Cicatrices ocultas

2- La geografía del encierro

CAPÍTULO 2

Cuatro paredes

Desde hacía tiempo, Manoplas había descubierto el único lugar donde la amenaza del mundo exterior parecía diluirse: su propia casa.

Al principio habían sido solamente un par de tardes aisladas. Una excusa cualquiera, un cansancio repentino o la simple preferencia de quedarse tranquilo en su habitación. Después de todo lo ocurrido en el instituto, nadie consideró extraño que necesitase un tiempo para recuperarse. Había sufrido demasiado y parecía razonable que quisiera alejarse durante una temporada de todo aquello que pudiera recordarle los malos momentos.

Pero lo que inicialmente parecía una pausa necesaria fue transformándose, casi sin que él mismo lo advirtiera, en una costumbre difícil de romper.

Las tardes se convirtieron en semanas y las semanas comenzaron a parecerse unas a otras. Las invitaciones para salir fueron perdiendo importancia hasta convertirse en mensajes que leía sin demasiado interés. Cada propuesta se estrellaba contra un repertorio de respuestas que había aprendido a utilizar casi automáticamente.

—¿Vienes con nosotros esta tarde?

—Hoy no puedo, mejor otro día.

—Siempre dices lo mismo...

—Ya, pero es que de verdad estoy mejor en casa.

Al principio sentía cierta incomodidad cuando rechazaba una invitación. Incluso llegaba a pensar que quizá estaba exagerando, que debería hacer un esfuerzo y salir aunque no tuviera demasiadas ganas. Sin embargo, bastaba imaginarse en medio de un grupo de personas para que aparecieran las dudas y el malestar.

Terminaba encontrando cualquier excusa.

Con el tiempo, dejó de sentirse culpable por hacerlo.

Su habitación se había convertido en un universo en miniatura, un búnker donde aparentemente nada malo podía sucederle. Tenía todo lo que necesitaba al alcance de la mano: la televisión, el teléfono, el ordenador, la cama mullida y un puñado de aficiones con las que llenar las horas. No necesitaba grandes planes ni compromisos. Tampoco tenía que preocuparse por las miradas ajenas o por encontrar las palabras adecuadas en una conversación.

Allí podía ser simplemente Manoplas, sin tener que demostrar nada a nadie.

La rutina adquirió una precisión casi mecánica. Se despertaba, desayunaba sin demasiado entusiasmo y regresaba a su refugio. Después encendía algún dispositivo y comenzaba a saltar de una distracción a otra. Pasaba de las redes sociales a los vídeos cortos, escuchaba música con los auriculares puestos o se entretenía con cualquier contenido que consiguiera mantener su atención durante unos minutos.

A veces jugaba en el ordenador, veía alguna serie o dejaba que la televisión sonara de fondo mientras permanecía tumbado en la cama.

No buscaba necesariamente divertirse. En muchas ocasiones, lo único que pretendía era mantener la cabeza ocupada.

Porque cuando desaparecían las distracciones, aparecían los pensamientos.

Había tardes en las que la pantalla quedaba en negro y Manoplas se descubría mirando fijamente al techo. Permanecía inmóvil, con el teléfono descansando sobre el pecho, mientras su mente viajaba sin rumbo hacia recuerdos que habría preferido olvidar.

No siempre lo embargaba la tristeza. Algunas comedias conseguían arrancarle una carcajada sincera y ciertos vídeos le hacían olvidar durante unos instantes sus preocupaciones. Incluso había momentos en los que disfrutaba de verdad de aquella tranquilidad.

Pero eran alegrías pequeñas y pasajeras.

Cuando apagaba el dispositivo y el silencio volvía a ocupar la habitación, la realidad regresaba con una intensidad que le resultaba difícil soportar.

El instituto cobraba vida de nuevo en su memoria.

Volvían las risitas ahogadas en los pasillos, las miradas que parecían atravesarlo y aquella sensación de estar permanentemente expuesto al juicio de los demás. Recordaba los momentos en los que había deseado desaparecer, hacerse invisible y encontrar un lugar donde nadie pudiera alcanzarlo.

Y, por encima de todo, reaparecía Lolo.

A veces bastaba un detalle insignificante para devolverlo a aquellos días. Un tono de voz parecido al suyo, una expresión escuchada en un vídeo o incluso una carcajada procedente de la calle. Entonces su cuerpo reaccionaba antes de que pudiera ordenar sus pensamientos. Se le tensaban los hombros, notaba un nudo en el estómago y sentía la necesidad de apartarse de cualquier estímulo que pudiera recordarle lo sucedido.

Era como si su mente hubiera aprendido a vivir esperando un nuevo ataque.

Por eso salir se había convertido en algo tan complicado.

Cruzar la puerta de casa significaba exponerse a un mundo que ya no percibía como un lugar seguro. No importaba que estuviera caminando por una calle tranquila o que simplemente necesitara comprar cualquier cosa. Siempre existía la posibilidad de encontrarse con alguien conocido, escuchar un comentario desagradable o interpretar una mirada como una señal de rechazo.

Su imaginación se encargaba de anticipar todos aquellos escenarios.

Incluso las raras veces que conseguía salir a dar un paseo, caminaba con el cuerpo rígido y la mirada inquieta. Observaba a los grupos de jóvenes, evitaba acercarse demasiado a los desconocidos y procuraba no llamar la atención. Si escuchaba una carcajada detrás de él, giraba ligeramente la cabeza. Si alguien hablaba en voz alta, se preguntaba si el comentario tendría algo que ver con su presencia.

No podía disfrutar del paseo porque una parte de él permanecía ocupada en vigilar todo cuanto sucedía a su alrededor.

En casa, en cambio, la presión desaparecía.

Nadie le exigía explicaciones. Nadie esperaba que estuviera de buen humor ni que participara en conversaciones que no deseaba mantener. Podía pasar horas sin pronunciar una sola palabra y nadie lo obligaba a justificar su silencio.

Aquella tranquilidad tenía un precio, pero Manoplas todavía no estaba preparado para reconocerlo.



#276 en Joven Adulto
#4731 en Novela romántica

En el texto hay: omegaverse, drama, lgbtq

Editado: 04.11.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.