Cicatrices ocultas

30- Una lucha silenciosa

30. El limbo

Los días posteriores a lo ocurrido fueron extraños para Manoplas. Aunque había conseguido sobrevivir a aquella noche tan difícil, algo dentro de él parecía haberse apagado por completo. Había regresado a un mundo que seguía funcionando con normalidad, pero que él ya no conseguía reconocer como suyo.

Las personas continuaban con sus rutinas, los teléfonos seguían sonando, las calles permanecían llenas de gente y el tiempo avanzaba sin detenerse. Sin embargo, para Manoplas todo parecía haberse quedado suspendido.

Se encontraba en una habitación del hospital, rodeado de paredes claras, una cama y algunos objetos personales que habían llevado para que estuviera más cómodo. Recibía visitas, escuchaba conversaciones y respondía de vez en cuando a las preguntas que le hacían los profesionales sanitarios.

Pero apenas participaba en ellas.

—¿Cómo te encuentras hoy? —le preguntó una profesional durante una de las visitas.

Manoplas tardó unos segundos en contestar.

—No lo sé.

—¿Te encuentras triste?

—No solamente triste. Es como si no sintiera nada.

Aquella respuesta reflejaba bastante bien lo que estaba experimentando. No siempre lloraba. Tampoco estaba constantemente enfadado. Había momentos en los que simplemente permanecía sentado, mirando un punto fijo, sin encontrar motivos para levantarse o hacer cualquier otra cosa.

La depresión había comenzado a ocupar un espacio enorme en su vida.

Durante mucho tiempo había pensado que sus problemas tenían una solución concreta. Creía que, si conseguía alejarse de quienes lo acosaban, superar la ruptura sentimental y descubrir toda la verdad sobre las mentiras de su primo, podría recuperar la tranquilidad.

Pero ahora comprendía que el sufrimiento no desaparecía automáticamente cuando las circunstancias cambiaban.

Las heridas seguían allí.

A veces recordaba a su antigua pareja y sentía una tristeza tan profunda que necesitaba cerrar los ojos para intentar contenerla. Otras veces pensaba en su primo y en cómo había podido traicionar su confianza de aquella manera.

También recordaba a Lolo.

Sus amenazas, sus burlas y la grabación realizada sin su consentimiento seguían apareciendo en su memoria. Le preocupaba que el vídeo pudiera difundirse y que otras personas lo utilizaran para humillarlo.

Aunque estaba recibiendo apoyo, todavía tenía miedo.

Un miedo que no siempre sabía explicar.

Cuando finalmente pudo regresar a casa, descubrió que tampoco allí conseguía sentirse completamente tranquilo.

Su habitación seguía igual que antes. La cama estaba en el mismo lugar, los muebles no habían cambiado y algunas fotografías continuaban colocadas donde las había dejado.

Sin embargo, todo parecía diferente.

Se sentó en el borde de la cama y observó su teléfono. Había recibido numerosos mensajes durante aquellos días.

Algunos eran de personas preocupadas por su estado. Otros contenían palabras de ánimo y ofrecimientos para acompañarlo.

No tenía fuerzas para contestar.

Abrió una conversación antigua y encontró fotografías de cuando todavía estaba con su pareja. Se quedó mirando una de ellas durante varios minutos.

En aquella imagen aparecía sonriendo.

Le costaba reconocer a aquella versión de sí mismo.

—Antes era diferente... —murmuró.

Dejó el teléfono sobre la mesita y se tumbó.

No quería hacer nada.

Ni salir, ni hablar, ni escuchar música. Incluso sus aficiones, aquellas pequeñas cosas que antes conseguían distraerlo, habían perdido buena parte de su atractivo.

Cuando alguien le proponía salir a dar una vuelta, buscaba una excusa.

Cuando le preguntaban si quería comer algo, muchas veces decía que no tenía hambre.

Y cuando alguien intentaba animarlo, sentía que no encontraba las palabras necesarias para explicar que no era tan sencillo.

No necesitaba que le recordaran que había cosas buenas en la vida. Necesitaba que comprendieran que, en aquel momento, no conseguía sentirlas.

Su entorno comenzó a darse cuenta de que Manoplas estaba atravesando algo mucho más profundo que una etapa de tristeza.

Había días en los que apenas se levantaba de la cama. Otros dormía demasiado y, aun así, se despertaba agotado. También había noches en las que permanecía despierto, dando vueltas a los mismos pensamientos.

Se preguntaba por qué le había ocurrido todo aquello.

Pensaba en las veces que había confiado en personas que terminaron haciéndole daño. Recordaba las burlas que había soportado durante tanto tiempo y se preguntaba si alguna vez conseguiría dejar de sentirse inferior a los demás.

La depresión también había cambiado la forma en la que se veía a sí mismo.

Antes podía reconocer algunas de sus cualidades, aunque no siempre supiera valorarlas. Ahora, en cambio, le costaba encontrar algo positivo en su propia persona.

Se veía como alguien débil, alguien que había permitido que los demás lo pisotearan y que no había sabido protegerse.

Pero aquella percepción no era una descripción real de quién era. Era parte de una enfermedad que estaba afectando a su manera de pensar, sentir y relacionarse con el mundo.

Sus seres queridos intentaban recordárselo, aunque sabían que repetirlo no bastaría para cambiar lo que estaba experimentando.

Por eso comenzaron a acompañarlo de otra manera.

Dejaron de exigirle que estuviera animado. No le pedían que sonriera para tranquilizarlos ni que fingiera encontrarse mejor.

Simplemente procuraban estar presentes.

Una tarde recibió una visita inesperada.

Era una persona cercana que llevaba varios días intentando encontrar el momento adecuado para hablar con él.

—¿Puedo pasar? —preguntó desde la puerta.

—Sí.

Se sentó a su lado y permaneció unos segundos en silencio.

—No tienes buena cara.

Manoplas esbozó una sonrisa muy débil.



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En el texto hay: omegaverse, drama, lgbtq

Editado: 04.11.2026

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