acerca de alguna serie. Después habían llegado las bromas, las preguntas sobre cómo había ido el día y aquellos pequeños detalles que demostraban que ambos recordaban lo que el otro les había contado.
Tomeu tenía una facilidad especial para recordar esas cosas. No necesitaba hacer grandes esfuerzos para encontrar un tema de conversación ni parecía preocupado por llenar cada silencio. A veces bastaba una ocurrencia para arrancarle una sonrisa a Manoplas.
Y eso era precisamente lo que más le sorprendía.
Cada vez le costaba menos abrir la puerta. Ya no se quedaba pensando durante varios segundos qué debía decir ni sentía la necesidad de terminar cuanto antes con la entrega. Incluso había empezado a esperar aquellos encuentros con una mezcla de nerviosismo y entusiasmo que no experimentaba desde hacía mucho tiempo.
Tomeu también había notado el cambio.
Recordaba perfectamente la primera vez que había llamado a aquella puerta y el modo en que Manoplas apenas había levantado la mirada para recibir el pedido. Ahora, en cambio, lo saludaba con mayor naturalidad y, en ocasiones, era él quien iniciaba la conversación.
No era un cambio espectacular, pero sí significativo.
Una tarde, durante un breve descanso en la pizzería, Tomeu limpiaba la superficie del mostrador con un paño húmedo mientras sus compañeros organizaban los últimos pedidos. El ambiente estaba cargado del calor de los hornos y del olor a masa recién hecha. Aprovechando unos minutos de tranquilidad, uno de sus compañeros se acercó y se apoyó en la barra.
—Oye, Tomeu, una pregunta.
—Dime.
—¿Cuántos años tiene el chico de la barbacoa con extra de queso?
Tomeu levantó la mirada, sorprendido por la pregunta.
—¿Manoplas?
—Sí, el de esa dirección a la que parece que vas siempre con tanta alegría.
—No voy con tanta alegría —respondió, intentando disimular una sonrisa.
—Claro que no. Se te nota poquísimo.
Tomeu dejó el paño sobre el mostrador.
—Pues no estoy seguro al cien por cien, pero diría que me saca unos tres años hacia abajo.
—Tú tienes veintidós, ¿no?
—Eso es. Así que él tendrá unos diecinueve.
Su compañero esbozó una sonrisa pícara y cruzó los brazos.
—Vaya, tres años de diferencia.
—Tampoco es una brecha generacional —replicó Tomeu con tranquilidad.
—No, desde luego. Pero se nota bastante que te interesa.
Tomeu bajó la mirada hacia el mostrador y se tomó unos segundos antes de contestar. No tenía demasiado sentido seguir fingiendo que aquella dirección le resultaba indiferente.
—La verdad es que sí —admitió finalmente—. Tiene algo especial.
—¿Y qué es ese algo?
—No sé explicarlo. Al principio parecía que apenas quería hablar conmigo. Era muy reservado, contestaba con pocas palabras y daba la impresión de estar deseando que terminara la entrega. Pero últimamente está más relajado. Se ríe, me cuenta cosas y hasta me sigue las bromas.
—Vamos, que te tiene ganado.
—No es eso exactamente.
—¿Entonces?
Tomeu apoyó las manos sobre la barra.
—Me gusta conocerlo. Me despierta curiosidad. Y, sobre todo, me apetece que se sienta cómodo cuando estoy allí. No quiero que piense que tiene que hablar conmigo por compromiso.
Su compañero lo observó con algo menos de guasa.
—¿Crees que le cuesta confiar en la gente?
—No lo sé. No me ha contado nada de su vida y tampoco quiero preguntarle cosas que no le apetezca compartir. Pero hay veces que parece estar muy pendiente de cómo reacciona la gente a su alrededor. Como si necesitara asegurarse de que no va a pasar nada malo.
—Quizá simplemente sea tímido.
—Puede ser. No quiero sacar conclusiones sin conocerlo. Solo sé que parece que le cuesta un poco bajar la guardia.
El compañero asintió lentamente.
—¿Y qué piensas hacer?
—De momento, nada especial. Seguir como hasta ahora.
—¿No te preocupa que esté en otra etapa o que sea más joven?
Tomeu se encogió ligeramente de hombros.
—Somos adultos y tres años no me parecen una diferencia importante por sí solos. Pero eso no significa que tengamos que estar en el mismo momento de nuestra vida. Lo que me importa es conocerlo y ver si los dos nos sentimos a gusto. No quiero precipitar nada.
—Pues vas a necesitar paciencia.
—No tengo ninguna prisa.
Su compañero sonrió y le dio una palmada amistosa en el hombro.
—Está bien, Romeo. Pero no te olvides de que también tienes que repartir pizzas.
—Descuida. De momento, sigo siendo un profesional.
Ambos soltaron una carcajada.
Tomeu volvió a coger el paño y terminó de limpiar el mostrador. No pretendía convertirse en un héroe ni en alguien que llegara a la vida de Manoplas para solucionar sus problemas. Ni siquiera sabía con certeza cuáles eran esos problemas. Simplemente le gustaba aquel chico y quería darle la oportunidad de conocerlo sin presiones.